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TRIBUNA

Sin vacaciones. Pujol y el "securata"

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 15 de agosto de 2014, 19:38h

“No puede ser…”. Las palabras, llegadas por vía telefónica, taladran el cerebro del cronista. Ha cinco años, al comienzo de la crisis que continúa achicando los horizontes de mínima ilusión de las gentes desfavorecidas por la fortuna y la inacción o, quizá más exactamente, la impotencia de las elites gobernantes -en muchos casos comprensible dada la magnitud de los envites actuales-, el mismo interlocutor pronunciaba idéntica o muy parecida frase, en dicha ocasión, empero, en presencia del articulista; y en ambas con impactante dignidad, sin queja escatológica, lamentaciones localistas frente a los ediles de turno, ni menos aún crítica universal sobre la política y sus principales agentes o representantes. El buen servidor de una modesta y eficaz agencia de seguridad de una ciudad densamente provinciana, pese a su deslumbrador ayer y elevada cifra de su vecindario, expresaba con tan lacónico lenguaje su reacción cara a un panorama desolador en el que resulta impensable que personas de su condición –abnegado y de todo punto ejemplar padre de familia (uno de sus miembros jóvenes es un envidiable y perezoso escritor del lenguaje)- y empleo puedan disfrutar siquiera de un corto periodo vacacional en el, de ordinario, urente verano andaluz. La sofrosine en que, según se recordará, encarnaban los estoicos de la antigua Grecia –tan diferente,hèlas, de la contemporánea…- los valores supremos de la contención y el dominio –ataraxia- de sí mismos, no tendrá probablemente en la España hodierna protagonista más relevante que el viejo conocido del cronista. Presente incierto y tenebroso, pese a discursos y promesas preelectorales; futuro esperanzador y bien cimentados si hombres –y también mujeres del mismo temple, y seguramente en mayor cantidad aún…- como este modesto trabajador  prosiguen adelante en el camino de la vida fiados más en su esfuerzo y talante que en las circunstancias externas que materializarán o no los augurios optimistas de gobernantes y políticos.

Precisamente uno de éstos -y de los de raza acreditada- acaparaba titulares y páginas iniciales de periódicos y cadenas televisivas en los días en que tuvo lugar la breve conversación que dio vado a las presentes líneas. Su autor no tiene empacho alguno –es su ejercicio de penitencia- en confesar que, desde su feliz estancia en la Ciudad Condal en días de vino y rosas intelectuales, experimentó una viva simpatía por uno de los grandes líderes del conservadurismo catalán ahormado, décadas atrás, por F. Cambó y otras personalidades de elevada estatura moral y pública de la Lliga Regionalista. En épocas ya de escepticismos y descreencias ha de seguir la impertinente confidencia y decir que casi todo lo esperaba, en el actual estadio de la existencia de nuestro viejo y venerable pueblo, menos que el President Pujol fuese un vulgar malandrín, afanoso hasta el desvarío por amasar fortuna a través de corruptelas e infracciones de leyes y principios. El desfondamiento del cronista  proviene quizá más  que de tamaña conducta, de la desilusión producida por la caída de una figura tan respetada por él a causa justamente de encarnar con plenitud el arquetipo del político. Éste es, como resulta harto sabido, a radiceincompatible con  cualquier imantación por la riqueza y, más aún, con toda tábida inclinación. El Poder se ambiciona o se quiere por el político de auténtico pedigrí para modelar sociedades e instituciones. La auténtica, la genuina  hybris del mando está al servicio siempre de mover voluntades y alcanzar objetivos de gloria colectiva e, incluso no pocas veces, exaltación teratológica del ego personal. Nunca estará por ello supeditada al logro de dividendos crematísticos o cuantiosos fondos financieros. Bismarck, Churchill o Mitterrand  estuvieron obnubilados por dirigir sus pueblos a posiciones de prosperidad y dominio envidiables; pero jamás subordinaron su talento y vocación a la ampliación de sus cuentas corrientes. De ahí, que el proceder del mago de la política catalana del último tercio de siglo y actor descollante de los anales de la reciente historia de España será pronto una anécdota, y el comportamiento del humilde empleado cordobés atesore e implique la mejor semilla para un porvenir venturoso de la patria española. 

 

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