A veces pasa: el cine busca en la literatura una gallina de los huevos de oro y se estrella en el intento. Otras, consigue una adaptación más que digna, entendiendo –y explotando- las diferencias de soporte y cumpliendo las expectativas generales de lectores y espectadores en sus diversas combinaciones. La versión cinematográfica de El abuelo que saltó por la ventana y se largó es, sin duda, parte de este segundo y próspero conjunto de casos.
La novela del hasta entonces desconocido Jonas Jonasson se ha convertido en el mayor fenómeno literario en la Suecia de los últimos años, superando los seis millones de ejemplares vendidos en todo el mundo desde su publicación en 2010. La cosa no queda ahí; esta historia disparatada y agridulce parece haberse propuesto romper todos los récords y ha hecho de su adaptación a la gran pantalla la película más taquillera de la historia de su país, con más de 1,5 millones de espectadores y una recaudación de 16 millones de euros. El Ocho Apellidos Vascos sueco se estrena ahora en España, con la avanzadilla de los 350.000 lectores que se enarmoraron del tierno surrealismo de esta historia nuestro país.
Encaramado a la ventana de su habitación en una residencia de ancianos, el inminentemente centenario Allan Karlsson toma la única escapatoria posible a la comitiva que está a punto de abordarle tarta en mano. En su huída, se ve envuelto por error en una trama criminal con 50 millones de coronas suecas como botín. Este esquema principal de la película sería por sí mismo una excelente excusa para generar situaciones cómicas sobre el telón de la vejez y las ganas de vivir, si no fuera porque la verdadera guinda de la película son los flashbacks que nos regala Karlsson, pedazos de su delirante historia que convierten en razonable esa obstinada negativa a soplar sus cien velas en un aséptico hogar para la tercera edad.
Con el permiso de Robert Zemeckis, Allan Karlsson viene a ser el Forrest Gump sueco. Como el ya mítico personaje de Tom Hanks, el anciano de El abuelo que saltó por la ventana y se largó, interpretado por el cómico sueco Robert Gustafsson, narra la historia del siglo XX en primera persona, a través de hilarantes sucesos que lo convierten en protagonista de los acontecimientos más relevantes del último siglo. El centenario motiva la comercialización de los exclusivos huevos de Fabergé en el este de Europa, se convierte en conejillo de indias de los experimentos raciales llevados a cabo en el periodo de entreguerras, empuja al éxito el Proyecto Manhattan para conseguir la primera bomba atómica, se emborracha con Harry S. Truman el día de la muerte de Roosevelt y tumba al mismo Stalin tras varias rondas de chupitos de vodka, años antes de sentarse a negociar con su compatriota Gorbachov. Una fórmula que no por haberla visto antes deja de ser divertida, emocionante y cinematográficamente eficaz y que suma, además, a la referencia de Zemeckis el plus de la descentralización: EE.UU. es un actor importante de la historia, pero no el único.
Mención aparte merece el pasaje en el que Karlsson lucha del lado republicano en la Guerra Civil española y, en una nueva carambola de la trama de su vida, termina bailando flamenco y degustando vinos de la tierra con Francisco Franco. El retrato bizarro de España -sea la de los años 30 o la de ayer por la tarde- en la cinematografía extranjera no es una excepción. Resulta gratificante cuando la tromba de tópicos es intencionada, pieza de una enorme parodia del mundo, y no resultado de un documentalista distraído. La exageración de nuestra idiosincrasia y la reinterpretación de nuestro pasado desde el absurdo a través de ojos ajenos harán disfrutar al público español de manera especial con esta escena.
Dirigida por el realizador televisivo Felix Herngren, también coguionista junto a Hans Ingemansson del libreto levantado sobre el ‘best-seller’, El abuelo que saltó por la ventana y se largó busca la carcajada por momentos e incita al disfrute y al optimismo. Una cinta cargada de luminosidad, con una fotografía que se colorea y satura según avanza el metraje: del gris de la bata de felpa a al arcoíris circense. Todo en la película, desde la banda sonora hasta la iluminación, está al servicio de la comodidad del espectador, de regalarle un momento dulce y satisfactorio. Y lo consigue.