TRIBUNA
Dos rostros de las letras
sábado 11 de octubre de 2014, 19:34h
Actualizado el: 10/12/2014 19:40h
He visitado la exposición El rostro de las letras, en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid. La muestra recoge fotografías y documentación que van desde el Romanticismo hasta la Generación de 1914. Esta exposición, acompañada de un video y un catálogo tan bien concebido como la propia muestra, retrata a la inmensa mayoría de los escritores españoles del XIX y primera mitad del siglo XX. Franzen, Marín, Alfonso, Miguel Cortés, Campaña, Gumbau, Portillo, Santos Yubero, Káulak, Couben, Muller y otros muchos nombres de fotógrafos, incluidas las fotografías anónimas, han conseguido captar el rostro de nuestros grandes escritores. Es una imagen color sepia de nuestra literatura. He sentido nostalgia, mucha nostalgia, de una época que, a veces, exhala belleza por todas partes. Belleza, sí, más no exenta de inquietud y vértigo, porque lo nuevo muy pronto se hizo viejo y ajado.
Entre el ensimismamiento y la alteración por lo que pudo haber sido y no fue esa grandiosa época de nuestra cultura, esta exposición invita al diálogo melancólico con los retratados. Esos artistas y artesanos de la fotografía nos invitan a hablar, a tomar notas y, sobre todo, a preguntarles por todo lo divino y lo humano acerca de nuestra nación, España. Los vemos y no podemos dejar de recordar sus obras y, a veces, nos invitan a asistir o, sencillamente, a rememorar las conversaciones que mantuvieron en su época para que nos iluminen la nuestra.
Me fijo en las fotos de Ortega, uno de los más y mejor retratados en esta exposición, y no puedo dejar de reparar en las relaciones de nuestro filósofo con todos los grandes de nuestra literatura; por ejemplo, imaginen, hoy, un diálogo entre Pío Baroja y Ortega; no es nada difícil hacerlos dialogar, porque vivieron en permanente relación, desde que Ortega, en su juventud, escribiera algunas de las páginas más gloriosas que se han escrito sobre Baroja. Se conocían muy bien. Se querían. Se respetaban y, sobre todo, se leían el uno al otro con verdadera veneración Compartieron más de una aventura intelectual de carácter colectivo; por ejemplo, en esta muestra aparecen juntos, en una foto de 1915, al lado de Azorín y Pérez de Ayala, detrás de ellos y de pie está el resto de colaboradores de la revista España.
Me estimulan, pues, estas fotos para proseguir literaria y filosóficamente los diálogos y discusiones que mantuvieron estos personajes decisivos de nuestra cultura; entre todas esas charlas por construir para aquí y ahora, hay una que no puedo dejar de mencionar, y de la que más pronto que tarde les daré aquí razón, se refiere al comentario que hizo Pío Baroja, en su Memorias, sobre la acción política de Ortega y más concretamente sobre su repercusión en la vida política española de los años treinta. He aquí la cita de Baroja que da para más de un ensayo: “En grande y en pequeño, pasa esto con muchas cosas; por ejemplo, con la influencia nefasta y disolvente de la generación del 98.
¡Qué idea más cómica el pensar que una persona, por haber leído Paz en la guerra, de Unamuno; La voluntad, de Azorín; Flor de santidad, de Valle-Inclán, o haber visto representar La noche del sábado, de Benavente, vaya a salir a la calle a andar a tiros! Es una idea de portera.
Lo único que pienso que ha influido últimamente en la política principalmente por su forma literaria, ha sido la obra de Ortega y Gasset en la ideología del fascismo español”. (Las cursivas son mías).
Tiempo habrá de volver sobre este asunto, un capítulo clave de la cultura española de la República y la era de Franco, pero, ahora, si me obligaran a poner algún reparo a la presencia de Ortega en esta exposición, diría que hay muchas fotos del filósofo en favor de la Segunda República y muy pocas, mejor dicho, ninguna sobre sus críticas al régimen republicano. Falta, o al menos yo no he visto, la famosa foto de Ortega, en el cine Opera, del 6 de diciembre de 1931, dirigiéndose a una sala abarrotada de ciudadanos españoles dispuestos a seguir al maestro hasta el final. Falta, sí, ese retrato coral y, por tanto, se nos hurta el recuerdo de uno de los discursos políticos y filosóficos más importantes de nuestra época. Falta, sí, la foto de una obra inolvidable que lleva por título: Rectificación de la república. Es quizá la obra de mayor actualidad de Ortega, porque también hoy, mucho más que ayer, estamos necesitados de un “partido nacional de amplitud” que lleve a cabo la principal idea de la filosofía política de Ortega, a saber, España es inviable sin la nacionalización del Estado.