De los tres grandes retos que tuvo que afrontar Rajoy, la quiebra económica de España, la recuperación de su prestigio internacional y la cuestión territorial, ha encarrilado dos. Le queda el desafío separatista catalán. Y va a por él, y si lo neutraliza, demostrará talla de gran gobernante en su primera Legislatura. Lo que tiene mucho mérito, porque, según su izquierda y su derecha, lo ha hecho tumbado en el sofá.
La pasividad de Rajoy es una de esas leyendas urbanas que se reproducen boca a boca y que termina por creerse todo el mundo, especialmente los que han olvidado la máxima estratégica de no despreciar al enemigo. Creo que él mismo la ha alimentado, a sabiendas o por carácter, con lo que ha logrado que sus adversarios perdieran un tiempo precioso confiados en la indolencia presumida y en la aparente falta de resolución.
Si recordáramos ahora el coro de los que pidieron con insistencia histérica que Rajoy se acogiera al rescate europeo, veríamos que sucumbir ahí a la impaciencia hubiera sido catastrófico. Sin embargo, no he visto a aquellos barítonos del desastre echarse después ceniza sobre sus cabezas. No sólo eso, es que continúan con el discurso cenizo, pese a todas las evidencias, pues sólo hay que ver lo mal que reaccionan cuando alguien les menta la cifra de la prima de riesgo (se acuerdan, aquella cosa tan rara que fue noticia de portada día tras día durante años).
A la vista de lo sucedido, esa no decisión sobre el rescate fue una enorme decisión, lo que hace pensar en un ejercicio de templanza más que en un gesto dubitativo. A partir de ahí, supongo que cómodamente instalado en la tumbona, Rajoy se metió en un jardín reformista que dejaba muchos flancos abiertos (para quienes aprovecharon el impacto social de la austeridad y para quienes consideraron y consideran que las reformas eran tímidas), pero que en grandes líneas funcionó. Ciego será quien no quiera ver que las cosas están mejor en España en empleo y en crecimiento. Y solo desde la perspectiva más gafe se puede dudar de que mejorará la economía y, con ella, la esperanza para los millones que han estado y aún están muy mal.
La recuperación de la seriedad en la gestión gubernamental, después de una desquiciada época donde desde La Moncloa se contaban nubes, llevó al segundo desafío de Rajoy: volver a contar en el tablero internacional, al menos en el más cercano europeo. Algún editorialista del Financial Times debería hacer una bola de papel con aquellas páginas agresivas y desmoralizadoras contra España y comérselas. Pero no pidamos tanto. Basta con una honrosa rectificación, que tampoco les costará demasiado porque ya tienen otros objetivos europeos para sus dardos, como es la ahora sufridora Francia y la siempre indescifrable Italia. Frágiles las dos mientras tengan gobiernos socialistas, a no ser que, como ha hecho Hollande, haga un viraje radical a su inicial populismo socialdemócrata. Y está por ver lo que haga el italiano Renzi, porque puede temerse lo peor, especialmente desde que se supo que era uno de los referentes de Pedro Sánchez.
Con esa imagen de seriedad, diametralmente opuesta a la frivolidad populista, a Rajoy no le ha debido resultar difícil encontrar un aliado en Alemania. Porque Angela Merkel, de seria es un rato. Y sabe que Alemania no puede con todo, por fuerte que sea, por lo que necesita algún apoyo, para lo que una España responsable le viene como agua de mayo en una Europa turbulente. Y parece que ha quedado bastante claro que Merkel ha buscado tanto a Rajoy, como éste a aquélla. Y si hay que abrazar al Apóstol, pues se le abraza, que hoy por tí y mañana por el euro.
Encauzados pues esos asuntos, y crucemos los dedos para que progresen adecuadamente, a Rajoy le queda por quitarse de encima la mosca cojonera de los separatistas catalanes. En todo caso, hasta los más escépticos pueden ver ahora, aunque no esté terminada la partida, que a Rajoy (que en este caso es decir a España) le han salido mejor que peor las cosas en los últimos meses.
También aquí, el presidente del Gobierno ha tenido que recibir un aluvión de críticas apocalípticas, generalmente desde la derecha, mientras que ha aguantado estoicamente gestos de desafío y de desprecio de los nacionalistas catalanes, que vieron pan comido a Rajoy (y que Dios les conserve la vista). Y como éste no cayó en ninguna provocación, los nerviosos fueron los retadores, porque empezaron por repartirse la piel del oso antes de cazarlo. Y ahí empezó a descubrir Mas que el aparente idilio independentista no era sino la trampa para elefantes de Esquerra para voltear la hegemonía en la política catalana.
Por el momento, los tiempos políticos manejados por Rajoy le han dado ventaja. Con la composición actual de las fuerzas en litigio, cualquier general adversario daría orden de retirada, aunque siempre queda la duda sobre si Mas es solo un iluminado o directamente ha enloquecido, lo que se demostrará en las próximas semanas.
Pero el llamado proceso, la apuesta independentista, ya es un ejercicio frustrado. Si había alguna duda, la despejó Pujol. Si hay más dudas en el futuro, me imagino que las pueden despejar los cómplices de Pujol (¿por qué no el propio Mas?) porque la Hacienda española ha estado bastante miope durante décadas, pero parece ahora haberse sometido a una milagrosa operación y ya ve, de cerca (Andorra) y de lejos (Suiza).
El verdadero escollo que tendrá que superar en el futuro Rajoy es que, aunque todo le ha salido mejor de lo que posiblemente él mismo preveía, tiene que enfrentarse a procesos electorales en los que puede sufrir reveses importantes, en el terreno municipal y autonómico. Porque las sucesivas victorias en lo económico han diezmado las fuerzas y como el electorado no tiene gran memoria, pocos se acuerdan de lo que era España apenas hace dos años y lo que es ahora. Más aún, a casi nadie le importa, pues el cabreo con muchos comportamientos políticos, los errores en varias instituciones y la propia situación económica personal llevan a muchos a despreciar la amenaza de desastre porque ya se sienten en él. Por lo que son capaces de abrazar el suicidio colectivo, como sería un gobierno de toda la dispersa izquierda española en una especie de frente socialdemócrata-leninista-bolivariano-separatista.
Pero esa posibilidad también está por ver. Porque ese tipo adormilado en el sofá es más peligroso que un carro de indios (bueno, diré de afroindios, para que nadie se moleste). Creo que ya empiezan a saberlo sus adversarios. Los suyos se dieron cuenta hace bastante tiempo.
De verdad, no sé a qué genio se le ocurrió la bromita del sofá.