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Aprobar o suspender

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
martes 01 de julio de 2014, 20:32h
Llegados a estas fechas de final de curso, la inquietud de muchos estudiantes y familias se encuentra en la disyuntiva del aprobado o suspenso. De las calificaciones depende el futuro inmediato, la beca, las vacaciones, el repetir o no repetir de curso…

Para muchos es el profesor el que suspende o aprueba, cuando en realidad es el estudiante el responsable de su éxito o fracaso. En una sociedad en donde nos hemos acostumbrado a transferir responsabilidades, no es extraño que se atribuya al profesor esa responsabilidad. Y a pesar de lo que acabo de decir, aún pienso que es posible que algún tipo de responsabilidad pueda tener en cuanto que ha sido un mal profesor, se expresa mal… pero en último término, es el estudiante quien por su estudio y trabajo, puede preparar cualquier materia y superarla.

Como profesor universitario, soy de los que opinan que dar clase es una maravilla, pero corregir exámenes y calificar a los alumnos es un horror. Me gustaría que hubiera personas dedicadas a la corrección de exámenes o, incluso en esta sociedad tecnológicamente avanzada que esa función la realizara una máquina. Sin embargo, el hecho que solo una máquina pueda juzgar, aprobar o suspender, es dudoso a tenor del artículo 13 de la Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal.

Hay varios hechos que me preocupan sobre esto de aprobar o suspender. En algunas universidades, de esas que se cobra por mes, el aprobado está prácticamente garantizado, “quien paga, siempre tiene la razón”. En otras es el miedo a perder alumnos o a enfrentarse a los estudiantes que han suspendido. Por eso, a la hora de buscar licenciados, no nos extrañe que determinadas empresas excluyan de los procesos de selección a quienes han estudiado en determinadas universidades y facultades.

Sorprendentemente nos encontramos con algún programa de calidad docente en donde se puntúa positivamente a los profesores que aprueban mucho y se penaliza a los que suspenden. La idea que los suspensos son el reflejo de una mala enseñanza, no es cierta. Creo que una de las funciones de la Universidad, ahora sí con mayúscula, es precisamente servir de filtro. Determinar que estudiantes han superado el listón del conocimiento, de la práctica, de las habilidades… y, por tanto, son capaces de desempeñar una profesión titulada correctamente. Por eso no es bueno poner un numerus clausus de aprobados o suspensos, ni fomentar a los profesores “hueso” o blandos, porque los estudiantes son como el vino, unos años o unos grupos son muy buenos y otros, la cosecha es manifiestamente mejorables. Quizás una solución sea la realización de exámenes comunes a todos los grupos, tal y como ocurre en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UCM.

También está cambiando la forma como los alumnos afrontan las pruebas. Hasta hace poco el examen era la prueba por excelencia. Hoy en día en los Grados, el concepto ha cambiado, no se trata de que el estudiante aprenda una materia, sino que aprenda a aprender. El profesor más que maestro, es guía en el aprendizaje. Por eso a la hora de calificar hay que tener en cuenta los trabajos realizados. Eso hace que los alumnos piensen que haciendo una serie de trabajos consiguen automáticamente el aprobado, incluso con “el corta y pega”. Creo que esto no es correcto, de alguna forma hay que evaluar el aprendizaje directo del profesor o indirecto del profesor-guía. Si no lo hace la Universidad, será la sociedad quien deba hacerlo mediante algún tipo de prueba.

La presión de algunos alumnos en busca del aprobado, les lleva a plantear reclamaciones por cuestiones que nada tienen que ver con el aprobado o suspenso: que si no tenían el programa de la asignatura, que si el profesor no había formulado la pregunta con las mismas palabras que figuraban en el epígrafe del los apuntes o del libro, que si el profesor no respondía a preguntas en el momento de realizar el examen, que si se habían hecho todos los trabajos y, por tanto, ya no era necesario hacer el examen, que si el profesor llega tarde a clase, que si no entendían al profesor... Reclamaciones todas ellas que se presentan cuando ya han suspendido, a pesar de haberlo podido hacer a lo largo de todo un semestre.

Creo que están en su derecho de reclamar, pero la Universidad debería detectar cuando hay un problema en la corrección de un examen o cuando hay una petición abusiva, por muchos alumnos que la hayan firmado. También el profesor, sobre todo si tiene un puesto inestable, debe ser protegido de las amenazas del estudiante que pide un aprobado a cambio de no llevar su reclamación a todas las instancias posibles: Delegación de Estudiantes, Defensora del Universitario, Vicedecano del ramo, Tribunal de Reclamaciones, Vicerrectora de estudiantes… Incluso estableciendo algún tipo de sanción cuando se falta a la buena fe en el actuar del alumno. De igual forma deberían de estar claras las normas para aquellos profesores que están detrás de esas reclamaciones o que se dedican a desprestigiar a sus compañeros delante de los estudiantes, en muchos casos por su incapacidad de afrontar un debate científico. En alguna de esas instancias la racionalidad debería imperar y ser capaz de distinguir entre la paja y el grano, no sea que en los despachos del poder se apruebe un examen con faltas de ortografía, errores gramaticales y unos exiguos conocimientos propios del “cacao maravillao”.

Al final, el aprobado, notable, sobresaliente o matrícula de honor se obtiene gracias al trabajo y al esfuerzo. Y puedo asegurar que cuando en un grupo de clase, la mayoría de los estudiantes obtienen notables y sobresalientes, para el profesor es motivo de una profunda satisfacción.

Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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