La Operación Margen Protector ha llegado al vigésimo día. Ayer Hamás rechazó otro alto el fuego que Israel, no obstante, decidió mantener. Siguen llegando las fotografías y los vídeos de las víctimas civiles. Abundan las imágenes de mujeres y niños, los edificios derruidos, las ambulancias; el dolor, en suma. He visto imágenes así muchas veces. Esas madres cuyas cabezas se cubren y que lloran desgarradas. Esos hijos desesperados. Esas miradas perdidas. ¿Quién no se conmovería por ese sufrimiento sin límite? Si uno sigue los tuits o las entradas en Facebook que adjuntan vídeos o fotos, esa conmoción se hace incesante. Sé que algunos materiales son falsos. Se han filtrado imágenes de víctimas sirias como si fuesen palestinas de Gaza o se han rescatado algunas de la Segunda Intifada (mal llamada así, pero esa es otra historia). Ha habido “fakes” de moribundos en camilla que reaparecían al cabo de segundos sanos y salvos. Todo eso es cierto, pero el sufrimiento de los gazatíes también lo es. No se necesitan mentiras para enseñar al mundo a través de los medios de comunicación y las redes sociales el dolor de las víctimas civiles.
Alguien me preguntaba mi opinión sobre el “asesinato de 700 personas en Gaza” y sobre que “la ONU acuse a Israel de crímenes de guerra”. La pregunta tiene su contexto –la militancia en una causa que se cree justa, la conmoción por esas imágenes que llegan…- y quizás quien la formulaba mezclaba el interés con cierta provocación tuitera a la que no suelo entrar. Sospecho que el tipo de comunicación que crea Twitter no sirve para todo; bueno, en momentos de desolación o tristeza exagero y pienso que no sirve para nada.
Volvamos a la pregunta.
Escribiré otro día sobre la ONU, las acusaciones y los crímenes de guerra. Ahora bien,¿qué se supone que debe uno “opinar” sobre el “asesinato de 700 personas en Gaza”? Vaya por delante que no entraré en el juego de las palabras como el término “asesinato”. Supongo que ese es el margen de la militancia y el activismo. Hay otras trampas como el tono de pregunta o la referencia genérica a “personas”, como si una madre que sostiene a su hijo en brazos y un tipo de Hamás que dispara escondido desde una guardería fuesen iguales. Esos jueguecitos con el lenguaje son fáciles pero así no vamos a ninguna parte. Si no devolvemos a las palabras su significado, será imposible entenderse. En España, este es un riesgo que corremos en muchos aspectos de nuestro debate público.
Y yo quiero que nos entendamos. Y quiero la paz. Y como yo la quieren millones de israelíes, de judíos y de seres humanos que por todo el planeta nos conmovemos con esas imágenes que llegan de Gaza, que nos desgarran y que nos duelen. No me justificaré con esto. Tampoco me disculparé por pensar que Hamás es el primer responsable y, en muchos aspectos, el único responsable del estado en que se encuentra el conflicto de Oriente Medio y del sufrimiento de israelíes y palestinos.
Si alguien cree que a mí -o a tantos que piensan como yo- nos falta la humanidad para estremecernos y llorar al ver esos niños, esas madres, esos ancianos, esos edificios destruidos, supongo que nada de lo que yo diga tendrá demasiado interés; al menos, no para entendernos.
Ahora bien, no solo me conmueven esas imágenes de Gaza. Me horrorizan las de Siria y sus crucifixiones de cristianos, las calles de Alepo arrasadas por las bombas de los rebeldes y los cañones de Assad. Miles de sirios –musulmanes, cristianos- han muerto en una guerra alimentada por reyes de monarquías petroleras y ayatollahs que han decidido hacer de Siria el tablero regional de sus disputas. Por desgracia, escucho bastante menos las opiniones de los artistas y los escritores, los cineastas y los “intelectuales” sobre este sufrimiento de una guerra que ya dura años. Ese silencio me confunde y me indigna. No me sorprende que algunos dediquen su creatividad y su talento a otras cosas. Me entristece que sean tan pocos los que reaccionan ante este dolor.
Me desgarra las entrañas la destrucción que viene sufriendo Irak desde hace décadas. Algunos creen que el régimen de Saddam Hussein era bueno. Seguramente no son chiíes ni kurdos. Lo que había antes de 2003 era terrible, y lo que vino después ha sido espantoso. Podemos discutir “qué era peor” –no sé si eso nos llevaría muy lejos- pero los padecimientos de los iraquíes entonces y ahora, sin duda, nos abren la carne. En estos días, las comunidades cristianas que han quedado en el territorio controlado por el Estado Islámico de Irán sufren una destrucción de la que, tristemente, apenas hablan o escriben cantantes, poetas o actores comprometidos, cuyas voces podrían alzarse para denunciar el sufrimiento de esas madres cristianas, de esos niños cristianos cuyos hogares son arrasados por yihadistas que mancillan el nombre del Islam al pronunciarlo. Lógicamente, no todos pueden escribir sobre esto ni sobre todo el calvario del Oriente Medio. Sin embargo, me entristece que apenas una voz aislada rompa ese silencio. No digo que escriban, canten o tuiteen todos. Lamento que solo lo haga alguno.
Tampoco escucho canciones ni veo conciertos que denuncien la persecución de los homosexuales en Irán. Por desgracia, los ahorcamientos de gays en la tierra que una vez alumbró a Ferdousi no han despertado mucho interés entre los escritores y músicos españoles. Sí, hay algunas voces brillantes y solitarias, pero su escaso número no deja de sorprender. No he visto muchas exposiciones fotográficas sobre los opositores perseguidos, ni sobre los iraníes exiliados ni sobre las víctimas de los aliados de Teherán en Irak, Siria y El Líbano.
Gaza, Israel, Siria, Irak, Irán y tantos otros lugares de esta región prodigiosa y dolorida me golpean profundamente. La región en la que nacieron las tres religiones del Libro se desangra hoy en conflictos que aparecen y desaparecen del discurso público al ritmo de una actualidad despiadada. Me duele el sufrimiento de todos los inocentes y el silencio que se cierne sobre muchos de ellos.
Por eso escribo.