Cameron en la encrucijada
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:41h
Pocos conocerán que por primera vez en la historia las próximas elecciones al Parlamento británico tienen fecha fija, el 7 de mayo de 2015. Así, si bien la Parliamentary fix-term Act, aprobada en 2011, contempla dos posibles excepciones (la aprobación por los Comunes de una moción de no confianza en dos ocasiones en un plazo de 14 días o la disolución anticipada acordada por 2/3 de la Cámara), lo cierto es que dicha Ley, una de las primeras del gobierno Cameron-Clegg, ha revolucionado el sistema político británico al privar al Gabinete de su clásico instrumento de “intimidación” en una forma de gobierno parlamentaria, la disolución anticipada. Lo acabado de señalar, junto con la referida previsión de la posibilidad de una autodisolución parlamentaria, completamente extraña a la tradición británica, introduce en la forma parlamentaria por antonomasia rasgos propios del gobierno de asamblea. La reforma respondió en buena parte al deseo de apuntalar al entonces naciente gobierno de coalición, experimento inédito en más de 60 años y sobre el que se cernían serias dudas respecto a su viabilidad en el tiempo.
Pero, junto a las dudas generadas en un comienzo, lo cierto es que los dos líderes de la coalición despertaron un enorme interés debido, principalmente, a su juventud y a los aires renovadores que ambos habían dado a sus respectivas organizaciones políticas. En este sentido, por lo que hacía al nuevo Premier, éste había impreso un sello de modernidad a una estructura como la tory que se había quedado anclada en los ochenta thatcherianos. Por su parte, la cercanía de Clegg y la claridad de su mensaje parecían haber puesto fin a la travesía por el desierto casi secular de los Liberales. El nuevo gobierno enseguida hizo público un programa muy ambicioso acorde con las exigencias del momento.
De esta forma, en el ámbito doméstico la actuación del Gabinete ha venido presidida por las políticas de austeridad ante el deterioro galopante de las cuentas públicas en el período inmediatamente anterior. Ello ha supuesto, junto a la restricción del gasto público, destacando en este sentido el recorte en los presupuestos de defensa, el aumento de los ingresos con determinadas medidas no exentas de contestación social, como la derivada, por ejemplo, del aumento de las tasas universitarias en Inglaterra. Por otra parte, se han realizado intentos por endurecer la política inmigratoria, particularmente en lo referente al derecho de asilo, si bien con resultados desiguales, entre otros factores, debido al escaso margen de maniobra que deja a las autoridades nacionales la libertad comunitaria de circulación de personas y trabajadores. Junto a lo señalado, no han faltado guiños a las reformas más vanguardistas, como ha sido la aprobación en 2013 de la Ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y como plato fuerte está anunciada la tramitación de una reforma muy profunda del sistema británico de pensiones. En lo referente a política exterior, la “especial relación” con la otra orilla atlántica ha continuado, asumiendo incluso un papel más activo, como sucedió con la primavera libia, si bien también se ha evitado dar la impresión de seguidismo a la política de la primera potencia, caso destacado de la crisis en Siria. Sin duda alguna, ha sido a propósito de Europa en donde mayores disensiones se han detectado en el seno de la coalición, optando finalmente Cameron por “la patada a seguir”, al remitirse a un futuro referéndum si antes no se consigue modificar el estatus británico en la Unión (colocando el balón, pues, en el tejado de ésta).
El menú señalado se ha aderezado con lo que parecen inevitables escándalos de la vida política británica así como con amenazas de rebeliones internas en las propias filas conservadoras. En relación con los primeros, el affaire Coulson (jefe de comunicación de Cameron implicado en un escándalo de escuchas en su anterior trabajo en el sector privado) ha ocupado no pocas portadas, a las que hay que sumar las acaparadas por escándalos que han afectado a los Ministros de Defensa (acompañado por un amigo en sus viajes oficiales), de Industria (se probó que mintió en un juicio por tráfico años ha), de Inmigración (contratación de una empleada doméstica en situación irregular), y al tesorero del partido (sic) implicado en financiación irregular… saldadas todas ellas con las oportunas dimisiones, hecho éste que viene a confirmar una vez más que en la política de las islas “quien la hace la paga” (o, al menos, que “a quien se pilla la paga”). Por otra parte, la calificada desde determinadas ópticas como política contemporizadora de Cameron ha provocado diversas rebeliones internas, encontrándose entre las más sonadas la que llevó a la pérdida de la votación sobre la intervención en Siria (en épocas pasadas hubiera dado lugar a la propia caída del Gabinete) o la que frustró la votación sobre la proyectada reforma de la Cámara de los Lores. En este sentido, el famoso Comité 1922, que agrupa a los backbenchers tories, ha estado más activo que nunca, amagando con presentar votaciones de confianza comprometidas para el Gobierno (al margen de la valoración que pueda merecer este hecho, se contempla con sana envida el papel individual de los parlamentarios y la ausencia de una férrea disciplina de voto).
Las encuestas que vienen realizándose desde hace meses arrojan una importante subida en la intención de voto de los laboristas y, en contrapartida, una bajada de conservadores y liberales, hasta el punto de que los mismos podrían no estar en disposición de reeditar el gobierno en el próximo mes de mayo. Especialmente preocupante es la crisis de los liberales, agudizada por la pervivencia de un sistema electoral (el referéndum para su reforma fue abrumadoramente rechazado) que en nada les favorece. Los “labour” parecen haber dejado atrás sus recientes querellas internas, aglutinándose tras un líder fresco y humilde (Ed Miliband) que ha sabido rejuvenecer en tiempo record el mensaje de un partido acaparador del poder en los últimos quince años, con un discurso inteligente que incluso no ha tenido reparos en hurtar a los conservadores el viejo lema disraeliano “one nation”. Pero, sin duda, el fenómeno más notable, cuyas últimas consecuencias sobre un sistema caracterizado por su tradicional estabilidad aún no pueden calibrarse plenamente, es el protagonizado por el UKIP.
Los resultados de las elecciones celebradas en el último año no han contribuido a clarificar el escenario. Así, si bien las locales estuvieron caracterizadas por un auge espectacular de los laboristas y el desplome conservador, sin embargo los recientes comicios al Parlamento europeo han arrojado un saldo netamente desfavorable para los primeros (es la primera vez que el principal partido de la oposición no gana los mismos), confirmando ambas citas electorales la irrupción espectacular del UKIP y el hundimiento liberal. Todo parece indicar que el voto descontento se ha polarizado en favor del partido del histriónico Farage, pero, más allá de la excentricidad de algunos de sus postulados, Cameron se enfrenta al dilema de contener la sangría a la derecha o perder el centro de una vez por todas en favor de su principal rival.
En este panorama Escocia puede convertirse en la tabla de salvación del gobierno de coalición (o en su definitiva tumba, si contra pronóstico vence el “no” en el referéndum proyectado). La valentía de Cameron a la hora de enfrentarse al problema, permitiendo el referéndum y eliminando del mismo cualquier opción de compromiso (la denominada “devo max”) así como la inteligencia en la campaña proyectada (“better together”) pueden convertirle en el auténtico vencedor de la consulta del próximo mes de septiembre. La historia política británica está llena de victorias sobre la campana de perdedores por adelantado (el caso de John Mayor es uno de los ejemplos recientes de ello). Hoy más que nunca Londres mira a Edimburgo.