TRIBUNA
Nazis y comunistas
Francisco Delgado-Iribarren
jueves 04 de septiembre de 2014, 20:32h
El pasado 1 de septiembre se cumplieron 75 años del inicio oficial de la II Guerra Mundial. Unas veces tan lejana y otras tan cercana. Parece que las guerras no quedan definitivamente atrás hasta que han pasado cien años. Dos ejemplos: en España, la guerra civil nunca termina de dejarnos en paz, mientras que las carlistas no nos afectan; en el mundo, la II Guerra Mundial sigue generando polémicas, pero nadie se acalora por la franco-prusiana de 1870. Según esta regla, ahora estaríamos en trance de superar la I Guerra Mundial. La sentencia es de Gervasio Sánchez: “Las guerras sólo se terminan cuando cesan sus consecuencias”.
El pasado domingo Hermann Tertsch publicó un artículo muy interesante en ABC, por cuanto hace hincapié en una clave del conflicto que no se recuerda –y, por tanto, no se conoce- lo suficiente. El artículo se titula “El reparto de los grandes asesinos” y señala sin melindres el Pacto de No Agresión germano-soviético, firmado el 23 de agosto de 1939 por el ministro de Exteriores del III Reich Joachim von Ribbentrop y su par de la Unión Soviética, Viacheslav Molotov (quien con el tiempo legó su nombre a un “cóctel” explosivo e incluso a una banda de música mexicana). Stalin asistió, feliz, a la firma del acuerdo, por el que se repartían grandes territorios: las repúblicas bálticas para los socialistas soviéticos y Polonia a pachas con los nacionalsocialistas. Socialismo es compartir.
Pero no sólo eso. Tertsch mete el dedo en la llaga de la herida purulenta: “Aquel mismo día salió de Moscú la orden del Komintern a todos los partidos comunistas del mundo para que tratasen a la Alemania nacionalsocialista, al odiado nazismo, con la deferencia que merece un camarada”. Como la lealtad es una virtud y estos dos escalofriantes dictadores no la conocían, tarde o temprano tenía que saltar el pacto por los aires, y fue casi dos años más tarde, en junio de 1941, con el ataque de los nazis a los comunistas. En cuanto a Hitler y Stalin, socios genocidas peleados, lo demás es barbarie, con los millones de muertos a las espaldas de cada uno: judíos, polacos, disidentes… Todos cuantos estorbaran en sus planes totalitarios.
Pero mientras que la ideología nazi ha sido prácticamente extirpada de Europa, para fortuna de los europeos, la ideología comunista, errónea como aquella y criminal como aquella, no lo ha sido, para desgracia de los europeos. Es verdad que los partidos de extrema derecha han experimentado un auge en varios países de Europa en los últimos años, pero ni siquiera los exaltados de Amanecer Dorado se autoetiquetan como nazis, aunque la bandera del partido recuerde mucho a la cruz gamada.
En cambio, comunistas hay muchos y orgullosos de serlo. Sus partidos son legales en las democracias europeas y disfrutan de sus grupos parlamentarios, con sus beneficios y prebendas. Su representación es pequeña, pero no irrelevante. Y no han tirado los símbolos totalitarios a la basura: en España la bandera del PCE, partido nuclear de IU, sigue ostentando la hoz y el martillo (sus camaradas franceses cambiaron la hoz y el martillo por la estrella, que también es un símbolo comunista). Aunque en algunos sectores sociales ser comunista está muy mal visto, en otros es moneda de uso corriente. Intelectuales de la talla de Václav Havel sostuvieron valientemente la necesidad de que nazismo y comunismo merezcan la misma reprobación política y moral.
En pleno 2014, en España, sube como la espuma un partido como Podemos. Su líder, Pablo Iglesias, es según encuestas el político mejor valorado del país. Si bien Podemos no se define como comunista, lo que le ha granjeado el desprecio de pensadores como Willy Toledo, su líder Iglesias ha crecido muy vinculado a los comunistas españoles. Ahora Iglesias Turrión hace hincapié en el artículo 128 de la Constitución: “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”. Por la aparición y el crecimiento de Podemos hay que dar las gracias a los Bárcenas, a los Gürtel, a los Chaves y Griñán y Magdalena Álvarez y todos los ERE, a las sanguijuelas de los cursos de formación, a La Familia Pujol… En definitiva, a todos aquellos que han querido, sin conciencia moral, que la riqueza del país estuviera subordinada a su interés particular.