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NOVELA

José Saramago: Alabardas

domingo 26 de octubre de 2014, 12:55h
José Saramago: Alabardas

Trad. de Pilar del Río. Alfaguara. Madrid, 2014. 153 páginas. 17 €. Se publica la novela inacabada en la que el Premio Nobel portugués trabajaba cuando le sorprendió la muerte. Una reflexión sobre el negocio armamentístico, con ilustraciones de Günther Grass.


Por Carmen R. Santos

En 2006, la enfermedad se apoderó de José Saramago. Pero no consiguió que abandonase su dedicación a la literatura. En ese momento, el escritor portugués contaba con una obra que le valió numerosos galardones y le alzó hasta el Premio Nobel en 1998, entre cuyos hitos cabe señalar Memorial del convento, Historia del cerco de Lisboa, El Evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, La caverna, El hombre duplicado -en 2013 el director canadiense Denis Villeneuve la llevó al cine bajo el título de Enemy-, y Ensayo sobre la lucidez.

Sin embargo, pensaba que todavía le quedaba mucho por decir y se preguntaba si tendría tiempo o si la muerte, que no tiene piedad ni atiende a suplicas ni razones, se lo impediría. Tras publicar en 2008 El viaje del elefante, y en 2009 Caín, este mismo año escribe Saramago: “Es posible, quién sabe, que quizá pueda escribir otro libro. Una antigua preocupación (por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas) ha dado paso a una idea complementaria que, precisamente, permitirá el tratamiento novelado del asunto”.

La Parca le reclamó el 18 de junio de 2010, cuando se encontraba elaborando ese libro que daría cuenta de esa antigua preocupación que señala, muy en consonancia con las inquietudes y las denuncias que Saramago ha ido desgranando a lo largo de su producción. Se trata de la novela Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, que, finalmente, tendría ese título -inspirado en la tragicomedia Exortaçao da Guerra, de Gil Vicente-, tras desechar otros como Belona S. A., nombre de la fábrica de armas de la que es empleado su personaje principal. Los tres capítulos de la novela que Saramago logró terminar aparecen ahora en un volumen -bellamente ilustrado por otro Premio Nobel de Literatura y también dibujante, Günter Grass-, donde se incluyen asimismo “Notas de trabajo” sobre la novela de Saramago, y sendos textos del poeta y ensayista español Fernando Gómez Aguilera, especialista en el escritor portugués, y del famoso autor de Gomorra, Roberto Saviano, no solo gran admirador de Saramago sino tan desasosegado como éste por la violencia y la corrupción que no cesan en el mundo.

El protagonista de Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas es Artur Paz Semedo, que trabaja desde hace casi dos décadas en el servicio de facturación de armamento ligero y municiones de una histórica fábrica de armas, que se llama como la diosa romana de la guerra, Belona. Paz Semedo –repárese en la ironía de su apellido- tiene un sueño: “Ser nombrado responsable de facturación de una de las secciones de armas pesadas en vez de las menudencias de municiones para material ligero que han sido, hasta ahora, su casi exclusiva área de trabajo”. Y tiene una mujer que le ha abandonado porque, al ser una decidida y combativa pacifista, no puede soportar la ocupación de su marido. La esposa de Paz Semedo ya dio muestras de que su pacifismo no era únicamente de boquilla, sino coherente, al cambiarse el nombre de Berta, con el que fue bautizada, por el de Felícia, “por no tener que cargar toda la vida con la alusión directa al cañón ferroviario alemán que se hizo célebre en la primera guerra mundial por bombardear parís desde una distancia de ciento veinte kilómetros”. (Recordemos que, como suele ser habitual, Saramago no emplea mayúsculas en los nombres propios). Artur Paz Semedo pretende realizar una investigación en los archivos de la empresa para analizar el sistema contable de los años treinta del pasado siglo, época de guerras, en la que la fábrica debió de ganar mucho dinero.

La novela está inconclusa pero Saramago, en las notas de trabajo que se insertan -donde nos asomamos como privilegiados testigos al “taller” del escritor- explica el derrotero que seguiría: “La dificultad mayor reside en construir una historia ‘humana’ que encaje. Una idea sería hacer que felícia regrese a casa cuando se dé cuenta de que el marido comienza a dejarse llevar por la curiosidad y cierta inquietud de espíritu. Volverá a irse cuando la administración ‘compre’ al marido poniéndolo al frente de la contabilidad de un departamento que se ocupa de las armas pesadas”. Y un final que tiene muy claro: “El libro terminará con un sonoro ‘Vete a la mierda’ proferido por ella. Un remate ejemplar”.

Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas es un alegato contra la guerra y la industria armamentística, negocio que se nutre de los peores instintos del ser humano. Saramago arrastrado por el impulso ético que marca su obra vuelve a plantearnos aquí dilemas morales y tomas de conciencia, apelando a la responsabilidad personal. “Concibió la novela como un ejercicio de acción intelectual, un método para programar escenarios verbales de pensamiento y, por consiguiente, un vehículo para reflexionar. Sus fabulaciones pensaban y hacían pensar, hasta postularse, metafóricamente, como una suerte de ensayos con personajes”, apunta Gómez Aguilera. Sin duda, de la fidelidad a esta premisa da ejemplo este libro, que nos permite conocer el último empeño de un escritor que fue capaz, como certificó la Academia sueca, “de volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”.

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