ENTRE ADOQUINES
Hotel Ritz, exquisita solera al compás de los tiempos
miércoles 13 de agosto de 2014, 19:06h
Actualizado el: 13/08/2014 19:13h
Hay lugares con tanta personalidad, que, con el paso del tiempo, en vez de decadencia, desprenden una dulce y balsámica solera. Envejecer, aunque no se refiera a una persona, siempre se me ha antojado un arte tan bello como complicado. Por eso, cuando tengo la fortuna de entrar en un edificio o jardín a los que el transcurso de las décadas ha logrado embellecer aún más, me siento reconfortada. Confieso, por otra parte, que pertenezco a esa categoría de escritores que como mejor hallan las palabras es mezclándose entre la gente, acegado el momento de la despedida, de decir adiós a esa historia que escribí rodeada de extraños en bares, cafeterías y hoteles.
Es precisamente en un hotel madrileño, el mítico Ritz – en la actualidad Ritz by Belmond – donde con más claridad me susurran al oído las caprichosas musas. De momento y, aunque por desgracia no pueda prodigarme todo lo que quisiera, siempre que me siento a una de las mesas repartidas por su jardín – antaño un terreno perteneciente a El Retiro , con una copa de vino blanco y el enorme cuenco de plata rebosando patatas fritas, los diálogos entre mis personajes brotan sin darme cuenta. También, si es el caso, lo hacen las diferentes escenas. Cualquier escena: de acción, muerte, amor, arrepentimiento, perdón, venganza o rendición. Todas mis novelas tienen más de un capítulo escrito allí e, incluso, en una de ellas el emblemático hotel madrileño hace las veces de escenario. El edificio inaugurado por Alfonso XIII en 1910 es de esos lugares a los que al principio me refería: ha llegado a nuestros días sin perder un ápice de su personalidad. Ganando, por el contrario, una genuina belleza que nada tiene de decadencia.
Es cierto que, de algún modo, invita a imaginar esos tiempos en los que en la capital, más que hoteles existían fondas. La época en la que alojarse costaba la enorme fortuna de 20 pesetas de entonces o aquellos días de la Primera Guerra Mundial, durante la cual el Ritz fue refugio de exiliados europeos y hasta centro de operaciones de espías tan famosos como la mítica Mata Hari. También durante la Segunda Guerra Mundial, el Ritz sirvió de refugio de adinerados, espías o artistas de diferentes nacionalidades. Aunque fue durante nuestra Guerra Civil cuando el estilizado edificio del número 5 de la Plaza de la Lealtad tuviera un uso bien distinto al habitual, utilizandose como hospital de sangre en el que algunos empleados del hotel colaboraban. Son muchas, muchísimas, las historias que han escuchado sus enteladas paredes, los zapatos que han pisado sus alfombras tejidas en la Real Fábrica de Tapices o las manos que han asido los cubiertos de plata de Goldsmiths y, sin embargo, lo especial del Ritz es que ha sabido marchar con armonía y coherencia al compás de los años. Para poder albergar a los huéspedes de ahora, que en nada se parecen a los de antes. Ni siquiera a los de hace una década.
Porque lo que nunca cambia en un hotel como el Ritz es la máxima de satisfacer al cliente, aunque se trate de uno ocasional que solo se acerca a escribir una tarde. Un escritor que juega con la fantasía de encontrarse en un lugar donde la sensación predominante es la de que podría estar sentado en cualquier ciudad del mundo. A pesar de que su casa esté a pocos minutos.
Discreto, el centenario hotel de blanca fachada dista mucho del lujo por el lujo. Lo que hace es volcarse en un pulcro saber estar. Sereno, elegante, sin artificios, consigue manejar el difícil equilibrio de seguir siendo lo que fue en un mundo que en nada se parece al de entonces. Un mundo que quiere quitarse la corbata en verano para cenar en un restaurante, que en ocasiones prefiere sustituir el té por unas buenas tapas o cambiar el champán por una copa recién combinada en su coctelería creativa. Una sociedad que vive la gran parte del año, salvo estos efímeros días de verano, a una velocidad antes impensable. Pero lo peor que le puede ocurrir a cualquiera, incluidos los hoteles, es quedarse anclado en el pasado, por muy importante que este fuera. El Ritz lo ha sabido casi siempre, pero, ahora, con sus propuestas para este verano de 2014, demuestra, además, que no tiene miedo al cambio. Que igual que un día representó aaquel presente, ahora está en forma para liderarlo.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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