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Las tontas y las listas

miércoles 14 de mayo de 2008, 20:21h
Son las populares rosquillas que comeremos como cada año para celebrar la fiesta del santo patrón de la Villa y Corte. Todos los quince de mayo acuden los romeros a la ermita de San Isidro para beber de la fuente de la que brota el agua milagrosa y para hacer las correspondientes peticiones al santo. El Madrid antiguo era generoso en agua, pero había que buscarla en las profundidades y de ahí que nuestros antepasados no tuvieran más remedio que horadar la tierra para buscar el preciado líquido y construir a continuación un pozo. Y desde luego, el pocero más famoso fue San Isidro. Ahora que somos tantos a consumir agua y que parece que llueve menos, a pesar de que los cronistas de la época ya hablaran entonces de terribles sequías, nuestro querido santo tendría que poner toda su fe a trabajar para llenar los “innombrables” pantanos.

Pero hoy se me ocurren muchos motivos para pedir un milagro que nada tienen que ver con aliviar la sequedad endémica de los ya escasos campos madrileños. Algunos personales, claro, y esos los conservo en secreto, y otros, públicos, sociales, e incluso políticos. Los últimos, por supuesto, los más difíciles. Así, me gustaría que ese día de manolos, majos y chisperos, el santo, en vez de utilizar su inquebrantable fe y su gracia divina para hacer brotar del subsuelo agua milagrosa, se acercara a nuestra presidenta, espero que ataviada cual castiza chulapona para la ocasión, y que con un sorbito del agua de la fuente, le hiciera ver, en forma de luminosa revelación, que presentarse como candidata en el próximo congreso de su partido, quizás no sea el suicidio político que ella y sus asesores parecen temer.

Imagino, por otra parte, que nuestro alcalde no se atreverá con una indumentaria propia del Pichi verbenero, pero milagro sería también que llegara al mismo convencimiento que el producido por el primer milagro que he solicitado, es verdad que con poca fe, al santo patrón. Y mucho más milagro sería que, en vez de pelearse entre sí como niños en el patio del colegio, Gallardón y Aguirre se unieran en un equipo perfecto para que con todos sus votos, ellos mismos constituyeran el milagro que necesita hoy el partido perdedor, al borde del precipicio. Está bien San Isidro, ya sé que me he pasado. Por eso mismo, no pido ningún revelador milagro para Rajoy. He pensado que mejor se lo encomiendo a las meigas, porque ya sabemos que haberlas...
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