Aviso a navegantes de Vladimir Putin. Otro más, perdimos la cuenta. Hace unos días, Putin volvía a sacar pecho, esta vez solo metafórico, y recordaba a Occidente, por si alguno andaba flojo de memoria, que es mejor no meterse con Rusia. Porque las fuerzas armadas de su país, “respaldadas por su arsenal nuclear”, se encuentran preparadas para “repeler” – sí, dijo repeler – cualquier agresión, en medio de la tensión existente con Ucrania. Y ya que estaba subido al carro del tono desafiante que tanto le gusta, aprovechó la perorata para comparar el movimiento de Kiev intentando recuperar el este de Ucrania, en manos rebeldes, con la invasión nazi de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. “Quiero recordarles”, insistió, “que Rusia es una de las principales potencias nucleares”. Por si, después de esto, la Unión Europea aún no tenía bastante y seguía empeñada en tocar las narices doradas de los oligarcas rusos repartidos por el mundo, según publicó el diario italiano “La Reppublica”, Putin dedicó otro ratito a mordisquear la oreja de Duräo Barroso, ya más fuera que dentro, diciéndole que su ejército puede conquistar Kiev en solo dos semanas, si se lo propone. Es decir, si al señor Putin se le inflan los vapores.
Eso sí, ahora, lo que se dice ahora, en este preciso momento, Moscú sigue manteniendo que no ha desplegado tropas en apoyo a los rebeldes prorrusos y, por eso, en el Kremlin no ha gustado nada que empiecen a sonar voces que aseguran lo contrario. Sobre todo, porque esas voces ya no hablan otro idioma. No llegan desde la OTAN, tan políticamente correcta ella, que habla de “incursión” y no de “invasión”, alertando de más de mil soldados rusos que combaten al lado de los rebeldes. Tampoco provienen las últimas voces disonantes de los hasta ahora aliados europeos, a quienes “advertía” Putin el pasado fin de semana. Las bocas que han empezado a hablar más alto son las de los familiares de soldados rusos, hartos de que en la madre patria no les den explicaciones acerca del paradero y el estado físico de sus hijos, hermanos, padres, novios o maridos. Porque hoy la guerra ya no es la de Mambrú y, hasta en el frente, se reciben mensajes o se cuelgan fotos en las redes sociales. Se suben videos a internet, se chatea con el móvil, se manda un whatsapp con un simple “Estoy bien y te quiero, un abrazo para todos”. Algo. Ya no pasan años, meses, semanas, ni siquiera días, sin que una familia sepa que “su soldado” sigue vivo. Y si, por desgracia, ya no lo está, la familia merecería saberlo cuanto antes, recibir sus restos, organizar un sepelio, ser reconocida con una medalla, percibir una pensión del Estado.
El grupo de paracaidistas de la división 76 no se pone en contacto con sus familias desde el 15 de agosto, pero a Moscú lo que le molesta es que se empiece a hablar demasiado sobre ello. Que algunos medios se estén haciendo eco dentro y fuera de sus fronteras y que familiares de soldados denuncien la falta de noticias de sus seres queridos. Y es que lo único que conocen esas familias es el último destino oficial de los soldados: unas prácticas en el sur de Rusia junto a la frontera con Ucrania. ¡Cómo para no estar preocupados! A esta división pertenecían, además, los 10 paracaidistas rusos detenidos la semana pasada en Donetsk, cuyos familiares han grabado un vídeo en el que piden a Putin que les “devuelva a sus hijos vivos y sanos”. Hasta ahora, sin contestación de ningún tipo. A pesar de que las madres rusas ya estén dispuestas a lo que, aquí, en Rusia o Madagascar, suelen estar dispuestas las madres: velar por sus hijos, soldados o no. Así, Valentina Melnikova, presidenta de la Unión de Comités de madres de soldados va mucho más lejos que la OTAN y la timorata UE, asegurando que no son 1.000 los soldados rusos que han participado hasta la fecha en Ucrania, sino 15.000. Y el Comité de madres de soldados de la región de Stávropol, sur de Rusia, ha elaborado, incluso, una lista con más de 400 nombres de fallecidos y heridos en el país vecino.
Pero hay más voces que no quieren callar, aunque no tarden en tacharlas de antipatriotas. La de Ela Poliakova, presidenta de otro comité de madres de soldados, en este caso de San Petersburgo, así como miembro del Consejo de Presidencia para los Derechos Humanos, cuenta que los hospitales de Rostov, una de las ciudades más antiguas de Rusia, están repletos de soldados heridos procedentes de Ucrania. Algún medio local se atrevió, además, a emitir reportajes en los que podían verse ambulancias entrando en el hospital de la academia militar, que, por supuesto, no tardó en desmentir la llegada de heridos. Sin embargo, de acuerdo con los testimonios de varios médicos realizados en las redes sociales, más de 50 soldados heridos estaban siendo atendidos solo en la citada ciudad. Otro reportaje, este sobre el entierro, casi en secreto, de dos paracaidistas de la citada división 76, Alexandr Osipov y Leonid Kichatkin, ha hecho que las familias de soldados rusos – sobre todo, madres, pero también hijas, novias y esposas – hayan protestado, exigiendo explicaciones a las autoridades de su país. Por lo menos, información sobre dónde y cómo se encuentran.
Pero los días siguen pasando sin noticias ni explicaciones de ningún tipo. Por eso, el pasado jueves algunas madres y esposas de soldados se reunieron cerca de la base militar del 331º Regimiento de la División Aerotransportada en Kostroma. Una de ellas, Valeria Sokolova, mujer de un soldado del citado regimiento, ha asegurado a AFP que les han prohibido manifestarse. No importa que hayan pasado semanas sin saber nada de los soldados, enviados, en teoría, a participar en esos ejercicios militares en la frontera entre Rusia y Ucrania. Saben, únicamente, que 15 de ellos han regresado. Algunos, heridos y otros, con menos suerte, muertos. Valeria aún mantiene la esperanza: su marido no estaba en ninguno de los dos grupos. Nadie le dice dónde está. No hay declaraciones oficiales. Las únicas que se hacen son de cara al exterior, para negar lo que ya es evidente. Lo que sí han hecho las autoridades rusas ha sido declarar al Comité de madres de soldados de San Petersburgo “agente extranjero”. Es la expresión que, desde 2012, se utiliza para clasificar a las ONG que reciben financiación extranjera o desarrollan actividad “política”. A partir de ahora, este comité de madres tiene la obligación de identificarse con esta “etiqueta” en cualquier comunicación que intente realizar con el Gobierno, lo que equivale a limitar su acceso a datos militares.
El Kremlin confía en lo que tantas veces, por desgracia, ha funcionado en Rusia, en esa mordaza para la que cualquier cosa sirve, incluso, acusar a las madres que preguntan por sus hijos de activistas políticas. Mientras, se hace evidente el aumento de concentraciones de tropas y una considerable mejora de la calidad del armamento que se está enviando a los rebeldes, incluyendo carros de combate de gran potencia de fuego y sofisticados sistemas de artillería, que, según la OTAN, “solo pueden ser manejados por personal militar altamente cualificado”. Es decir, por personal militar ruso.