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Ucrania entre Rusia y la UE

jueves 08 de mayo de 2014, 23:43h
La inesperada declaración de Vladimir Putin favorable a que tengan lugar las elecciones democráticas en Ucrania, incluso en las regiones partidarias de integrarse en Rusia, ha sorprendido en Europa, y ha abierto esperanzas para la paz en ese país.

Ese cambio súbito, en mi opinión, no es un cambio estratégico de la política de Rusia con Ucrania, sino un cambio táctico, forzado por las acciones de unas milicias pro-rusas que Moscú podía llegar a no dominar, pues entraban en una escalada revolucionaria que, entre otras cosas, la economía rusa no era capaz de absorber.

Mi teoría, resumidamente, es la siguiente. Cien años después de la Primera Guerra Mundial, cuando Europa vio el fin de los Imperios Austrohúngaro, Alemán, Ruso y Otomano, y padeció las consecuencias -hasta hoy- de la emergencia de nuevas “naciones-nacionalistas” en el antiguo espacio estatal de esos Imperios, cien años después, Europa está evolucionando en sentido contrario.

La Unión Europea, marcada por la influencia germánica, está integrando gran parte del continente europeo con las técnicas del federalismo anglosajón, el capitalismo regulado de tipo renano, y con los valores de la democracia liberal y representativa.

Aún es pronto para valorar la evolución futura de la República Turca, pero hoy no se puede ignorar que Ankara desea atraer hacia su órbita a las naciones árabes, antiguas posesiones suyas del Imperio otomano. Turquía es el contrapeso de Irán en la zona, mantiene relaciones con Israel, y en el conflicto abierto de Siria su peso diplomático será mayor que nunca.

¿Y Rusia? La Revolución Soviética de 1917, su influencia mundial como centro de la revolución comunista, y su conversión en súper-potencia después de la II Guerra Mundial, mantuvieron y acrecentaron su dimensión imperial. Rusia ensanchó el antiguo imperio zarista, y sólo Finlandia, de entre las antiguas posesiones, se libró de formar parte de la URSS, aunque su estatus fue muy particular -se denominó “finlandización”-, una neutralidad forzosa, de la que Finlandia pudo liberarse cuando el vecino Estado comunista desapareció.

Cuando la URSS se deshizo en 1991, gran parte de los territorios periféricos de Rusia se independizaron. Las repúblicas bálticas, pasando por Bielorrusia, Ucrania y Georgia, hasta llegar a las seis repúblicas centro asiáticas, fueron pérdidas que Rusia sintió con diversos grados de dolor. No fue lo mismo la independencia de Lituania, de Turkmenistan o de Kyrgyzstan, que la independencia de Ucrania.

Hoy asistimos al despliegue de un potente sentimiento nacional ruso.

Una de las veces que visité oficialmente Rusia, mi colega presidente del Senado ruso me invitó a una ceremonia inolvidable: era el aniversario del día que los nazis invadieron el suelo ruso. Depositamos unas coronas de flores en un monumento que simbolizaba los millones de ciudadanos soviéticos muertos en aquella guerra. Mi anfitrión me dijo que su padre había muerto los primeros días de combates, y después, llorando -algo que me conmovió- me dijo que su hermano mayor vivía en un país que ahora era independiente, y que ese hecho le producía un dolor intenso.

¿Le puede extrañar a alguien que Rusia sienta a Ucrania como parte de una historia común? Ucrania, además, integró dentro de sus límites a Crimea, un símbolo histórico para todos los rusos, por decisión del sucesor de Stalin en la Unión Soviética.

Rusia ha iniciado el mismo movimiento que la Unión Europea (o que Turquía). Este siglo verá agruparse en grandes conjuntos a las naciones que surgieron hace 100 años, cuando se extendió el principio de las nacionalidades. Ucrania se encuentra entre dos procesos integradores. Uno, el proceso europeo se basa en el principio democrático, el que se fundamenta en los derechos individuales del ciudadano. Y el otro, el proceso ruso, que se apoya en los valores históricos de pertenencia a un pueblo, a una cultura, a una religión, incluso, a una comunidad con solidaridad económica.

Vladimir Putin ha dado, aparentemente, marcha atrás en su estrategia anexionista porque Rusia no tiene capacidad para absorber la maltrecha economía industrial de las regiones ruso parlantes de Ucrania; tiene miedo a no poder cumplir sus promesas de justicia social. Tampoco puede Rusia enfrentarse a una resistencia patriótica de los ucranianos anti-rusos.

Este es el dilema al que se enfrenta la Unión Europea: acreditar su superioridad integradora. Como es obvio, el derecho a decidir es un argumento antiguo, que no sirve a las dos tendencias integradoras del futuro.
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