Vladimir Putin está dispuesto a recuperar el oxidado orgullo soviético a golpe de alianzas y militarismo. Tras la fulminante operación para ocupar
de facto las provincias del este de Ucrania, que ha conllevado la condena sin paliativos de la OTAN y de la Unión Europea, el Kremlin pone sus miras en el este para apuntalar su dominio en Eurasia, una zona de vital importancia geoestratégica.
Hasta la fecha, sólo la Bielorrusia de Lukashenko, la última dictadura de Europa, se ha mantenido como un aliado fiel de Moscú ante los cantos de sirena de Occidente. Por ello, Putin, forjado bajo la tutela de la hoz y el martillo en las estructuras militares de la URSS más tardía, la que añoraba los años gloriosos del Telón de Acero, ha puesto en marcha una estrategia diferente: mostrarse fuerte hacia el oeste mientras atrae países a su causa en el este.
La crisis en Ucrania ha puesto de manifiesto que la gran debilidad de Rusia es su economía, que no está por la labor de seguir desgastándose en los mercados con conflictos como los de Crimea, por lo que la búsqueda de alianzas y acuerdos económicos lucrativos es vital.

Prueba de este nuevo plan es el pacto que ratificaron este jueves
Rusia, Bielorrusia y Kazajistán para conformar la nueva
Unión Económica Euroasiática, una alianza más política que financiera que aspira a crear un polo geopolítico más allá de los Urales y que sirva de puente a su vez a Asia.
Esta nueva unión va un poco más allá a los acuerdos aduaneros actuales y promete crear un espacio económico y comercial común (libre circulación de bienes, servicios, capitales y trabajadores entre los tres países firmantes incluida) para algo más de 170 millones de habitantes y que entrará en vigor a partir del próximo 1 de enero de 2015.
La relevancia de este acuerdo, que ha tardado casi tres años en certificarse y al que ya han pedido adherirse
Armenia y Kirguizistán, con
Turquía en una posible recámara, se explica con sólo poner sobre la mesa los datos energéticos: entre los tres países se concentra
una quinta parte de las reservas mundiales de gas y un 15 por ciento del petróleo de todo el planeta. Además, representan más allá del 80 por ciento del Producto Interior Bruto de todos los estados que pertenecieron a la URSS.
La semana pasada, durante la celebración del Foro Económico de San Petersburgo, Putin desmentía tajante que su intención fuese refundar las estructuras de la extinta URSS. "¿Qué tiene de recreación de un imperio?. Nada, cero. Sólo incluye aspectos relacionados con la unión de nuestros esfuerzos en el ámbito económico", afirmó el presidente ruso.
Sin embargo, y aunque la formación de un nuevo supraestado que aglutine a diversos países de la zona en una nueva federación se antoje quimérico, lo cierto es que los planes de Putin pasan por reforzar los lazos euroasiáticos restando poder a los tradicionales popes económicos mundiales:
Estados Unidos y Europa.
Pero la estrategia del Kremlin no se reduce exclusivamente a lo económico. Moscú también quiere recuperar su lugar en el escenario militar. Tras sacar músculo durante la crisis de Crimea y el veto a la intervención militar en Siria, Rusia realizó recientemente unas
maniobras conjuntas con China, la otra gran potencia militar frente al todopoderoso imperio estadounidense.

Precisamente con el gigante asiático Putin firmó hace unos días un importantísimo acuerdo gasista con una inversión conjunta de más de 75 millones de dólares durante los próximos seis años para construir un gaseoducto que una ambos países.
Gracias a este pacto, Gazprom, el monopolio energético ruso, suministrará a China
38.000 millones de metros cúbicos de gas natural anuales a partir de 2018 y durante los siguientes 30 años gracias a un contrato cuyo monto total ha sido estimado por las autoridades rusas en
400.000 millones de dólares.