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Campaña electoral: no vender, sino convencer

sábado 10 de mayo de 2014, 01:47h
Nadie pone en duda que ante cualquier cita electoral las campañas sean un elemento tan obvio como insustituible. Sin embargo, no estaría de más no guiarse siempre por los mismos esquemas, aprender de errores pasados y, sobre todo, adaptarse a las circunstancias que en estos momentos en España no son precisamente para tirar la casa por la ventana. En este contexto, los partidos políticos, ya metidos oficialmente en faena de campaña con vistas a las próximas elecciones al Parlamento Europeo, deberían dar ejemplo de austeridad y no lanzarse a un frenesí publicitario que esquilme sus arcas. Un frenesí que, a la postre, tampoco tiene mucho sentido, pues no se trata de “vender” a un candidato como si fuera un producto que hay que poner hasta en la sopa de los posibles compradores, sino de que ese candidato explique con rigor y veracidad su programa y convenza a los electores, sin echar mano de la socorrida demagogia, de que su opción es la mejor. El objetivo, pues, más que “vender” debería ser el de convencer.

En ese convencer desempeñan un papel esencial los debates televisivos y radiofónicos cara a cara entre los candidatos, aunque parece que en nuestro país no sea algo que atraiga a los políticos, sino más bien todo lo contrario, como ha podido comprobarse en los años que llevamos de democracia. En preferir la comodidad de los mítines, donde se dan un cálido baño de seguidores y convencidos de antemano, están todos de acuerdo, sea cual sea su color. Y si no tienen finalmente más remedio que ir a un debate, lo hacen poniendo todo tipo de condiciones, cortapisas y pegas, al querer que se desarrolle con un guión milimétricamente establecido y pactado.

Ahora, PP y PSOE ya se han enzarzado en propuestas y contrapuestas para un debate entre sus dos cabezas de lista, Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano que realizaría la Academia de Televisión y TVE. Un desencuentro que incluso parece que podría suponer que no se llevara a cabo el debate. Querer controlarlo en todos sus extremos da un resultado envarado, con escaso margen, por no decir nulo, a la espontaneidad y el libre discurrir de las ideas y los argumentos no en prácticamente un monólogo tras otro, sino en liza con los del adversario. Y quizá no serían superfluos debates en los que sus participantes no fueran solo de los partidos mayoritarios. Potenciar unos debates más libres redundaría en beneficio de los electores que no quieren “comprar” un producto sino acudir a las urnas con una decisión meditada con conocimiento de causa.
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