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Los eurófobos sí fueron a votar

Martín-Miguel Rubio Esteban
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:40h
Las estadísticas nos están enseñando que los que se quedaron en casa, los que prefirieron la pasividad de la abstención de un luminoso domingo campero, fueron las personas de pensamiento y actitud proclives al centro-derecha o al centro-izquierda, la moderación misma que fundamentó las bases de una Europa unida y de cultura cristina ( De Gasperi, Schumann, Adenauer…). Y lo que, por el contrario, está fuera de toda duda es que todos los antieuropeístas, los nacionalistas excluyentes, la izquierda incendiaria, la ultraderecha y los antisistema sí fueron a votar en las últimas elecciones europeas. Ningún antieuropeísta se queda en casa en las elecciones europeas. Es lógico. Pero entonces, ¿cómo explicar que gran parte de las bases mismas del ideario europeísta se quedasen en casa, entre las comidas de las comuniones, o marcharan a disfrutar de un magnífico día de campo, en una proporción verdaderamente peligrosa? Varios factores lo pueden explicar.

Millones de ciudadanos en Europa han sufrido en sus propias carnes no sólo los dolorosos arañazos de la crisis, sino las duras e imprescindibles medidas, desgraciadamente muchas veces llevadas a cabo sin los mínimos paños calientes que hubiesen sido necesarios, para superarla, mientras veían un colectivo de políticos demasiado grande que vivían más de la política que para la política. La propia líder de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal, ha venido repitiendo muchas veces en su región que la política no debe ser en sí una actividad profesional, sino la actividad propia de cualquier ciudadano de cualquier oficio por el mero hecho de ser ciudadano por naturaleza. ¿Y cómo no van a crear desencanto a los que sufren los zarpazos de la crisis aquellos políticos que viven de la política y no para la política?

También ha ayudado a la abstención la falta de carisma que sufren los actuales líderes que representan la Unión Europea. Desgraciadamente hay que reconocer que los líderes carismáticos han venido por la parte de los ultranacionalistas y los antisistema. Europa necesita de nuevo líderes, como aquellos viejos políticos citados, que galvanicen todas las ilusiones europeístas que laten en el continente más civilizado, libre y humano que ha conocido el mundo. La idea de una Europa unida conviene a la razón, la del nacionalismo excluyente y codicioso al instinto atávico.

Quienes explican la abstención en la falta de democracia interna de los partidos – siempre conveniente – se equivocan de móvil en este “crimen”, olvidan que la Democracia política no es la suma de las democracias internas intrapartidarias, sino algo mucho más comprometido y definitivo para la libertad, el que los ciudadanos elijan gobiernos representativos y la división de poderes sea la mayor garantía de la libertad. A veces amplias bases presentan como candidato a un Zapatero, y otras veces los minoritarios aparatos de los partidos ( aquellos que trabajan diariamente en los partidos y tienen la mayor información sobre las cosas ) proponen a un Felipe González o a un José María Aznar, los dos mejores presidentes de la Democracia española devenida con la instauración de Juan Carlos I como Rey de España.

Todo aquel que ha sido o es afiliado de cualquier partido sabe muy bien que sólo una minoría ( eso que se llama el aparato o los cuadros del partido ) se compromete realmente, diariamente con los objetivos del partido. El 2% pega los carteles electorales, y el único compromiso de la inmensa mayoría es pagar la cuota y expresar la alegría que da el que triunfen los ideales de uno. Los grandes servidores del pueblo suelen detestar a las muchedumbres cuando éstas participan en la política. Eso, entre otros, nos lo enseña el dramaturgo Francisco Nieva en su genial comedia Salvator Rosa, la mejor alegoría que se ha escrito en teatro sobre la naturaleza del poder en el siglo XX. Es un hecho lógico que convirtió en ley el sociólogo alemán Robert Michels enunciándola como “la ley de hierro de las oligarquías”, expuesta en su libro Los partidos políticos. Sólo una minoría puede gobernar una organización política. Una multitud nunca puede gobernar una organización política. Es imposible. En la minoría que trabaja, en el aparato, se encuentra la información más pertinente, las claves de los tiempos, las secuencias del desarrollo de los objetivos políticos, los caballos de Troya que se lanzan a las filas del enemigo, las razones últimas de los acuerdos coyunturales, las más sutiles añagazas del cálculo político, que no convienen filtrarse entre los afiliados cotillas ( la mayoría ) dotados de whatsap. Por eso es pura demagogia rubalcabiana la idea de elegir al jefe con los votos de todos los afiliados. Va contra la razón de toda organización con vocación de conquistar el poder político ( y cualquiera otro poder ). La democracia está en el voto poderoso de los comitentes y no en la vida interna de los partidos. Los partidos están para vencer con los votos que les otorgue en equitativa competencia la sociedad, y no son clubs ingleses ( que, por cierto, también están dominados por minorías ). Nadie conoce mejor el valor de un líder que el aparato y cuando se trata de presentar a un candidato a la presidencia del país la cosa es muy seria la verdad, y no se puede dejar el asunto en manos de aquellos que no conocen el perfil bajo o excelso de sus candidatos. En realidad a los votantes – únicas personas en donde descansa el poder en una verdadera Democracia, y no en los afiliados o militantes de cualquier partido – les da lo mismo cómo eligen a sus candidatos los partidos, sino cierta garantía de que todos ellos, desde sus distintas mundiviones políticas, son capaces. Democracia es división de poderes, remedio con que los griegos conjuraron la “enfermedad de los reyes”, que dijera Platón ( tô tôn Basileôn nosêma ), y la elección de un gobierno verdaderamente representativo. Las normas internas de los partidos, que son meras asociaciones civiles, nos deben traer al pairo.

Lejos de buscar la Democracia, a los amigos de la democracia interna de los partidos, les encantaría enjaular a todos los ciudadanos de España en algún partido político. Llegarían a la apoteosis de la oligarquía partidista, que es en el fondo lo que constituye su mayor anhelo. Hacer a todos los españoles afiliados de los partidos, hasta el punto que sirviese de DNI. Y en eso fundar la Democracia. Esperemos que nunca veamos ese sistema totalitario, y que con Felipe VI, que por su absoluta legitimidad al trono no necesita pactar, consensuar ni mercadear la Corona, comience la sociedad civil, y con ella los ciudadanos españoles, los habitantes de España, a ser protagonistas de su destino. Ello también beneficiará a los partidos políticos al retornar a su verdadera naturaleza, que es la de ser asociaciones civiles y no órganos del Estado.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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