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RESEÑA

Bernardo Atxaga: Días de Nevada

domingo 25 de mayo de 2014, 10:46h
Bernardo Atxaga: Días de Nevada. Alfaguara. Madrid, 2014. 408 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €
La literatura, como algunas otras disciplinas artísticas, es un problema de observación, de mirada sensible y de posterior reflexión. Buena muestra lo da el último texto de Bernardo Atxaga, Días de Nevada, una crónica o dietario, o una suerte entre ambos, donde el autor, que viaja con su familia, retrata una estancia en Reno (Nevada) invitado por la Universidad local. Alejado de sus raíces a las que ha dedicado tan buena literatura el escritor se “sentía confuso. Los pensamientos y los recuerdos seguían mezclándose en mi cabeza”. Sin embargo, el oficio del vasco se sobrepone con rapidez ya que una escritura es cuestión de mirada, atenta, vigilante, más: acechante. Hace brillar con luz nueva lo opaco de las cosas. De tal modo, la mirada de Atxaga le lleva a fijarse, por encima del tópico y del silencio apabullante a su llegada a Reno, en el olor a artemisa de Nevada donde “la realidad era el desierto, y las representaciones, el decorado”.

El siguiente problema de importancia narrativa es el de selección. Aquí todo se aglutina como un decorado manipulado (pág. 75) para transmitir la sensación verosímil de vida que aporta la literatura. La experiencia del desierto, como la del viaje a parajes exóticos tales como la India o China, resulta para cualquier persona con sensibilidad fértil creativamente. Un viajero de cierta finura es capaz de redactar un libro de relativo valor tras su experiencia en tales lares. Lo cual no implica que sea en sentido estricto literatura. Atxaga conoce semejante riesgo y lo asume sin alharacas. En el presente texto la historia de la narración no se hace, se inventa. La estructura y el sentido son claves en la confección, los hechos aludidos son diversos a su pasado al narrarlos. Lo importante es no dejar en el tintero del olvido aquellos hechos resonantes del suceder de la vida y que todo sea hilado con la experiencia bien asimilada. El acierto de la claridad sin merma de la profundidad no está al alcance de todos los escritores y, con el sigilo de quien conoce su oficio, nuestro autor sabe cómo sacar provecho de tan exclusiva virtud.

El pasado familiar, las historias populares vascas, las observaciones paisajísticas y, en definitiva, la irrealidad del pasado, esa caprichosa realidad que nos vuelve sin compasión del sueño y del misterio, se solapan de rondón con el avanzar de Días de Nevada en el presente de la narración ante las miradas curiosas de un búho y un mapache. Caerá la vigencia de algunos hechos de este almanaque personal, no así esa manera de revelarlos que les otorga en su encantador misterio una vida nueva, acaso más duradera, enmarcada negro sobre blanco. Cierto es que no todos los apuntes atesoran el mismo valor. Por ello, en este tipo de textos se impone más que en ningún otro una rigurosísima poda, que aquí debiera haber sido algo más generosa.

“El carrusel se parase. Pero ¿dónde estaba el centro? ¿Dónde el eje en torno al cual giraba todo?” Así es. Este tipo de mezcolanza de historia de historias, la vida vaya, es sumamente arriesgado, más en estos tiempos por su proliferación sin calidad y es que el hilo rojo que debe vertebrar la historia no es tanto la esencia de un argumento, como podría ser el gozne de todas estas páginas: la reflexión constante “entre la justicia y la compasión” sea sobre King Kong o sobre un violador, sobre una araña enfrascada o unos presos trabajando en el desierto, sino la mirada propia, insólita y especial que deposita el escritor sobre las cosas.

Por Francisco Estévez
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