"¿Independencia de Cataluña? En mi puta vida"
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 30 de abril de 2014, 18:56h
Cuando el PSOE perdió las pasadas elecciones generales, de sus filas salió una profecía: la crisis económica se había llevado a su Gobierno como se llevaría al siguiente. Auguraban, pues, una sola Legislatura a Rajoy, pues sería laminado por el huracán económico que hizo volar a Zapatero.
Si dejamos aparte el interés socialista en explicar la derrota por causas externas y no por fallos propios, lo cierto es que hace dos años, y casi uno, la sensación generalizada podía ser compatible con aquel pronóstico. Aún hoy, con datos económicos algo más tranquilizadores, aunque aún insuficientemente optimistas, parece que la actual mayoría (y cualquier mayoría) es difícil de mantener o conseguir por fragmentación del electorado, por inquietud económica, por descontento con la política, por desconcierto territorial y por ambiciones individualistas.
Sin embargo, ya no queda nada claro el acierto de la profecía, pese a que muchos cómplices del zapaterismo, con algún economista muy conocido entre ellos, insista día sí y otro también en lo mal que va España. Y no porque no tengan alguna razón, puesto que no va demasiado bien. Sino porque se equivocan en lo esencial: va mucho menos mal de lo que iba y de lo que podía haber ido.
El relato sobre la catástrofe de España tiene un recorrido electoral corto, por muchas razones. Quizá la más importante es que la gente se aburre de los cenizos. Pero también es relevante que las buenas noticias, aunque sean parciales, se pueden magnificar más que las malas, porque las malas dejan de ser noticia cuando llevas un lustro repitiéndolas.
Es innegable que el Gobierno Rajoy ha hecho deberes, aunque estemos lejos del famoso Cabo de Hornos. Decir lo contrario es contradecir la evidencia o, como mínimo, la percepción de ella en el mundo económico. Y esa percepción ha llegado a los españoles, aunque se dé la paradoja de que no ha llegado a los bolsillos de la mayoría. Por lo tanto, el argumento económico empieza a ser periférico en el territorio electoral. Y, por eso, lo que puede ser decisivo para la continuidad de Rajoy vuelve a ser lo político.
Y lo demuestra el hecho de que las alternativas a Rajoy en lo económico son manifiestamente descriptibles: la del PSOE (en una línea que está a punto de abandonar) que creyó que tenía una oportunidad enarbolando la bandera contra el austericidio, y que ha visto que no le hacen caso ni sus correligionarios europeos. Más aún, es que los socialistas franceses acaban de diseñar una política de recortes que asustaría hasta a los hombre de negro de la Troika, dicho sea como metáfora.
Y también lo demuestran los nuevos partidos que comparecen como alternativa al PP. Para ellos, con sus modestos liderazgos (cosa lógica cuando se empieza), la clave es la política. Y hacen muy bien, porque meterse en cualquier otro terreno les dejaría en evidencia, cuando es obvio que entre todas las minorías de nuevo cuño difícilmente llenarían una mesa de Consejo de Ministros (salvo que los ficharan del PP, como Vidal Quadras ha querido fichar a Aznar como mitinero).
Si tuvo razón Rajoy en dedicar todos sus esfuerzos al piélago económico que era la España que recibió, ahora es la política la que hará que repita en el Gobierno o sea expulsado de él. La política que se mide en varios terrenos, pero habrá que destacar sobre todo uno complejo: el ejercicio de liderazgo en general y su aplicación ante las amenazas secesionistas en particular.
Y tanto es así que la gran esperanza del PSOE de dar la vuelta a su precaria situación consiste precisamente en que Rajoy fracase en esto. En apenas dos semanas he oído de boca de dos dirigentes del PSOE la advertencia de que Rajoy se la juega en Cataluña. Y como del enemigo el consejo, entiendo que se quiere decir que la oportunidad socialista es que Rajoy pierda por Cataluña. Más aún, que está perdiendo ya por presunta pasividad ante el desafío soberanista, frente al ingenio extraordinario de los socialistas que han descubierto la pólvora para resolver el órdago de Mas: ceder ante él y cambiar hasta la Constitución, como si a los independentistas les contentara ya un plato de lentejas estatutario, teniendo el paraíso terrenal en la punta de los dedos.
Pero, pese a todo, los socialistas no están equivocados. Rajoy se la juega en Cataluña, no en cuanto a que el Estado pueda ser derrotado, sino en lo que concierne a la propia imagen política del presidente del Gobierno, especialmente en relación a sus votantes.
Si Rajoy tuviera un partido parcial en el ámbito de la derecha, como los franceses, no tendría que preocuparse. Ahí, el electorado de la derecha está fragmentado. Pero en España, mucho menos. Rajoy representa a todo el centro derecha, a toda la derecha, e incluso más allá. Y es precisamente en las zonas limítrofes, especialmente las más impacientes, concienciadas o, en algunos casos, extremadas, donde se la juega. Donde encuentra más decepción.
Los optimistas del entorno de Rajoy han demostrado ya que no les inquietan las defecciones. Digo yo que podría ser inquietante que esas defecciones (que proceden de personas más radicalizadas, pero también más informadas y combativas) llegaran al cuarenta por ciento de los votos del PP, que es en lo que están.
Mi impresión es que este fenómeno se irá revirtiendo para las próximas generales (porque difícilmente encontrarán los electores del centro derecha mejor posibilidad que la del PP, por cabreados que estén), pero es cierto que puede ser significativo en las europeas (aunque Cañete es muy buen candidato) y muy importante en las próximas municipales y autonómicas, y va a dejar muertos en el camino de Rajoy.
Será pues éste quien decida su opción. O le da una vuelta de tuerca al ejercicio de liderazgo, o parecerá que juega en la misma liga que los nuevos actores políticos, aunque éstos sean más entusiastas que realistas. Y que conste que hablar de liderazgo no significa que el Doctor Jeckyll Rajoy pase a ser Mariano Hyde. Es, a veces, algo más sencillo. Es como lo de la normalmente inmutable Soraya Sáenz de Santamaría. Es decir, quizá, en un corrillo: “¡En mi puta vida permitiré que se independice Cataluña!”.
No lo iba a hacer, en ningún caso, y la prudencia de Rajoy está justificada. Pero dicho así quedaría algo más claro, más coloquial y más mediático. Que ése es el liderazgo, vaya, que no se trata de ser otro Lenin.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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