- Esta es la segunda vez que te subes a un escenario, la primera en la que llevas con un peso dramático protagonista y lo haces, además, con un personaje que es como las muñecas rusas, uno dentro de otro y de otro… ¿Podemos decir que te gustan los retos?Sí, siempre me han gustado, aunque es cierto que cuando te encuentras con un reto como este da bastante miedito. Siempre es mucho más apetecible hacer un personaje femenino complejo como este, que además no son tan fáciles de encontrar, que hacer una cosa más parecida a lo que ya has hecho. En cualquier trabajo puedes encontrar la manera de pasártelo bien, pero cuando tienes que esforzarte realmente o cuando ves que puedes aprender muchas cosas, no tiene precio.
- Más acostumbrada a las cámaras de cine y televisión, ¿qué sentimientos nuevos has encontrado en esta segunda incursión sobre un escenario?No es tanto por ser la segunda vez que hago teatro como porque esta obra es especial. Estamos los dos actores todo el rato en escena y esa es la gran diferencia con respecto a la primera obra que hice. Aunque en aquella también tenía un personaje muy complejo y era un texto muy complicado, había escenas en las que yo no estaba y tenía ese descanso de entrar y salir. Con esta obra, desde que piso el escenario, ya no vuelvo a salir hasta el final, lo que hace que sea un viaje mucho más real. No hay trampa ni cartón, no puedes retocarte entre escena y escena, ni repasar algo, ni respirar, ni siquiera cagarte en la madre de alguien porque la última frase no te ha quedado bien. Estando acostumbrada a cine y tele, donde estás todo el rato con el ‘corten’, me está gustando mucho esta experiencia de no cortar en ningún momento, aunque reconozco que a veces me gustaría hacerlo.
- ¿Qué ha cambiado en ti como actriz y en la obra en general desde el estreno en Avilés hasta ahora, a 15 días del cierre en Matadero?Creo que la obra ha ido creciendo. Como Diego (Martín) y yo cada vez nos vamos conociendo más, la relación entre los personajes también se ha llenado de complicidad, y eso se nota si has visto la obra al principio y la vuelves a ver ahora. Yo, como actriz, aunque ya lo empecé a ver en los ensayos, cada vez me doy más cuenta de cómo hay que trabajar este personaje: desde la libertad absoluta y sin juicios. El personaje de Vanda es un enigma, cuando ya crees que más o menos sabes por dónde va, vuelve a generar alguna pregunta sobre quién es, y eso sólo se puede interpretar desde ahí. Y ahora sé que trabajando así te lo pasas mucho mejor y que normalmente salen cosas mucho más reales.
- Vanda saca la artillería pesada para conseguir el papel de La Venus de las pieles. ¿Qué es lo más extraño que has hecho tú en un casting?Hubo un casting, que además me salió fatal y terminé llorando, en el que tenía que encontrarme a mi esposo muerto, abrazarme a él y llorar. Tenía como catorce años y fue mi primer casting en inglés, antes de que yo supiera hablar inglés, algo que ya de por sí no pintaba muy bien. Decidí llevarme una almohada, para tener algo que abrazar, pero me estaba saliendo tan mal que al final la usé para hundir la cabeza en ella, para que no me vieran la cara, la utilicé de escudo. Tenía la sensación de que estaba haciendo el peor casting de mi vida.
- En la obra, se va jugando con la línea que separa realidad de ficción. ¿Cómo hacéis los actores para trazar esa línea cuando interpretáis papeles especialmente duros o dolorosos?A veces me cuesta hablar en estos términos, esto de dónde termina el personaje y dónde empieza la actriz. Al final, los personajes no dejan de ser partes de uno mismo, los haces tú y los haces tuyos. Es inevitable que haya una parte de ti en un personaje que estés interpretando, aunque ese personaje sea un asesino. Todos tenemos el abanico completo de colores dentro de nosotros. En tu personalidad, destacan más unos que otros, pero todos tenemos una parte oscura, una cariñosa, una parte luminosa, otra hija de puta… Es como buscar dentro de ti esa parte. Hay que tener un punto de equilibrio para trabajar en esto y no confundir cosas porque, aunque parece mentira, sí nos llevamos muchas veces a casa el trabajo. Creo que no nos damos cuenta, pero una parte de ti se queda como enganchada a algo del personaje, algo que probablemente conecta contigo. Pienso que hay una parte hasta terapéutica en esto, que si lo sabes usar bien incluso puede servirte personalmente, para descubrir o limpiar cosas tuyas.
- Esta obra nos da mucho juego a los periodistas a la hora de preguntar en ciertos sentidos a los directores y guionistas sobre sus trabajos… ¿Crees, como Vanda, que los creadores de las obras siempre hablan de sí mimos?Creo que sí y hace poco me he dado más cuenta gracias a mi padre. Él ya había publicado un par de libros, pero ha empezado a escribir relatos cortos hace poco. Yo le he preguntado si alguno de ellos le había pasado a él me ha dicho que, aunque son ficción, en todos hay algo de él. Cualquier cosa que se te venga a la cabeza y seas capaz de plasmar en un papel está en ti de alguna forma, tiene que ver contigo de alguna manera, si no, no serías capaz de escribirlo. Esto es sólo mi humilde opinión, claro.
TRAYECTORIA- Empezaste muy pequeña haciendo pequeños papeles en televisión y el éxito te llegó con tan sólo once años, con El viaje de Carol, de Imanol Uribe (2002). ¿Cómo ves, desde la perspectiva del tiempo, haber arrancado una carrera profesional siendo una niña?La verdad es que creo que todo para mí han sido pros. No he tenido la sensación de perderme demasiadas cosas por empezar a trabajar con diez años y creo que en esto he tenido muy buenos guías. Mis padres siempre han sido súper cuidadosos, me han apoyado mucho, pero intentando guiarme para que no perdiera de vista que era una niña y que tenía que seguir haciendo mis cosas de niña con mis amigas de toda la vida, ir al colegio, estudiar… no perder la normalidad. Mi representante, que siempre ha sido el mismo, Antonio Rubial, también me ha llevado desde el principio con mucho cuidado para que no me convirtiera de la noche a la mañana en una niña-actriz que ya no puede vivir como una niña normal. Ha sido todo muy paulatino.
- Precisamente, tu compañero de reparto en El viaje de Carol, Juan José Ballesta, no soportó ese ‘boom’ y se retiró de los focos una larguísima temporada…Yo creo que a Juanjo le pasó un poco eso. Hace mucho que no lo veo, la verdad, pero creo que hubo una sobreexposición para un niño. De un día para otro, Juanjo se convirtió en ‘El Bola’. Él me contaba que los periodistas se presentaban en su barrio para hacerle entrevistas cuando estaba jugando al fútbol con sus amigos. A mí me aterrorizaba eso y cuando me nominaron al Goya no quería que me lo dieran porque pensaba que iban a abordarme cuando estuviera en clase de baile con mis amigas. Realmente hay que tener mucho cuidado. A mí me encanta esto desde siempre, me hice actriz porque a mí me apasionaba, no porque nadie me lo dijera. Aún así, determinadas cosas a esa edad influyen el triple y hay que andar con mucho cuidado de no perder el equilibrio entre el profesional de algo que empiezas a ser y el niño que eres, de la edad que te toca.
- Tú fuiste nominada al Goya a mejor actriz revelación con 12 años y finalmente no fuiste la ganadora (ese año se lo llevó Lolita Flores por Rencor, de Luis Miguel Albaladejo). Desde tu experiencia, ¿qué te parece la norma que la Academia puso al respecto hace dos ediciones y según la cual no se puede presentar candidatura de menores de 16?Me parece, la verdad, un tema delicado. Por un lado, creo que no es tanto por lo que pueda suponer para el niño. Si los representantes y los padres saben lo que están haciendo, un niño con un Goya no tiene porqué perder el norte. Es más una cuestión de plantearse hasta qué punto un niño es consciente de lo que está haciendo y trabaja de la misma manera que un actor adulto. Yo recuerdo que en
El viaje de Carol sentía cierta responsabilidad, pero con el tiempo me he dado cuenta de que, aunque no era solo un juego, sí había muchas cosas que no me planteaba a nivel lógico o a nivel de creación. Era un ‘ponte aquí y mira allá’, y yo lo hacía. Pero por otra parte, a veces ves trabajos de niños que son una locura y son totalmente susceptibles de premiarse. La cuestión es dónde poner el límite. ¿Por qué 16? Supongo que había que ponerlo en algún sitio.
OCHO APELLIDOS VASCOS- Hace casi tres meses que se estrenó Ocho apellidos vascos y sigues trabajando sin parar. ¿Te molesta que te pregunten por la película?¡No! Lo entiendo perfectamente, es que es una barbaridad. Es fin de semana pasado volvió al número uno de taquilla, algo que me ha dejado loca. Esto no tiene nombre.
- Aunque no ha habido nunca nada igual, sí tuviste una especie de calentamiento en esto de los súper taquillazos con Tengo ganas de ti (Fernando González Molina, 2012). ¿Te ha servido esa experiencia previa para asimilar lo que está pasando con Ocho apellidos vascos?Es que es distinto. Con
Tengo ganas de ti ya se intuía de alguna manera la afluencia a salas. Teníamos la premisa de que
Tres metros sobre el cielo fue un exitazo y la gente estaba esperando la segunda parte como agua de mayo, así que uno asume que lo normal es que vaya bien en taquilla, eso sí, a cierto sector de la población.
Tengo ganas de ti es una película que está hecha para eso: para que triunfe en según qué sectores y está muy bien hecha para lo que quiere conseguir. Lo más maravilloso de
Ocho apellidos vascos es que nunca tuvo ese tipo de pretensión. Es una película que se ha hecho con tres millones de euros en total, incluida distribución, y que, aunque claro que todos queríamos que fuera bien en salas, nunca pretendía ser la película más taquillera de la historia del cine español. Esto no estaba en las mentes ni de Emilio (Martínez-Lázaro), ni de Telecinco, ni de Universal, ni de La Zona. Cuando pasa algo así sin que tú lo vayas a buscar es el alucine.
- Y así a posteriori, viendo ya el éxito que ha tenido y sigue teniendo. ¿Cuáles dirías que son los ingredientes mágicos?Creo que responde a una necesidad muy grande que existe ahora mismo en España: la de reírnos, y hacerlo de tópicos nuestros, no es reírse porque sí, sino de nosotros. Viendo el momento en el que estamos, reírse de uno mismo puede ser también una manera de relativizar. Lo que está claro es que es algo sano, y la prueba está en toda la gente que ha ido a ver esta película, independientemente de la edad, la zona geográfica o la tendencia política. Además, creo que
Ocho apellidos vascos es ya como una bola de nieve, la gente la va a ver por una cuestión de poder hablar de ella, de poder comentarla.
- ¿Has notado un aumento de las ofertas de trabajo que te llegan desde el éxito de Ocho apellidos…?De momento, no. Sí que me han ofrecido cosas, pero no ha sido algo exagerado. Quizá sí lo he notado más en cosas de publicidad. De momento, estoy feliz con
La Venus.
- Se ha hablado ya de una segunda parte y tú has pedido en alguna ocasión cautela con esto… Es que creo que hay que tener muchísimo cuidado con la segunda parte. Ellos están muy seguros de que la quieren hacer y a mí me parece bien que se haga, pero creo que hay que extremar la cautela. Para mí, honestamente, es una cuestión de respeto al público. Si tú tienes la pretensión de reventar las salas, te has ganado el éxito por el que has apostado. En nuestro caso, el éxito nos lo ha dado la gente, la peli se ha convertido en lo que es porque la gente la ha hecho así. Así que creo que, por respeto a todos los que han ido a ver la película, no se puede hacer una segunda parte de cualquier manera, intentando convertirla en la gallina de los huevos de oro. Claro que se puede hacer una segunda parte y continuar con la historia, en Sevilla, en Cataluña o donde sea, pero tiene que haber realmente una buena historia que contar. En este sentido, confío mucho en Diego San José y en Borja Cobeaga porque son muy buenos. Saldrá una historia potente.