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TRIBUNA

Los liberales

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 11 de julio de 2014, 20:06h

Los afiliados del Partido Popular deberían emocionarse cuando su partido sostiene sentirse heredero de los movimientos liberales. Y es que el liberalismo es ante todo un humanismo, y la palabra “liberal” nace además en España.

    A diferencia de los extremos del espectro político y de la gente guay, cuya alegría parece fundamentarse en que conocen perfectamente todas las claves que explican la vida y la sociedad, y las verdades más hipostáticas, mediante unos dogmas cuya simplicidad nos sobrecoge y amedrenta, los liberales tenemos la desgracia de saber a ciencia cierta que toda la verdad no la tenemos nosotros, que la verdad no la ocupa nadie totalmente de forma exclusiva y que el escuchar es la principal acción de un político de alma liberal. En la vida pública el hombre liberal parece vacilante, y eso lo debilita ante los ojos bárbaros. Se es liberal por poseer una actitud del alma y, por lo tanto, un gesto que preside no sólo nuestra vida pública, sino también el menor latido de nuestra intimidad. La actitud liberal es compatible con muchas creencias y sensibilidades, pero no con todas las conductas. El respeto a los otros y la tolerancia con las equivocaciones de los demás, del hombre en general, son el ADN del liberal. No están exentas las fuentes del liberalismo de cierto jainismo francés o molinismo español: acertar el hombre siempre es imposible, conseguir la llave que resuelva todos los problemas es imposible. La vida es un tanteo en el que la intención no siempre triunfa.

    Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo, y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios, los modales y los procedimientos los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, es mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe, sino ejercerla de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal, como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir.

    El signo del liberal es, por razón de su ambivalencia, glorioso en los tiempos de paz, tristísimo en las contingencias en que la vida social se arremolina. Cuando en los momentos buenos y de prosperidad, el destino está en nuestras manos – o el margen del destino que nos deja Dios – el liberal, ambivalente, abre su pecho impunemente y fecundamente a todos los entusiasmos. Mas cuando en la hora grave, hay que elegir entre uno y otro lado de la barricada, el liberal, el pobre liberal, víctima de la acrimonia de los extremos, no sabe lo que hacer, porque sabe que tiene que hacer algo y no sabe cómo decidirse. No porque ignore, como el hombre que duda, dónde está la razón, sino porque no alcanza a quitar la razón del todo a nadie ni a dársela a nadie por entero, ni así mismo. Las opiniones de los hombres dependen de los tiempos, de los lugares y de las circunstancias.

    Por eso se le ve de aquí para allá con una aparente ligereza que es sólo generosidad profunda. Por eso, en los dos extremos del espectro político le miran con desconfianza. Las puertas sectarias se le entreabren hoscamente y se le cierran en las narices. Muchas veces, desde ambos lados le lapidan. La tragedia que es todo combate sectario, no lo es, sin duda, para nadie tan grande como para el liberal. Quizás el ser liberal es sobre todo una actitud humana y no un ideario; es decir, una conducta, y por serlo, ni admite traiciones interesadas o cobardes, ni menos servir de señuelo para la provisión de ocupantes a las sinecuras oficiales. Los idearios políticos que agrupan a los hombres son siempre hijos de las circunstancias ( la Historia ha demostrado, y lo ha reconocido la socialdemocracia, que ha sido hijo de las circunstancias hasta el marxismo, que pretendía fundamentar una política científica como una ley física ), y una conducta tiene el sentido de la perennidad, de la aspiración a la eternidad. Política y conducta jamás serán paralelas, sino que de un modo fatal, han de encontrarse, una vez más, muchas veces; como la recta que corta el zigzag.

    Ciertas enfermedades, como el fanatismo o el frenesí político que alientan y estimulan los fautores de recientes movimientos, sólo atacan a un determinado número de personas, que son por su conducta no-liberales.

    Y como el liberalismo es más una conducta que una idea se ven a menudo liberales en las zonas más de centro: a la izquierda del PP y a la derecha del PSOE, en ese punto en que los socialistas saben que tienen razón los peperos, y los peperos que tienen razón los socialistas. Un punto que en esta hora de crisis de la existencia misma de España debería protegerse como una reserva de moralidad política y buenas prácticas. 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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