PENSANDO EN VOZ ALTA
El paréntesis vacacional
Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
viernes 29 de agosto de 2014, 20:43h
Actualizado el: 25 de marzo de 2015, 12:00h
Se terminan las vacaciones. Ese paréntesis que nos ha llevado a la playa, a la montaña o al pueblo de nuestros abuelos. A la vuelta no solo nos espera el trabajo y el cole, también esos asuntos importantes que hemos dejado aparcados: la consulta soberanista en Cataluña, la crisis económica,… la reforma en la elección de los alcaldes ‑¿será el cabeza de la lista más votada o estará a merced de los pactos, acuerdos y chanchulletes, como ahora?
Atrás quedará la cena multitudinaria en la que como siempre Nico y Begoña nos reunió al principio del verano; las pescatas, unos días con el cubo lleno y, otros vacío; ese campeonato de mus que Mar y Juan organizaron en su casa; los días de playa, los paseos por el monte, las excursiones o el encuentro con unos y otros. Una breve conversación con Miguel, en donde me cuenta que su hija, recién licenciada como arquitecta ha conseguido trabajo en un estudio, me hace pensar que es un milagro en plena crisis inmobiliaria o un signo de la recuperación económica. Aunque conociendo a los padres lo que ocurre es que la chica vale su peso en oro. Desde luego la cara de satisfacción del padre, alegra la mañana de cualquiera. Son días de leer alguna novela intranscendente, además de terminar el capítulo prometido para un libro, repasar la tesis o atender por correo electrónico a los despistados alumnos. También de hacer fotos y más fotos para tratar de no olvidar estos momentos, esa luz de la ría.
Estos días nos han servido para reencontrarnos con nosotros, también con la familia, con todos los hermanos con motivo del cumpleaños o el santo de una madre o un padre. A veces la reunión se produce para recordar al padre recién fallecido -¡ay, Manolo, ya se te echa de menos!‑ y arropar a su esposa, Luz María. Días en los que nuestros hijos han convivido con sus primos o con los hijos de nuestros amigos. Inicios de romances quinceañeros y de sólidas amistades que duran hasta el invierno.
Cuando miro mi pequeña ciudad, Vilagarcía de Arousa, me doy cuenta lo mucho que ha cambiado y lo que hemos cambiado con ella. El ultramarinos de toda la vida, “los Pepes”, ahora regentado por ellas, que los tiempos han obligado a evolucionar a una tienda “delicatesen” con vinos, conservas y quesos seleccionados a un excelente precio. La perfumería y droguería, e inicialmente también tienda de efectos navales, “los Pérez Salgado” que cierra sus puertas para servir al por mayor y por Internet. La pastelería, el quiosco de prensa que desaparecieron y los nuevos bares que han surgido, o resurgido después de un paréntesis como “El Peñon”. Las “miñocas”, esos gusanos para pescar que en marea baja conseguíamos en las playas y, ahora se compran en una máquina de vending como si fueran una lata de refresco. Son tantos los cambios que no caben en estas líneas.
Por otro lado, la vida sigue igual: las higueras siguen dando higos, el albariño va madurando en las parras, los bateeiros siguen desdoblando las cuerdas de mejillón aguardando que pase la marea roja y, tanto castañas como nueces esperan impacientes el otoño para caer de los árboles.
A veces me pregunto qué es lo importante, lo que nos espera en nuestra rutina de once meses o lo vivido en ese paréntesis vacacional.
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Abogado y Periodista. Profesor de la UCM
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