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TRIBUNA

Mentecatos en la Justicia

sábado 06 de septiembre de 2014, 19:25h

Lo que aquí comento se refiere a un episodio judicial que me ha tocado vivir. De esa justicia aparentemente minúscula, de calderilla diría, sin ánimo peyorativo alguno sino todo lo más contrario; la que invoca la gente corriente para tratar de hacer prevalecer el que cree ser su legítimo fuero, genuina justicia en sí, creo.

Hace poco más de un año, en pleno mes de julio, un abogado me solicitó colaboración, equivocadamente reconocería más tarde. Se trataba de un encargo difuso cuya esencia consistía en analizar una pericial caligráfica, que obraba en los autos de un procedimiento ordinario ya juzgado, a sabiendas de que no soy perito calígrafo, algo bien obvio. No teniendo nada mejor que hacer en ese momento, acepté prestarla en las condiciones económicas convenidas: se trataba de una prestación de servicios a todos los efectos.

Acudo a su despacho y me entrega el legajo en el que acumula la pericial y todos los autos del mismo. Lo voy leyendo y, con sorpresa, constato que los autos finales disponen la ejecución de una sentencia ya firme, ejecución solicitada por la parte demandante [la que solicitó la pericia con la que trataría “...de demostrar que estos documentos se refiere a unos recibos de pago por arrendamiento fueron firmados por la Sra...” , si bien el objeto de la pericia cambió por providencia del Sr. Juez, ya que habría de “... servir de prueba de los hechos expuestos o traídos a colación por la parte demandada...”]

Llegado a ese punto le dije que “... considero muy conveniente, casi necesario, conocer: 1. Qué iniciativas tienes a tu disposición y cuáles pretendes llevar a cabo; 2. ... ; 3. ... qué es lo que puede aportar, o tú esperas que aporte, mi intervención y mi trabajo.”

Me contesta: “... comoquiera que ese informe pericial no está realizado conforme a los buenos usos y prácticas, es mi intención demandar al perito calígrafo por negligencia profesional.

Tu intervención es lisa y llanamente para decir que su informe es realmente una m…., obviando todo tipo de consideraciones...”

¡Diantres! Un aficionado, ¿qué podrá establecer de una pericia caligráfica que no haya podido hacerlo durante el transcurso del procedimiento el profesional?, me pregunté. Pero acepté el reto de averiguarlo.

Pude evidenciar algo no tenido en cuenta en ningún momento procesal, consideración sustantiva a mi entender, que el perito calígrafo designado reconocido y hasta condecorado profesional, pudiendo establecer la comparativa entre documentos coetáneos lo hizo entre los documentos más heterogéneos, desde un punto de vista cronológico, de los que disponía.

En efecto, según la parte demandada los recibos dubitados fueron escritos en 2004; en 2009, según la demandante. El perito calígrafo, para dar fiel cumplimiento a la providencia del Sr. Juez debió comparar los documentos dubitados, y podía hacerlo, con otros coetáneos, de 2004. Lo hizo con un cuerpo de escritura de referencia escrito al efecto en 2012, tras un lapso durante el que cualquier caligrafía evoluciona incluso de manera notable.

Es decir, en mi opinión, se situó en un terreno franco, de mucha mayor incertidumbre, o lo que es lo mismo, en el que le resultaba menos arriesgado determinar sus conclusiones.

Esto es lo que me llevó a formular la conclusión, con la que cerraba el Informe que entregué al cliente, inspirada en los primeros párrafos de “La Loi”, de Bastiat.

“Una prueba pericial es un recurso excepcional al que la Justicia acude para dilucidar cuestiones que, por su naturaleza o complejidad, no se pueden dilucidar, únicamente, por aplicación de los conocimientos de los encargados de administrar justicia en base a su experiencia acumulada y a su buen criterio.

Son cuestiones que requieren el empleo de destrezas y medios técnicos que solo se hallan al alcance de un número escaso de especialistas, a los que la Justicia, y sus administrados, se confían para establecer certezas acerca de las mismas, y poder así actuar según su más genuino sentido: la consideración de la verdad material de los hechos sometidos a su imperio para que aquella resplandezca.

En tal sentido, y como criterio general, queda fuera de discusión que ni el transcurso de toda “pericial” ni las conclusiones que de ellas deriven, pueden ofrecer ni un resquicio de duda o inconsistencia.

Todas ellas, en su absoluta integridad, han de ofrecer garantía suficiente y absoluta fiabilidad para que la confianza, sobre la que se teje la urdimbre de la administración de Justicia, no se resquebraje.

Porque en caso contrario pudiera suceder que la Justicia se extraviara a resultas de pruebas realizadas de manera incorrecta, lo que sería un hecho de una inusitada gravedad.

Porque al referirnos a la administración de Justicia, lo hacemos a una actividad humana a la que ciertamente no le es ajeno el error, pero en la que por su propia esencia, por lo que supone en el juego de la convivencia y por las repercusiones que conlleva, de suma transcendencia para quienes acuden a ella, repercusiones que van más allá de las meras cantidades reclamadas entre particulares, como es nuestro caso, se ha de actuar con especial cautela, con notorio esmero, con esmerada diligencia...”

El episodio no acaba ahí; “Metí la pata al « contratarte » porque, como te dije, pensé que eras profesor de lengua y literatura”, me dijo el abogado. Un profesional que, con unos cuantos años de despacho, vincula una prueba científica, que se ha de realizar por alguien cualificado, mediante una técnica y unos medios que le son propios, y reconocido como tal en la sede judicial, con el mero hecho de escribir, llegando a sostener que la de físico es una “... titulación muy poco acorde para un perito calígrafo”.

Y digo “vincula” porque en la vista del juicio verbal celebrada, a resultas del procedimiento monitorio que me vi obligado a instar por impago de la factura de mis honorarios, el abogado siguió perseverando en esas tesis tan extravagantes acerca de la naturaleza de una pericia judicial y de su autoría.

No cabe sorpresa, nada escapa al imperio de los mentecatos está claro a quién me refiero, por mucho que nos pese. Así que hemos de andarnos con pies de plomo; como siempre.

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