La intervención aérea estadounidense contra el Estado Islamico en Irak ha brindado al Gobierno iraquí algunas victorias tácticas y la ruptura del cerco de Sinjar, donde se habían refugiado miles de yazidíes. Sin embargo, el control efectivo de un territorio no lo da la aviación sino el despliegue de la infantería. Es en los combates sobre el terreno donde el Estado Islámico se ha venido midiendo con el ejército iraquí, el contingente iraní y los peshmerga kurdos.
La región autónoma del Kurdistán iraquí es lo más lejos que han podido llegar los kurdos en su reivindicación de un Estado propio. La región encarna la vieja reclamación reconocida en el Tratado de Sevres –autonomía local para las áreas predominantemente kurdas- y frustrada en el de Lausana por la pujanza de Atatürk y la debilidad del liderazgo kurdo. A diferencia de los kurdos de Siria, Turquía e Irán, los de Irak lograron un elevado grado de autonomía –que comprende, por ejemplo, el derecho de abrir representaciones en el extranjero- y mantuvieron una fuerza armada –los peshmergas- capaz de mantener el control en la región mientras el resto de Irak se desangraba en las luchas entre suníes y chiíes. El sufrimiento padecido durante el régimen de Saddam Hussein –que masacró a los kurdos con toda una ofensiva contra ellos entre 1986 y 1989 que incluyó gaseamientos como el de Halabja en 1988- parecía haber llegado a su fin. Con apoyo estadounidense, el Gobierno de la región autónoma está embarcado en un ambicioso programa que comprende reformas económicas, fomento de la creación de empresas, desarrollo universitario, mejora de las comunicaciones, la asistencia sanitaria, los transportes, la educación, etc. Los kurdos tienen, pues, mucho por lo que luchar y en ellos confía Washington para detener la ofensiva del Estado Islámico, que hasta ahora los ha derrotado. Es cierto que –a diferencia del ejército iraquí- los kurdos no se retiraron de inmediato, sino que trataron de hacer frente a los hombres de Abu Bakr al-Baghdadi hasta que los yihadistas los desbordaron y los peshmerga se quedaron sin municiones. Superados en armamento, los kurdos se han ido retirando pero sin abandonar la lucha.
Sin embargo, la irrupción del Estado Islámico ha cambiado muchas cosas.
En primer lugar, Abu Bakr al-Baghdadi y sus yihadistas han demostrado la debilidad del ejército iraquí posterior a la retirada estadounidense. Es imposible un proyecto de Estado nacional fuerte cuando uno es incapaz de mantener el control del territorio. No se trata solo de disponer de armamento y preparación adecuados, sino de la superación de las divisiones sectarias en pro de una defensa común. En Irak, una de las características del Estado moderno –la existencia de un ejército permanente- cedió a favor de un modelo de milicias y grupos armados que rompieron el monopolio de la fuerza que debe tener un Estado. Seguramente recordarán al clérigo Moqtada el Sadr y el ejército del Mahdi o a las distintas facciones suníes que convirtieron la ocupación de Irak (2003-2011) en una pesadilla.
Por otra parte, Irán y su aliado Hizbolá se han involucrado en la lucha y pueden convertirse en compañeros de viaje de los Estados Unidos en su ayuda a los kurdos. Teherán ha mantenido cierto escepticismo con los movimientos independentistas y autonomistas en su propio territorio. El caso de Baluchistán es un ejemplo de ello. Sin embargo, los kurdos han gozado de las simpatías de los iraníes–son un pueblo que hunde sus raíces en Irán y su lengua pertenece a la rama iraní de las lenguas indoeuropeas- y reciben ayuda estadounidense. Si Washington y Teherán pueden colaborar en este campo, la política de acercamiento a Irán que Obama viene propiciando recibiría un nuevo impulso. Por lo pronto, se han puesto de acuerdo para apoyar a Haidar el Abadi como primer ministro. Los líderes suníes también han hecho votos por el nuevo primer ministro en la confianza de que reequilibrará la tendencia prochií de Al Maliki y de eso dependerá la adhesión de los suníes.
Turquía también tiene una importante minoría kurda en su territorio y las atrocidades del Estado Islámico podrían forzar a Edogan –recién reelegido- a distanciarse de los rebeldes sirios, que han ido perdiendo impulso frente a los yihadistas y sus cuantiosos recursos procedentes del Golfo. Si Ankara tiene que resituarse en Siria, El Asad ganaría una importante batalla política ahora que sus tropas luchan para expulsar a los rebeldes de los alrededores de Damasco.
Así, hay mucho interés en que los kurdos derroten al Estado Islámico y se conviertan en la infantería que libre unos combates en tierra a los que nadie quiere enviar soldados. Sin embargo, la baza kurda puede servir para liberar las zonas de la región autónoma ocupada por el Estado Islámico pero no para el resto. Allí tendrán que luchar otros. Uno de los desafíos de Haidar el Abadi será precisamente liderar la lucha contra los yihadistas. Goza del apoyo de Washington y Teherán. Ojalá sea suficiente.