www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

De Pujol y el nacionalismo

domingo 03 de agosto de 2014, 17:28h
Actualizado el: 03 de agosto de 2014, 19:19h

La repetición de una idea a través de diferentes expresiones es la base de un genuino pensamiento. Es menester ensayar la reiteración para saber, en verdad, si estamos o no en el camino de la verdad. Así las cosas, disfruto con aquellos pensadores que repiten sus textos, o los reescriben, a propósito de una cuestión nueva suscitada por el devenir histórico. Me gustan, por ejemplo, las columnas que Anson vuelve a publicar por su actualidad. Me encantan, ya digo, los pensadores que reiteran sus ideas, porque demuestran que son pensadores. La voluntad de originalidad, pues, reside en hacer actual lo escrito ayer. El resto es vanguardismo impostado. De acuerdo con ese criterio de repetición creativa, me traslado a un texto mío de hace casi diez años para comprobar su actualidad.

      Hay algunos argumentos históricos, especialmente el referido al particularismo catalán —en realidad, habría que hablar de enfermedad— que aún tienen vigencia política. El análisis de Ortega en este punto es insuperable: la enfermedad catalana, su eterna frustración como pueblo, tiene que ser conllevada con paciencia democrática por el resto de los españoles. Por fortuna, todavía hay españoles dispuestos a conllevar, a soportar, en fin, a convivir, como quería Ortega, con alegría sobre «la gleba dolorosa que suele ser la vida» de esos españoles frustrados que son los catalanes. Releo lo que dicen Ortega y Azaña sobre Cataluña  y no puedo dejar de sustraerme a un sentimiento de fracaso. Los catalanes, los nacionalistas catalanes, empiezan a ser una pesadilla para la gente normal. Ellos mismos no parecen soportarse. Incluso uno de los firmantes del manifiesto de los intelectuales contra el nacionalismo ha dicho, como si de un demente se tratara, que la culpa del nacionalismo catalán es del capitalismo de derechas. ¡Cuánta infamia nos quedará todavía por oír! A pesar de todo, cualquiera que sepa un poco de historia de España sabe que no hay más remedio, como decía Ortega, que conllevar, soportar, la cosa de los soberanistas catalanes. Su ridículo victimismo, su patético localismo y su particularismo paleto siguen siendo sus señas de identidad, su frustrado destino como pueblo. ¡Son dignos de lástima! Me refiero, naturalmente, a los catalanes que odian a España.

      Ni la Segunda República, ni la Guerra Civil, ni 40 años de régimen franquista ni más de 35 años de democracia han sido suficientes para que la mayoría de los políticos catalanes, y los ciudadanos que les votan, logren superar su patética enfermedad: «ser sin España». Imposible. Cataluña no es nada sin España. Las oligarquías políticas de Cataluña, sin embargo, ocultan esta verdad. Más aún, han conseguido elevar esta mentira a categoría. El autoengaño de que es posible una Cataluña sin España es la táctica perversa de esta clase política para perpetuarse en el poder. La reivindicación permanente de una vacía utopía, una Cataluña al margen de España, se ha transformado ya en una batalla permanente para asaltar todo lo que ha dado vida a los nacionalistas y a la izquierda socialista: España.

      Este macabro proceso de desnacionalización de España tiene varios responsables principales: en primer lugar, los nacionalistas; en segundo lugar, los partidos nacionales, que han jugado a gobernar intentando satisfacer el monstruo nacionalista. El PSC en Cataluña y el PSOE en España serían ejemplos de cómo terminar con la idea de una España de ciudadanos libres e iguales por ceder ante las peticiones de los nacionalistas. En otro tiempo fue el PP quien, sin duda alguna, cedió ante el pedigüeño Pujol. Ninguna fuerza política en este proceso de desnacionalización, que es tanto como decir de eliminación de la democracia de España, está libre de culpas.

                Los partidos nacionales se han encogido porque cayeron en la trampa nacionalista: creían que podían satisfacer las demandas del nacionalismo separatista cediendo competencias del Estado a las comunidades autónomas. Hay, sin embargo, actores en esta mala historia a los que nunca se perdonará el haber recurrido a lo peor del nacionalismo catalán: el odio a España; en realidad, el odio a Cataluña, pues ésta no es nada sin la patria común, sin la nación española. Para los nacionalistas, la Constitución de 1978 y los Estatutos de Autonomía no sólo no han servido para «vivir de otra manera dentro del Estado español», sino que son utilizados para conseguir la separación de España sin coste alguno. El espíritu de reconciliación entre las pretensiones autonomistas de Cataluña y la democracia española, que representó en la Transición el gran Tarradellas, hombre que «no destruiría —según escribió Josep Pla— nada de lo hecho por Franco que fuera positivo para el país y la estabilidad general», fue muy pronto arrinconado por una política victimista, y de desprecio y acoso a todo lo que fuera español. Pujol muy pronto impuso su «ley», que no era otra, dicho con palabras del comunista Anguita, que «sembrar el odio con palabras suaves».

                Pujol es, seguramente, el político más representativo que ha logrado poner las bases de la destrucción del espíritu de reconciliación que Tarradellas y algunos otros construyeron para alojar la singularidad catalana en la democracia española. De Tarradellas a Maragall, todo ha sido decadencia. Odio y más odio contra España. Pujol destruyó el espíritu de Tarradellas, primer presidente de la Generalidad en la nueva etapa democrática, y Maragall quiso rematarlo con un nuevo estatuto para asesinarla Constitución.

                Sí, fue una creencia falsa pensar que Pujol era un hombre moderado -creencia alimentada al abandonar éste la vida pública-. No, fue un hombre de odio. Sus palabras suaves sembraron odio allá por donde pisó. Comparado con el violento y bárbaro nacionalista vasco, según he dicho en otras ocasiones, su figura crece. Pujol fue un buen? político, pero incapacitado para la poesía, para comprender el alma de Cataluña. Pujol se retiró de la vida pública ocultándonos su idea de España y, por lo tanto, de Cataluña. Incapaz de ver el todo en las partes y la parte en el todo, Pujol negó siempre el alma de Cataluña, o sea de España toda. Convertida el alma poética de Cataluña en un vulgar «argumentarlo» victimista, todo era posible: transformar el sagrado bilingüismo en una dictadura monolingüe y provinciana -aunque fuera al coste de manipular el Tribunal Constitucional-, producir una «cultura» geométrica al margen del corazón de la vida ciudadana, confundir el rico seny catalán-modélico siempre para el resto de los españoles- con una vulgar y formal «mesura» de pequeño comerciante...

La Cataluña hispánica, europea y mediterránea, la Cataluña universal, desapareció porque la «política» de Pujol quebró la poética catalana hasta reducirla a un sucedáneo para intercambiar favores y prebendas. Hizo del gran poeta Maragall, del inventor de la Cataluña contemporánea, su enemigo, pues nunca fue capaz de admitir su ideario: el latido común de toda España. Jamás consiguió pronunciar de corazón, o sea en catalán, el ideario poético de Maragall: «Late un algo común en estas lenguas: es España: toda España. Pero hay unos labios diferentes: somos los catalanes, los castellanos, los lusitanos, con los gallegos. ¿Creéis poder cambiar nuestros labios? Tendríais que arrancárnoslos. ¿Querremos ahogar dentro de ellos el verbo fundamental común? Quedaríamos mudos, porque quedaríamos sin alma».

La llegada de Maragall al poder de la Generalidad, lejos de enderezar algunos entuertos de Pujol los agrandó, hasta el punto de que España apenas es ya para esta gente algo más que una zona de libre comercio. Por supuesto, Cataluña sin España, sin la nación española, quedaría reducida a una comunidad «agrupada» por un mercado globalizado y a una noción de «pueblo» más propia de una agencia turística que de un partido democrático del siglo XXI. Pero Maragall y Montilla (y quizá hoy Pedro Sánchez), insisten, imitando a Pujol, en repetirnos las monsergas victimistas del peor nacionalismo: Cataluña está marginada por el Estado español.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios