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EN TRES TIEMPOS

Vivir detrás del Muro de Berlín

Alejandro San Francisco
martes 30 de septiembre de 2014, 20:06h
El siglo XX tuvo muchas pruebas terribles para Europa. Vivir en un campo de concentración o de exterminio, en la anarquía que sucedió a las guerras, pasar largas jornadas en medio de un frente de batalla en las trincheras o recibir uno de los tantos bombardeos que acompañaron a cada conflicto.

Ciertamente, también fue un drama soportar las décadas de régimen totalitario bajo el nazismo o el comunismo. Quizá por eso Alemania Oriental lo sintió más que nadie, considerando que sufrió sucesivamente ambos regímenes, y que durante la Guerra Fría tenía la posibilidad inmediata de comparar su propia situación con la de su homónima Occidental. No había diferencias de raza, territorio o lengua que explicaran los avances de una y la miseria de la otra, sino un par de señales muy claras en el ámbito institucional. Por un lado, la República Federal optaba por la democracia, mientras la "República Democrática" -así se autodenominaba- vivía en un régimen comunista de partido único, sin disidencias y con Estado policial. En lo económico Alemania Occidental desarrollaba una economía social de mercado, mientras el socialismo económico era el modelo de Alemania Oriental.

Sin embargo, el tema más dramático al Este del Muro de Berlín era la vida gris y opresiva que procuraba el totalitarismo, la falta de libertad cotidiana, la persecución sin sentido contra el pueblo, la obsesión maniática del poder por controlar cada detalle de la vida de sus sospechosos ciudadanos. Hay varias expresiones que ilustran esta situación. La primera es el Estado policial, marcado por la presencia omnipotente de la Stasi, la policía secreta con más funcionarios en el mundo en proporción a la población. La segunda se refiere a una consecuencia evidente de lo anterior, cual es el control de la vida privada, desde los afectos y amores hasta los estudios y el trabajo, por no mencionar la evidente ausencia de las libertades políticas. El tercer aspecto es el Muro de Berlín, levantado en 1961 para evitar la fuga de los ciudadanos de Alemania Oriental y que se mantuvo como testigo siempre presente de un mundo construido contra natura. Finalmente, podemos mencionar la decadencia de la cultura, el control de la literatura y el arte, la censura establecida como sistema, las limitaciones a la libertad de creación que distinguen a esas actividades.

Parte de esta vida aparece narrada de una manera emotiva y bien investigada por Anna Funder en Stasiland. Historias tras el Muro de Berlín (Barcelona, Tempus, 2009). En ella aparecen hombres y mujeres comunes y corrientes de la antigua RDA que intentaron escapar por el Muro o por un túnel, que procuraron unir a sus familias y terminaron aplastados por el sistema, que soñaron con una vida libre a unos pocos metros de sus residencias, pero que siempre encontraban, literalmente, un muro infranqueable que les impedía emprender nuevos caminos. Ahí están Miriam, Julia o Frau Paul, entre muchos otros anónimos hijos de los difíciles tiempos de la Guerra Fría.

En la misma línea se encuentra una película que vale la pena volver a ver: La vida de los otros, una producción notable y reconocida incluso con un Premio Óscar, dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck. La obra se sitúa en los últimos años del Muro de Berlín y cuenta la vida cotidiana de una pareja conformada por la actriz Christa-Maria Sieland y el dramaturgo George Dreyman, en la llamada Operación Lazlo. No hay una gran trama política detrás del espionaje, sino que nace de la lascivia y el abuso de un Ministro que se enamora de la artista y no es correspondido. Comienzan las amenazas, los ofrecimientos de favores, los micrófonos en el domicilio de los perseguidos, la prohibición de actuar y un largo etcétera. Toda la operación cumplida celosamente, al menos al comienzo, por el funcionario de la Stasi Gerd Wiesler, aunque la situación cambiará a medida que se desarrolla la trama.

Hay algo que tienen en común ambas obras, la literaria y la del séptimo arte, cual es el lugar preponderante desempeñado por la policía política. El título escogido por Funder no es azaroso: Alemania Oriental se convirtió realmente en la tierra de la Stasi. Así, llegó a considerarse como "el Estado-espía más perfecto de todos los tiempos", con 97 mil trabajadores disponibles para vigilar a una población de unos 17 millones de habitantes, además de unos 173 mil confidentes que se distribuían a lo largo y ancho de la sociedad.

Si algo distinguió al totalitarismo en el siglo XX fue precisamente la capacidad de destruir la esfera de vida privada, para que todo estuviera dentro del control estatal. En la RDA esto se vivió desde el comienzo hasta la caída del Muro con una vitalidad sorprendente, una autoafirmación a prueba de dubitativos, en cuanto los líderes del régimen Ulbritcht y Honecker estaban convencidos de que nada podría entorpecer "el progreso del socialismo". Ni la cruda realidad, ni los esfuerzos por la libertad, ni los "errores" en que caían algunas personas motivadas por la propaganda imperialista o por alguna deformación personal.

La historia, sabemos, tomó una dirección distinta en 1989, cuando cayó el Muro destinado a vivir varias décadas más a juicio de los jerarcas de Alemania Oriental, que gobernaban un régimen carcomido por dentro, incapaz de subsistir sin la violencia y, por lo mismo, destinado a desaparecer al primer error y apenas soplaran algunos aires de libertad.
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