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LA NEGRITUD ENCIENDE A ESTADOS UNIDOS

miércoles 20 de agosto de 2014, 13:26h
En los últimos sesenta años, Estados Unidos ha superado legalmente el racismo que zarandeó...

En los últimos sesenta años, Estados Unidos ha superado legalmente el racismo que zarandeó a la nación durante dos siglos. No reconocer los avances conseguidos sería perder el sentido de la objetividad y la realidad. Los dos jóvenes tiroteados y muertos por la policía en los últimos días constituyen una excepción pero se ha incendiado la vida norteamericana, justo cuando un político de raza negra se sienta en la Casa Blanca.

En 1978, hace cerca de 50 años, escribí unas líneas que reproduzco a continuación porque demuestran la transformación de la sociedad estadounidense durante el último medio siglo.

“El más agrio problema que tiene planteado la sociedad norteamericana – decía yo en 1978- más aún que la rebeldía juvenil, es la crisis negra. La convivencia nacional ha saltado en pedazos y el poder negro se manifiesta tan incontenible como difícil y arriscada la integración auténtica de la comunidad endrina en los tejidos de la sociedad estadounidense. En los últimos años se han hecho esfuerzos considerables en orden a establecer leyes iguales para todos. Pero si la ley resulta importante, más todavía lo es el espíritu con que hay que ponerla en práctica. Y eso es lo que falta por crear en Norteamérica: un clima colectivo penetrado, como en Brasil, de la igualdad entre las razas sin otras diferencias que las que establezca el talento o el trabajo. La verdad es que el norteamericano medio sigue considerando útil al negro solo para trabajos serviles o para el deporte. Y, naturalmente, para el ejército. Esto último, cuando se ve sobre el campo de batalla, es algo que subleva al investigador más frío.

A ti, negro, se te desprecia en todos los órdenes de la vida. Pero para eso sí sirves, negro. Para luchar y sangrar y morir en la guerra de Corea o Vietnam. Para montar guardia en la noche infinita y sentir, enroscado al corazón, el miedo del vietcong al acecho. Para ser centinela de Occidente. Para avanzar por la manigua, con los espinos en la carne, o con el agua palúdica a medio cuerpo, para eso sí, para eso sí sirves, negro. No sirves para beber de la misma fuente que el blanco en Estados Unidos, ni para comer a la misma mesa, ni para rezar en la misma iglesia. Pero, ¡ay!, negro de ojos de fiera mansa, ¡ay!, negro de la tierra y del viento y del alma, para dejar tu pisada oscura en la selva, para regar de sangre y amargura el arrozal dolorido y el dolorido corazón de la madre lejana, par eso sí sirves, negro, negro, para eso sí sirves. En las ciudades de tu patria americana, en las junglas de cemento de los Estados Unidos, no puedes viajar en el autobús público en el mismo sitio que el blanco, ni compartir con él los juegos infantiles, ni poner tus codos al lado del compañero rubio para estudiar juntos en el aula universitaria y sumar al suyo tu pensamiento sideral. No puedes, negro agredido, negro insultado, escarnecido negro, náufrago de patrias, no puedes poner el nervio de tus manos sobre la piel de seda de la mujer blanca, ni sentir contra tu cuerpo el mármol caliente del suyo. No puedes, negro, negro, no puedes. Pero sí puedes vestir el uniforme del ejército americano y ser centinela de guerras y tragedias, para que una noche de luna dulce el vietcong se arrastre hasta ti con el fusil al brazo o el machete en los dientes apretados y te deje tendido para siempre, sobre la tierra extraña, con un puñado de rosas rojas en el vientre y los ojos helados de vidrio, abiertos contra el cielo. Para morir por los Estados Unidos de América, sí sirves, negro, sí sirves. Lo que no sirves es para vivir en los Estados Unidos de América.

Blancos racistas del alma de barro, rubios nórdicos, emperadores del dinero, especuladores de pueblos, tribus blancas de Norteamérica, ¡qué larga penitencia vais a pagar por vuestros pecados de raza! De los negros que mueren en la guerra del Vietnam no habéis hecho ni patriotas, ni héroes, sino mártires sacrificados a la religión oscura del racismo. ¡Cómo se van a derramar sobre vosotros y sobre vuestros hijos estas sangres dispersas del martirio! Algún día podréis decir con Rabindranath Tagore: “Al hacerte daño, me acerqué más a ti; al pelear contigo, para que me vencieras, acabé, por fin, acatándote como dueño; al robarte en secreto, solo conseguí que mi robo fuera una carga; al luchar orgulloso contra tu corriente, solo sentí tu poderío en mi pecho; al apagar rebelde, la luz de mi casa, me sorprendiste con las estrellas de tu cielo.”

Y a ti, soldado negro, centinela negro, yo te pido que no me mires con esos ojos heridos de odio, pues estuve a tu lado, soldado oscuro, carne para morir en la agria contienda de los pueblos indochinos. Y te vi desangrado, despedazado, con las vísceras esparcidas por la hierba joven, en la guerra del Congo, en tu África madre bantú, tierra primera, cosmos engendrador, donde perdiste un día el saludo del rocío. Llevo, negro, tu dolor en el alma. Eres “el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura”, pero en verdad, en verdad te digo que florecerán de nuevo las espigas en tus campos oscuros. En Brasil te he visto confraternizar ya con tu hermano blanco, por Ipanema, por Leblón, por Copacabana y Leme, por Bandeirantes y Barra de Tijuca, allí donde las playas se estiran para dormir con el mar entre sábanas de espuma. Sé que eres el ritmo, que eres la cultura del movimiento y de la danza. Tus bailes ancestrales en la selva africana hacen daño en los ojos y en el alma”.

Hasta aquí lo que escribí hace casi 50 años. Mucho se ha avanzado desde entonces. Pero los sucesos de los últimos días demuestran que todavía queman las brasas de la hoguera racista y que es necesario apagar definitivamente tanto fuego y tanta incomprensión.