Escritor todo terreno –sólo no transitó por el ficcional…- era lógico, por coordenadas biográficas y generacionales, que el gran intelectual vallisoletano J. Marías (1914-2005) se ocupase en una parcela de su inabarcable obra de las grandes regiones que conformaron desde sus inicios el ser histórico de España. De entras ellas, ninguna supera en grandeza, creatividad y aportación a la común sustancia hispana que el Principado catalán.
Con el correr del tiempo, en uno de sus libros más difundidos y acaso, también, más entrañados, el autor de España inteligible defendió con ardor la “normalidad” de la historia hispana, frente a las viejas visiones románticas y a las menos ingenuas de los tiempos recientes, pródigos en algunos de sus gurúes mediáticos en sus acusaciones de rupturas y disfunciones a lo largo de su transcurrir. En la opinión de Marías, aquélla se situaba en los parámetros de mayor “lógica” y “normalidad” si se empleaba como elemento dirimente el escalpelo de la razón histórica y no el de la abstracta. Así, en el despegue de la edad contemporánea, pasada la larga página de la crisis del antiguo régimen, la nación, terminada la cruenta primera guerra civil carlista, retomó el camino europeo, con el avance destacado en todos los vectores de la modernización, como expresan la obra valeriana y la misma figura del gran cosmopolita egabrense, dios mayor en la apreciación literaria y en la valoración cultural del mayor y pediseuo discípulo de Ortega y Gasset.
Su identificación llegó a ser tan saliente que, justamente, compartió con D. Juan Valera algunos de sus juicios renitentes sobre Catalunya y su papel en la construcción de la España moderna y contemporánea. Se recordará que ninguno de los dos, verdaderos trotamundos, tuvo un conocimiento directo con la realidad del Principado, sin estancias mínimamente prolongadas en su bella geografía ni incursiones dilatadas y frecuentes en su territorio literario y artístico. (La colaboración de Marías con La Vanguardia no fue, ciertamente, ni asidua ni prolongada). Posición sobreactuada en el caso de éste al repetirse con Ortega la misma situación de Valera. Con ambos coincidía el primero, más cercano, no obstante, con la sensibilidad y talantes catalanes, fruto de un pasado con notas muy peculiares y específicas en varios de sus tramos y manifestaciones.
Consciente del agravamiento de “la cuestión catalana” durante la dictadura y de la urgencia de hallar un camino de solución a tan enconado tema antes del advenimiento de la nueva situación política, atisbada con progresiva nitidez según avanzaba el complicado calendario del tardofranquismo, Marías drenó gran parte de sus energías de dichos años a la meditación y posible esclarecimiento de los extremos más controvertidos del “problema”. Al respecto, sus colaboraciones periodísticas en un diario barcelonés –El Noticiero Universal- en el transcurso del otoño de 1965 lograron una recepción algo más que cortés del lado de cualificados representantes de la cultura del Principado, uno de los cuales, Maurice Serrahima –Realidad de Cataluña (Respuesta a Julián Marías)-, tomó a su cargo la réplica a los siempre formalmente comedidos comentarios a un pasado conocido por el autor de Consideración de Cataluña según los patrones y moldes de la historiografía tradicional castellana, al margen de los renovadores trabajos de Vicens Vives y de su reputada escuela y aun de los mismos –monumental sorpresa- de Jesús Pabón, sólo episódicamente citado al desgaire en otro asunto, no obstante la autoridad científica incontestable del autor de Cambó en la temática catalana y el excelente comportamiento del historiador sevillano en la reparación administrativa del triste lance de la tesis doctoral de Marías.
En la etapa concreta en que viese la luz –inicios de 1966-, el libro significó un muy plausible paso hacia adelante en la arriscada convivencia nacional por su ponderada reivindicación de la singularidad catalana y su exvoto por un futuro en el que la razón y el afecto acallaran las pasiones y pleitos de siglos, en los que resultó imposible edificar un marco de verdadero entendimiento entre la porción más destacada de los territorios de la Corona de Aragón y el resto del país. En pocas de sus innumerables obras, pondría el autor de Consideración de Cataluña más empeño y compromiso en alcanzar las metas señaladas a sus vibrantes, cálidas, páginas, quizá las más generosas y emotivas de una pluma de admirables registros y siempre sólida arquitectura conceptual. El que un castellano nacido a orillas del Pisuerga soltara las riendas de su habitual circunspección para entonar las loanzas más entusiastas a Catalunya fue un fenómeno inusitado, al descubrirse con patencia cegadora cómo el amor desbordado hacia todas sus manifestaciones y gentes constituía un ejercicio de identidad nacional llevado a cabo por un descollante intelectual de raigambre y fe liberales e inflexible e insobornablemente alejado de las esferas del poder. “No cabe mayor error que pensar que España siente a Cataluña como algo menos propio, ajeno, marginal, secundario, prescindible. La siente como irrenunciable. Cuando el español dice “nosotros”, incluye radicalmente a Cataluña. No conviene equivocarse. Por otra parte, el catalán siente veleidades en algunas ocasiones de renunciar a la realidad no catalana porque cree que le es impuesta, y automáticamente reacciona con un mecánico desvío; pero si hiciera él “experimento mental” de despojarse de la íntegra condición española, se sentiría desnudo y en un intolerable exilio: el exilio de sí mismo (…) Se quiere que sean “menos catalanes” para que sean “más españoles”; yo quisiera por el contrario, que fueran tan catalanes, tan profunda y plenamente catalanes que resultara evidente su radical condición española”. (Obras. Madrid, 1970, VIII, pp. 397 y 399)