Viajo a México y mi compañero de asiento es un mexicano inteligente. Estudió en el Seminario Diocesano de Aguascalientes y, más tarde, Arquitectura en Zacatecas. Se ha doctorado con una tesis sobre urbanismo en Nantes (Francia) y regresa a Zacatecas a dar clases de Iconografía y Restauración. Pero su objetivo primordial es escribir una tesis doctoral sobre José Vasconcelos y su filosofía de la Educación. No encuentra, sin embargo, profesores preparados y, sobre todo, interesados en la obra de Vasconcelos. Yo le digo que no renuncie y persista en su objetivo. Vasconcelos lo merece. Es uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX. Aquí le dejo a mi compañero de viaje una breve reflexión para animarle a continuar sus estudios sobre José Vasconcelos.
¿Por qué no ha calado la obra de Vasconcelos en la sociedad mexicana? Porque es demasiado grande para una sociedad enajenada por el triunfo de la revolución, del totalitarismo revolucionario, que confunde el poder con el saber y con el derecho. La identificación de saber, poder y derecho, base del totalitarismo contemporáneo, surgido de la revolución mexicana impide a la inteligencia mexicana mirar limpiamente la obra de Vasconcelos. Las élites intelectuales mexicanas, casi siempre dependientes del poder, no han tenido valor para ilustrarse con la obra literaria, filosófica, moral y política de José Vasconcelos. La desproporción, la distancia, entre el pensamiento y la acción de Vasconcelos por un lado, y los receptores de esa obra por otro lado, es tan grande que sus lectores y críticos quedan al poco tiempo fuera de juego o al borde del abismo. La cumbre es tan alta que los pocos autores mexicanos que lograron superar los primeros escollos de la montaña se asustaron y desistieron de seguir hasta la cima. Tuvieron miedo de que la luz de la cúspide los pudiera cegar. Tuvieron miedo de abandonar los clichés y empezar a pensar contracorriente de lo políticamente correcto. Esos cobardes abandonaron la tarea de pensar y optaron por la ideología revolucionaria y, luego, por la sustitución de la realidad por nombres huecos y ciegos, mala y barata ideología.
El crítico más grande de la revolución mexicana, en verdad, de la barbarie apenas ha tenido seguidores entre la inteligencia de su país y los partidos mexicanos. Pocos han sido capaces de comprender la coherencia de un discurso liberal que surge de una crítica implacable a la revolución y, sobre todo, de un análisis a la manera de Tocqueville que muestra con claridad y contundencia cómo el antiguo régimen, la revolución de 1913, ha dado lugar a uno de los sistemas antidemocrático más ineficaces y crueles del siglo XX. La revolución, según se desprende del pensamiento de Vasconcelos, no sólo no ha permitido el desarrollo de los individuos como ciudadanos, sino que incluso les ha hecho sentir vergüenza de su verdadero ser, especialmente de su origen y pasado hispano. El mexicano, cuyas señas de identidad "nacional", o sea, lengua, costumbres, idiosincrasia, en fin, sus rasgos decisivos están a la vista de todos, han sido sin embargo negados. El mexicano es, según el discurso revolucionario vigente por todas partes en el México del siglo XXI, cualquier cosa, por ejemplo, tolteca, azteca, otomí, etcétera, menos occidental. He ahí el primer fracaso de Vasconcelos, o mejor, la primera aportación de Vasconcelos al pensamiento contemporáneo que es despreciada por la mayoría de la élite intelectual y política mexicana y, por supuesto, desconocida por el común de los mexicanos.
El totalitarismo revolucionario mexicano es de tal ferocidad que pone en cuestión qué es un mexicano. La barbarie revolucionaria quiso crear un hombre partiendo de cero como los animales. En vez de reconocer lo obvio, el mestizaje de nuestra raza y nuestra cultura, la revolución prefirió romper con todo lo que le daba vida; la revolución no sólo se apropiaba del que tenía una casa, sino que después de saquearla también la quemaba. Destrucción sobre destrucción. La barbarie revolucionaria no opta entre el indígena o el mestizo, entre el gachupín o el criollo, sino que niega a todos por su pasado hispano. La revolución busca en un pasado prehispánico algo inexistente: la identidad del mexicano. Todo es crueldad ideológica para ocultar lo evidente: una lengua, una tradición y una civilización imposible de entender sin Occidente y, por supuesto, sin el catolicismo.
Quizá esa sea la gran aportación de Vasconcelos que menos eco ha tenido, por no decir que ha sido un absoluto fracaso, entre las elites intelectuales y políticas mexicanas. Su propia obra memorialista, construcción literaria y filosófica sin parangón en el resto de Hispanoamérica, es la manifestación más destacada de ese fracaso, porque apenas nadie ha leído esa obra destacando ese hilo subterráneo que recorre todo el pensamiento de Vasconcelos desde Ulises Criollo hasta La Flama, pasando por La tormenta, El desastre y El proconsulado. La novela más grande de la América española, compuesta por esos cinco títulos, no ha sido leída con mirada limpia por las elites intelectuales mexicanas. Éstas han despreciado lo más evidente, sí, todo aquello que contienen sus libros de verdadera literatura, de novela, capaz de mostrar la tragedia real de una sociedad a través de la ficción literaria. Vasconcelos es el primero y, quizá también el último, novelista del siglo XX mexicano que nos ha hecho sentir, tocar y razonar que la literatura es un saber clave para construir bienes en común, racionalidad pública. Vasconcelos ha conseguido algo casi inédito en las sociedades donde la barbarie y la decadencia, la impunidad y el crimen, imperan sobre la justicia y la civilización: crear una grandiosa obra literaria llena de filosofía. A Vasconcelos es menester aplicarle sus propias palabras: "El novelista moderno tiene la misión de recoger las voces dispersas de la indignación pública, encarnándolas en personajes cuyo discurso tendrá más fuerza mientras más cerca se halle el personaje imaginario de la verdad que expresó el personaje real de la historia.
La novela también a menudo sirve para advertir al público y prevenirlo contra la historia oficial que pagan los malvados creyendo que es posible conquistar por el engaño, el futuro."
Vasconcelos es, reitero, el primer gran novelista mexicano del siglo XX, porque ha logrado dignificar el sacrificio real de México. La tragedia, el crimen, que se queda reducido a mera barbarie cuando no es relatado con arte, es cochambre. Barbarie y crueldad gratuita. Por fortuna, Vasconcelos ha conseguido contar como nadie en México la crueldad revolucionaria. Ha prestado el mayor servicio que un escritor puede hacerle a su patria: mostrar que la mezquindad de la vida política ha impedido crear una gran literatura, una gran novela de México. Por eso, precisamente, digo que la novela de Vasconcelos sea la primera y, por desgracia, quizá la última gran novela de México. Porque él no se resignó, como quizá hoy vivan resignados la inmensa mayoría de los escritores mexicanos, a que la justicia viva aplastada, hizo sitio para el arte literario y filosófico.