www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

"Manos arriba. No dispare"

miércoles 20 de agosto de 2014, 21:12h

"Manos arriba. No dispare" se ha convertido en el lema de las movilizaciones multitudinarias que han tenido lugar en los últimos días por todo Estados Unidos, en buen parte apoyadas en las redes sociales por el movimiento National Moment of Silence for Victims,  con el fin de recordar a todos los que han sufrido la brutalidad y violencia policial. Nada menos que noventa ciudades de treinta y cinco Estados han celebrado vigilias y un "minuto de silencio nacional" en honor a las víctimas de la violencia policial tras producirse la muerte de un joven afroamericano de 18 años, John Brown, el pasado 9 de agosto, en Ferguson (Missouri), una ciudad de unos 22.000 habitantes donde dos tercios de los residentes son afroamericanos.

A pesar de que en términos demográficos hay mayoría negra en esta localidad, la estructura de poder sigue estando copada hasta la fecha por los blancos. Las cifras hablan por sí solas: el alcalde es blanco, de los seis concejales del Ayuntamiento sólo uno es de color, al tiempo que solo tres de los cincuenta y tres agentes de la Policía de Ferguson son negros. Lo que se debate estos días es si las fuerzas del orden deberían reflejar la diversidad de la comunidad en la que trabajan. Dicho de otro modo: ¿Tienen los departamentos de policía que responder en términos raciales a lo que es la composición de la comunidad a la que sirven? Según David Klinger, profesor de Derecho Penal en la Universidad de Missouri en St. Louis, y ex agente de la policía de Los Ángeles, la mayor diversidad en la policía no garantiza una mejora de las relaciones de la policía con la comunidad. Según las estadísticas de la Oficina de Justicia de Estados Unidos, en 2007 aproximadamente una cuarta parte de los agentes de policía de todo el país pertenecían a minorías étnicas en comparación con la sexta parte que se registró en 1987.

Con los disturbios, gases lacrimógenos, saqueos y movilizaciones, no hay duda de que Estados Unidos revive un episodio de estallido de violencia social provocada por el crimen racial. El nombre de Michael Brown viene a sumarse al de Trayvon Martin y Rodney King, ambos jóvenes de color que fueron disparados por agentes policiales blancos y que por ello fueron la mecha en el pasado reciente que encendió grandes revueltas en Estados Unidos, no sólo por los crueles y brutales actos cometidos por la policía sino porque los agentes lograron, en ambos casos, ser absueltos por un jurado.

En mi opinión, cuando las desigualdades económicas se unen a cuestiones raciales, tenemos preparado el caldo de cultivo para estallidos de esta envergadura. A mi modo de ver, la desigualdad económica y la discriminación racial están en el origen de un conflicto social que sigue presente en la mayor potencia del mundo. Tengamos en cuenta que, según diversas fuentes, la tasa de pobreza en el grupo afroamericano es del 25%, más del doble que la de los blancos, y el sueldo medio es de aproximadamente el 60% del de sus homólogos blancos.

Por no hablar de las cifras que marcan la cantidad de población de raza negra que está en prisión: un 2,5% de los afroamericanos. Asimismo, según el foro Southern Poverty Law Center, que se ocupa de estudiar los grupos de odio en Estados Unidos desde hace treinta años, el número de agrupaciones racistas ha aumentado considerablemente desde hace dos años, de 602 en 2010 a más de 1.200 en la actualidad. Algunas de las causas del fenómeno, localizado sobre todo en el norte y en el sureste de Estados Unidos parece ser que son la hostilidad blanca hacia el propio presidente Obama, los rápidos cambios raciales en términos demográficos, el abismo latente entre ricos y pobres, y el aumento de inmigrantes ilegales.

Va a hacer un año -se hará el 28 de agosto- de la celebración del 50 aniversario de la famosa marcha en Washington por el trabajo y la libertad, en la que el pastor bautista de Georgia, Martin Luther King, desde las escalinatas del Monumento a Lincoln pronunció su inolvidable discurso “I have a dream”, logrando congregar a unas 250.000 personas en el National Mall. Martin Luther King III, hijo del reverendo, pidió el año pasado que se siguiese en la lucha que ya hace medio siglo había comenzado la generación de su padre. Por ello, instó a las decenas de miles de personas reunidas en Washington a “no dar ni un paso atrás” en el reconocimiento de los derechos civiles, recordando que el sueño que Martin Luther King dijo tener hace cincuenta años aún no se había realizado en Estados Unidos. “El color de la piel continúa siendo una licencia para arrestar, detener o incluso asesinar a alguien”, denunció.

La lucha por los derechos civiles se remonta a los primeros abolicionistas cuando gritaron a los esclavistas: I am a man! - Soy un hombre-. Es todavía una tarea pendiente "hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios", como resaltó hace décadas Martin Luther King. No dejemos pasar la oportunidad de salir de las arenas movedizas de la injusticia racial para afincarnos en la roca sólida de la hermandad. Sólo ello puede hacer posible que ese sueño se vea por fin cumplido.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios