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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Mujeres infieles[/i], de Juana Escabias: el circo de los engaños

sábado 24 de mayo de 2014, 15:46h
Estas semanas, el patrocinio de la Comunidad de Madrid ha convertido SURGE en el mayor festival de teatro alternativo de Europa. Las salas del “off” madrileño hierven en un vendaval de estrenos cuyo balance último llevará tiempo concretar. En esa efervescencia, el festival nos da la oportunidad de contemplar el último trabajo de Juana Escabias, autora cuya obra merece puestas en escena más asiduas.
Mujeres infieles, de Juana Escabias
Directores de escena: Juanjo Granda, Rafael Gordon y Adriana González-Borgas
Iluminación: Juanjo Granda
Intérprete: Francisco Arellano, Elena Conchello, Pedro Fajardo, Adriana González-Borgas, Juanjo Granda, María José, Cedma Morales y Javier Vargas
Lugar de representación: Teatro Lagrada (Madrid)

Por RAFAEL FUENTES



En la ya prolífica trayectoria teatral -y narrativa- de Juana Escabias encontramos un eje central que enhebra transversalmente sus más diversas piezas escénicas: la crítica a la falsificación de las relaciones humanas, la denuncia de la propensión a crear vínculos inauténticos donde el fraude, la trampa, la añagaza -burda o sutil- desvirtúan profundamente los lazos humanos. En algunos de sus dramas, esa mixtificación posee proporciones colectivas, dirigida a la pura y simple manipulación de las masas. Es el caso, por ejemplo, de “Historia de un imbécil”, donde la dramaturga madrileña advierte sobre la bajeza moral de tantos “reality show” que convierten en lucrativo espectáculo la desdicha y el dolor ajenos, parodiados aquí a través de un programa tan significativamente titulado como: “El muerto de la semana”, mordaz recusación de la telerrealidad. En otros casos la crítica a la tergiversación se desenvuelve en los espacios más íntimos y privados, tal como ocurre en “Interiores” o en “Apología del amor”.

La obra que Juana Escabias estrena ahora, “Mujeres infieles”, entrecruza estas dos áreas, la recóndita y la colectiva, de lo inauténtico. Debemos tener presente que la pieza escénica “Mujeres infieles” nace de una cuidada e inteligente selección de un material mucho más amplio publicado en su obra “Nueve mujeres infieles” (Ediciones Irreverentes), del que se extraen cuatro historias que son entrelazadas mediante un hábil hilo conductor. El espectáculo no pierde así su carácter coral. No solo en la diversidad de historias y personajes en torno a un mismo tema, sino también en la condición poliédrica de las enseñanzas vitales que nos proporciona, muy lejos de sermonearnos con un catecismo, una moral cerrada o una tesis central repetitiva. Esa heterogeneidad ha sido reafirmada por la experimental fórmula de su puesta en escena, realizada no por un solo director, sino por tres que han trabajado simultáneamente: Juanjo Granda, Rafael Gordon y Adriana González-Borgas. Cada uno de ellos ha incorporado sus propias perspectivas, recursos, gustos estéticos, que se amalgaman y tejen entre sí, contribuyendo a afianzar esa visión polifónica e híbrida que siempre caracteriza la observación crítica de Juana Escabias de nuestra realidad más inmediata.



Un perfecto patrón de esa fórmula se tiene en la primera escena del espectáculo, centrada en una ruptura matrimonial en clave radicalmente satírica. Ambos en un fastuoso chalé en litigio, la Mujer toma el mando de su existencia mediante una desternillante parodia de los clichés de la mujer abandonada. Las carcajadas del público martillean sobre el recién destronado opresor. El ridículo en el que cae el Hombre le hace víctima injusta, a su vez, de una situación que estaba abocada de todos modos a fracasar. Una relación enfermiza que da paso a una disputa igualmente envenenada por los bienes materiales en pleito, haciendo que la falsedad de su relación no pueda desembocar en un desenlace ecuánime. La autora se ha cuidado de no ponerles nombres propios a sus dos criaturas, de modo que esta aproximación a un caso concreto no rompa su dimensión universal y colectiva, facilitando la empatía del público con la situación. La puesta en escena remarca que la pareja protagonista personifica los roles arquetípicos del payaso listo (la Mujer), frente al payaso tonto (el Hombre), con lo que se introduce una vena genuinamente circense que dulcifica con la risa fresca lo hiriente del conflicto. Recurso repetido en dos historias más y acentuado en todo momento por el espléndido juego malabar de los diálogos de Juana Escabias.

La segunda historia avanza en explorar las posibilidades abiertas por la primera. Aquí La Amante (de nuevo, el nombre abstracto) encarna al antiguo payaso tonto engañado por el hasta ahora payaso listo: El Amante. Pero un divertidísimo giro sorpresivo cambiará los roles para transformar a La Amante en payaso listo y dejar al Amante masculino en el papel de un tronchante payaso tonto, muy tonto. Si la cita amorosa se realiza en torno a la cama mercenaria de un hotel, muy pronto comprobamos que la “infidelidad” anunciada en el título para las cuatro historias no se decanta hacia la sensualidad ni el triunfo del deseo sobre el deber. No son propiamente historias de cama. La sexualidad se mantiene en un segundo plano porque actúa como placebo para la argucia, el engaño, la artimaña tergiversadora de unos vínculos tóxicos desde la raíz.



Esa astucia que utiliza el sexo como cebo para incautos rebasa, en la cuarta historia, el círculo de las relaciones de pareja para ampliar su radio de acción y convertirse en una lucrativa industria a través de las empresas que ofrecen sexo telefónico a cambio de suculentos cobros. Impagable e hilarante esa ama de casa que atiende a su niña de meses y a su zarrapastroso marido en pijama, al mismo tiempo que agita, bajo el nombre de guerra de Agatha, los febriles y extravagantes deseos de sus pueriles interlocutores, que colaboran con entusiasmo en que se les desplume con tan ingenuo ardid. La penumbra de la escena, el estatismo del Esposo y la Esposa y los focos de luz a la contra que proyectan enormes y grotescas sombras sobre la pared del fondo, subrayan la humillación a la que ambos son sometidos. Las sombras disminuyen cuando la vergüenza o la mortificación aumentan y las mismas sombras recuperan su gran tamaño cuando los personajes se recuperan.

El tono circense de “Mujeres infieles” queda, sin embargo, roto por una siniestra historia intercalada entre las otras tres, en la que un matrimonio por interés desencadena la amargura de una joven condenada a convivir con quien aborrece, a la vez que el marido se entrega a una furiosa lucha interior al no conseguir ser amado. Un ejemplo más de la pluralidad de perspectivas con la que Juana Escabias aborda la traición al otro o la traición a uno mismo. Una multiplicidad de puntos de vista que sería aún mucho más rica si se estrenase íntegramente “Nueve mujeres infieles”, donde abunda la inventiva, los desenlaces inimaginables, las pinceladas mágicas y la más trivial realidad capturada con un derroche de imaginación.
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