El polifacético
Emilio Aragón vuelve a la primera línea del mundillo audiovisual tras varios años en la retaguardia. Y lo hace por la puerta grande: con sombrero tejano, un cartel digno del ‘star system’ hollywoodiense y una bala en la recámara. Este viernes estrena
Una noche en el viejo México, su segundo largometraje como realizador después de verse nominado al mejor director novel por su debut con
Pájaros de papel (2010). Si aquella fue una producción más o menos pequeña y muy personal, que hacía un homenaje a su padre, a los artistas tradicionales y al vodevil en el marco de la Guerra Civil española,
Una noche en el viejo México nace de una amalgama de ingredientes bien distintos: una road movie de producción americana ambientada en la frontera de Texas con México con un trasfondo intergeneracional, olor a tierra y chupitos de tequila.
La guinda es, sin duda,
Robert Duvall (California, 1931). El veterano y oscarizado actor, inolvidable en míticas cintas como
El Padrino o
Apocalypse Now, se mete la película en el bolsillo con su papel de tipo duro que se niega a envejecer. Es Red Bovie, desahuciado de su rancho tejano tras no poder hacer frente a unas deudas y repentino abuelo por parte de un hijo con el que no tiene relación. Recién presentados, abuelo y nieto –interpretado por
Jeremy Irvine- emprenden un viaje al viejo México, el chico en busca de un lazo familiar perdido hasta entonces, Bovie huyendo de un destino que ha empezado a andar sin consultarle. El reparto lo completan la colombiana
Angie Cepeda y el español
Luis Tosar, que, de nuevo, ni se despeina haciendo de malo.
Como buen Aragón, Emilio suma y sigue, no se arruga ante los retos. Fue durante la presentación de su ópera prima en la Semana de Cine Español de Los Ángeles hace cuatro años cuando unos productores americanos se acercaron a él para ofrecerle un guión puramente americano, con sombreros y botas de cowboy y revólveres cargados. Aunque su idea era seguir dirigiendo textos propios y aceptar el proyecto suponía “un salto mortal” en otra cultura y otro idioma, al final cruzó el charco, animado, según cuenta a El Imparcial, por el propio protagonista. “Cuando conocí a Duvall supe que todo iba a ir bien”, confiesa en esta entrevista.
Creo que tenerte hoy aquí presentando Una noche en el viejo México es casi una carambola del destino… ¿qué crees que vieron en ti los productores americanos para ofrecerte este guión?Concretamente, lo que ellos me comentaron es que les había encantado la dirección de actores de
Pájaros de papel. Tuvimos una comida en la que me preguntaron que si me apetecía dirigir un guión que no fuese mío. Me lo enviaron y yo hice mis anotaciones y les dije que quería hablar con el guionista en el caso de que esto fuera para delante. Ahí fue cuando me confesaron que Robert Duvall estaba interesado en hacer el personaje. Te confieso que, diez años después de tomar la decisión de dar el paso a dirigir y escribir, lo que sí tenía claro es que no iba a decir que sí sin hablar antes con el guionista y con Duvall. Con él todo fue fantástico, pasamos un día muy creativo y realmente conectamos. Eso me dio a mí toda la tranquilidad, a partir de ahí supe que si decía que sí, todo iba a ir bien.
¿Eras fan de niño de Robert Duvall?Absolutamente, es un referente universal. Yo creo que está en el imaginario colectivo, como una leyenda viva del cine. Me habré visto la trilogía de
El Padrino unas cuarenta veces. Personajes como el de
Apocalypse Now y otros tantos son parte de la historia. Pero al final, inevitablemente, está el trabajo. Lo que intentas es contar una historia y que haya una comunión entre actores y equipo para llevar ese barco a buen puerto. En este sentido, cuando llega el primer día y te pones a rodar, es un compañero más, uno que es historia del cine, pero que no deja de ser un compañero con el mismo objetivo que tú: contar entre todos una buena historia.
Siendo tu segunda película, la primera en inglés, ¿fue fácil?Como en todo, dependía del día. Hay días que son más duros y tienes que negociar más y otros que son más relajados. En general, el trabajo fuerte lo habíamos hecho antes del rodaje. En las reuniones previas, sentamos las bases del personaje. Cuando arrancamos el primer día en el set, ya había verbalizado mucho con él lo que quería, así que iba bastante tranquilo.
¿Qué diferencias ves entre rodar allí y aquí?El hecho de rodar fuera, en Estados Unidos, ha sido para mí un salto mortal. Es otra cultura y con otro idioma. Aunque todo es cine, las maneras de hacer son distintas. Los americanos tienen su metodología de trabajo, nosotros llegábamos con la nuestra y eso hay que ajustarlo. Lo que más me preocupaba a la hora de dirigir era tratar el lenguaje emocional, que es cuando surgen dudas en el set. Por otro lado, también es la parte divertida, cuando el actor te propone cosas. Yo soy muy partidario de darle esa libertad al actor, que pueda equivocarse, repetir y proponer. Y no sólo a los actores, también me gusta que el equipo técnico me dé ideas. Al final, si tienes claro qué historia quieres contar, el lenguaje es universal.
Decías que te propusiste escribir y dirigir hace una década. ¿Por qué? ¿Qué pasó?Fue desde el momento en que empezamos a preparar la primera ficción de Globomedia. Hacer ficción era una obsesión, no sólo mía, sino de todas las personas que formábamos parte de ‘Globo’ en el año 94: queríamos contar historias. Aunque en televisión tienes que desarrollar tu idea a lo largo de una serie de capítulos y en el cine tienes tres actos y una bala en la recámara, al final es lo mismo, contar una historia, y eso me ha atraído desde siempre. Creo que fue importante el paso previo en televisión, que ha sido una escuela magnífica para todos. Sólo hay que mirar el cine ahora. Los guionistas de
Ocho apellidos vascos, Borja Cobeaga y Diego San José, vienen de la televisión y ¿cuántos actores hay en cine que empezaron en tele? Yo creo que ese paso era necesario. Y después llegó un momento en que dije: ‘ya estoy preparado para dar el salto’.
En televisión has actuado, presentado, producido y dirigido; has cantado y compuesto música y ahora diriges dentro y fuera de España. ¿Cuál es el secreto para ir reciclándose, adaptándose y cumpliendo los sueños en cada etapa?No es algo que vaya buscando. Creo que es a lo largo del camino cuando empiezas a focalizar las cosas. Es imposible tener claro desde muy joven lo que quieres hacer. Muchas veces les pedimos a los jóvenes que decidan demasiado pronto. ¿Cómo vas a decidir con veinte o veintidós años lo que quieres ser? Puedes tener una idea de hacia dónde quieres ir, pero, según mi experiencia, en el noventa por ciento de los casos la vida te lleva de repente por otros caminos. ¿Quién me iba a decir a mí que yo iba a estar, con mi edad, con Robert Duval en una película en Estados Unidos contando una historia, ya no tan americana, sino tan tejana, tan del sur, tan de ellos? De alguna manera sí que hay una voluntad de ir hacia un sitio, pero desde luego que no era este el sitio exacto que yo pensaba. Yo sí tenía intención de rodar mi segunda película, pero aquí y con un guión mío. La vida es así de caprichosa y me encontré de pronto en Texas. Es algo que vas ajustando según vas caminando.
¿Sigue en pie esa película con guión propio que iba a ser tu segundo proyecto?Sí, pero ahora ya son dos. Ha surgido una nueva idea en este impás. Una es un drama y la otra tiene drama y también comedia.
Como creador, has tocado palos diversos. Te pido unas sugerencia desde el otro lado, como consumidor: la canción o el grupo al que estás actualmente enganchado, la última película con la que has disfrutado y el programa que nunca te pierdes en la tele. En cine, voy a decir la que quiero ver en cuanto se estrene, espero que este sábado:
Lunchbox, una película india que me han dicho que está muy bien. En música, ahora estoy dentro de la onda del folk alternativo; hay cosas muy, muy interesantes, como Fitzsimmons o The Tallest Man on Earth. De series, la última que he visto ha sido
True Detective, y me ha encantado. En España, también se están haciendo cosas muy interesantes en televisión:
Velvet,
El Príncipe o
Águila Roja.