Hace sólo una semana el Ejecutivo tenía perdido el control sobre la crisis.
El pasado viernes, 10 de octubre, el gris cubría Madrid y la lluvia caía con violencia sobre el Carlos III. A las puertas y en los alrededores, protestas de trabajadores sanitarios y mucha prensa y en el ambiente, impotencia. "Me dicen que no hay gran esperanza", declaraba horas antes José Ramón Moreno, hermano de Teresa, entonces en estado crítico.
A mediodía, Moncloa convocaba la habitual rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros y en la mesa no iba a estar la cuestionada Ana Mato, decisión que encendió aún más los ánimos tras días de ausencias, silencios, contradicciones o ataques a la profesionalidad de la auxiliar. La gestión política y comunicativa de la crisis del ébola tocaba fondo; en cuestión de minutos las cosas iban a cambiar.
En principio lo hicieron sin grandes alardes, al estilo Mariano Rajoy, que atravesó en blindado los abucheos para visitar junto a Ignacio González el hospital que acoge a la contagiada para más tarde intervenir a distancia prudente de los periodistas y sin aceptar preguntas. En paralelo, su 'número dos', hecho este sí relevante, anunciaba que se hacía cargo de un comité especial para reconducir el desaguisado; implícitamente, que Mato quedaba degradada.
Soraya Sáenz de Santamaría empezaba a dirigir la distribución de los medios disponibles, la cooperación entre instituciones y con otros países y la política informativa, que desde ese momento comenzaría a aproximarse a la de potencias análogas en situaciones semejantes y en línea con las exigencias de expertos en el campo.
Fernando Simón, director del Centro de Alertas y Emergencias del Ministerio de Sanidad, o Fernando Rodríguez Artalejo, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, han dado cuenta puntualmente del estado de las cosas con precisión y devuelto al Gobierno la iniciativa en el discurso y credibilidad en la materia. Lo mismo ha sucedido en las redes sociales, con cuentas específicas que actualizan ante cada nuevo hecho de interés público.
Los especialistas salvan a los políticos
En el camino del pasado viernes hasta la fecha actual, los acontecimientos han hecho olvidar la oscura jornada en la que no parecía haber nada que hacer ni por Teresa ni con los máximos responsables de decidir y relatar convenientemente. Sin que sea consuelo ni deseado, Estados Unidos ha relativizado la supuesta gran dificultad de contagio fuera de África y aliviado la presión internacional sobre España. Además, y principalmente, Teresa ya tiene escasa carga viral y está mejorando de los daños derivados.
Este jueves, Mato protagonizó un nuevo desatino, menos sonado al tener lugar en Bruselas, donde propuso a sus homólogos obligar a todos los viajeros de vuelos procedentes de países afectados por el ébola a facilitar sus datos personales y planes de viaje a las autoridades. La Unión se desmarcó y ni tomó en consideración tales palabras. 24 horas antes, en el Congreso, sus compañeros de bancada la dejaban sola mientras respondía a la oposición pese a conocer todos ellos la carga simbólica de una imagen, pronto se sabrá, quizá también premonitoria.
El precio de superar la crisis ha sido precisamente apartar a una ministra que el Gobierno ha reconocido incapaz para estas lides, aunque mantiene el puesto, y poner en primera línea a profundos conocedores del asunto que ocupa, la mayor parte de ellos de perfil lejano a la política y sus vicios. Teresa Romero ha sido la triste víctima que ha destapado insuficiencias que al menos no encontrarán, no en tal grado, hipotéticos nuevos casos y dado lugar a una línea de actuación apoyada en especialistas y en transparencia, conceptos tan abandonados como fundamentales.