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NOVELA

Ana María Matute: Demonios familiares

domingo 28 de septiembre de 2014, 14:10h
Actualizado el: 29/09/2014 02:12h
Ana María Matute: Demonios familiares

Destino. Barcelona, 2014. 184 páginas. 20 €. Libro electrónico: 12,99 €


La novela póstuma de Ana María Matute nos ofrece, a modo de depurado testamento, un fascinante relato donde nos reencontramos con el universo de la escritora barcelonesa.

Por Carmen R. Santos

Solo la muerte consiguió que Ana María Matute dejara definitivamente de escribir. Al fallecer el pasado 25 de junio la escritora barcelonesa tenía entre manos su última novela, Demonios familiares, que acaba de publicarse y presentarse en Madrid en un acto en el que intervinieron Víctor García de la Concha, Almudena Grandes, María Paz Ortuño, los editores de Destino, Emili Rosales y Silvia Sesé, y el hijo de la autora, Juan Pablo Goicoechea, y que sirvió de homenaje a una voz imprescindible de la literatura española del siglo XX. Una voz que, próxima a los noventa años y cercada por un inclemente deterioro físico -había sufrido varias caídas y padecía de vértigos-, mantenía una envidiable lucidez: “De la cabeza, estoy como siempre. Fatal”, bromeaba. En el epílogo que se incluye en el libro, su amiga, colaboradora y especialista en su obra, María Paz Ortuño, nos descubre cómo fue el proceso de creación de Demonios familiares, en el que la escritora “se dejó la piel, sin flaquear, sin hacer concesiones, sin mirar para otro lado […] Habíamos establecido una rutina: ella escribía, leía lo escrito y corregía. Después yo se lo pasaba al ordenador: ella seguía escribiendo en una máquina eléctrica”.

Las guardas del volumen, en las que se reproducen algunas páginas del original y sus correcciones, son una pequeña pero significativa muestra de ese proceso en el que Ana María Matute se volcó, como siempre había hecho desde que publicara su primera novela, Los Abel, en 1948. Desde esa fecha hasta su fallecimiento desarrolló una exigente trayectoria en el cuento y la novela surcada por títulos como Fiesta al Noroeste, Pequeño teatro, Los hijos muertos, Primera memoria y Los soldados lloran de noche, que le valió su entrada en la Real Academia Española y prestigiosos galardones como los premios Nadal, de la Crítica, Nacional de Narrativa, Fastenrath, Nacional de las Letras Españolas y Cervantes, entre otros. Y, sobre todo, fue un camino presidido por una indomeñable vocación literaria, que no se dio por vencida ni en muy difíciles etapas como cuando una fuerte depresión la sumió en un larguísimo silencio, del que afortunadamente resurgió con las prodigiosas novelas Olvidado Rey Gudú, Aranmanoth y Paraíso inhabitado.

No menos prodigiosa es Demonios familiares, un auténtico regalo de la escritora antes de su lamentable desaparición. Es cierto que su novela póstuma está inacabada -la Parca se lo impidió-, pero eso resulta una cuestión menor que, en todo caso, afecta a que la trama queda abierta. Porque Demonios familiares no es en absoluto un mero boceto, sino una sólida narración con personajes redondos y delimitados en toda su complejidad, que nos sumerge, a modo de depurado testamento, en el universo y la cosmovisión de Ana María Matute. De ahí que, con razón, certifique Pere Gimferrer en el prólogo: “Cuando una obra, en la forma en que se nos manifiesta y llega a nosotros, posee plenitud, la noción de inacabamiento carece de sentido”.

Demonios familiares nos lleva, al igual que otras novelas de Ana María Matute, a un periodo aciago de la historia española como es la Guerra Civil. No aparece aquí en primera línea, pero sí constituye el elocuente trasfondo de las vidas que se nos van desvelando. La mayor parte de la novela, situada en una ciudad de provincias, se narra en primera persona por su protagonista, Eva, una joven que cumplirá pronto los dieciocho años, y que ha vuelto a su casa, después de pasar un tiempo en un convento como novicia. Eva, junto con las monjas, debe abandonarlo a causa de la quema realizada por milicianos. Su regreso al hogar le supondrá el reencuentro con su padre, a quien se denomina el Coronel, y el descubrimiento de secretos, de demonios encerrados que pujan, sin embargo, por salir a la luz. El Coronel, persona fría y distante, que ahora se encuentra atado a una silla de ruedas, no proporcionó precisamente a Eva una infancia feliz, una vez que su madre murió en el parto: “Veía ahora a una niña más atemorizada que triste, siempre temiendo un vago castigo -que nunca llegó pero siempre amenazó-. Una caricia que tampoco. Una niña que a veces, tras los cristales, veía jugar a otros niños sin haber jugado ella nunca”. Por eso, Eva se refugiaba en el desván, “un espacio encantado”, nos dirá, que en esta vuelta a su casa desempeñará un papel esencial, al igual que el bosque, convirtiéndose ambos en lugares simbólicos tan habituales en el mundo de Matute.

Y, junto al Coronel, tan tiránico como, en el fondo, desvalido, y Eva, que vive un proceso de aprendizaje en su camino hacia la edad adulta y el reconocimiento de sí misma, la autora catalana construye otros personajes muy sugerentes, como Jovita, la amiga de Eva que debe tomar una decisión vital, Magdalena, la fiel sirvienta que conoce los secretos familiares, y, especialmente, Yago, asistente del Coronel en la guerra de Marruecos, y que ahora, en el declive del otrora poderoso militar, ejerce de ayudante y hombre de confianza: “El impávido Yago, que no comentaba nada, pero lo veía todo”, apunta Eva. El Coronel lo trata poco menos que como a un criado, pero hay entre ellos lazos indisolubles que atañen también a Eva. Yago, de nombre siniestro -recuérdese que así se llama el servidor y confidente del shakesperiano Otelo-, se revelará finalmente como una figura de enorme interés donde los sentimientos se impondrán a la ideología en un momento de cainita y destructiva locura que aquejó igualmente, en palabras de Unamuno, a “los hunos y los hotros”.

Habitantes de una casa donde “todo se guarda en secreto hasta que se pudre, y ya nada tiene remedio”, conforman una seductora historia en la que queda patente la reflexión que Ana María Matute volcó en su discurso de recogida del Premio Cervantes: “En la literatura, como en la vida, se entra con dolor y lágrimas”. Pese a ello, no obstante, el amor y el perdón luchan por abrirse paso entre los viejos rencores, la culpa y la incomunicación. Con gran sabiduría, Ana María Matute nos ha legado toda una imborrable lección de literatura y de vida.

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