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Perjudicial corrupción como la tibieza de Rajoy

lunes 27 de octubre de 2014, 15:35h

No caben ya medias tintas para encarar, con cariz crítico, el proceso de corrupción arraigado en el entorno político del PP. La detención de Francisco Granados en las últimas investigaciones que han culminado también con la de una cincuentena de presuntos delincuentes enraizados en la Administración Pública, exige una declaración de intenciones por parte de Mariano Rajoy desmarcándose de la condescendencia habitual, fruto del acostumbrado dislate arriólico, en que incurre frente a problemáticas radicalizadas que pueden acabar con nuestra democracia. La corrupción es sólo un factor más de la disensión generalizada.

El desafío secesionista es el significativo marchamo de la debilidad en que ahora se sostienen las precarias bases de nuestra convivencia social. El inadmisible reto chapucero de Arturo Mas puede tener consecuencias inexorables y perdurablemente dañinas, desbordado el cauce legal del que se ha hecho reiteradamente caso omiso. El sentir de la incongruencia siempre tendrá ventaja frente a la razón de la legalidad porque el juego sucio no respeta reglas. Rajoy no parece arbitrar sino que parece amañar con la chapuza para contentar a todo el mundo. Mal asunto nuestro futuro inmediato si se gobierna de modo tan irresponsable como tibio y con el desatino triunfalista que ignora la realidad de un pueblo hastiado.

Joaquín Leguina ha expuesto lacónicamente la situación con la que toda la sociedad española arriesga frente a los cantos de sirena del populismo de Iglesias, Monedero y compañía: “aún se desconoce si se trata de una gripe o de un cáncer”; en el caso de que fuera lo segundo se trataría de uno terminal. Podemos no es ciencia ficción como asegura con ligereza rayana en la necedad Dolores Cospedal. Desgraciadamente, es una problemática real por aglutinar la indignación hartamente colectiva, a semejanza de la que facilitó otrora la aparición del nacionalsocialismo o la dictadura del proletariado. Paradigma más cercano en el tiempo es Venezuela víctima del mismo populismo bolivariano que pretenden ahora en España.

Nos hallamos en la confluencia de extremos proclives a la determinación de un futuro oscuro donde todo es posible, por mucho que pensemos que nuestros derroteros democráticos avalan el pacifismo de los consensos pese a sus muchas beligerancias. El espíritu de la Constitución se diluye arrebatado de podredumbre históricamente solapada que ahora aflora irremisiblemente hacia la confrontación de nuestras perplejas incapacidades y con empeños manifiestamente autodestructivos. La impotencia nos puede consumir en la tendencia hacia el suicidio social eligiendo, a modo de auto castigo, los verdugos de nuestras extraviadas esperanzas. Es por ello que el fantasma de la rebeldía independentista por encima de la Ley o la aparición de influencias radicalizadas pretenden dar un giro brusco aprovechando la debilidad de un sistema caduco, imposibilitado de renovación por el inmovilismo insultante de un Partido Popular domeñado ante las adversidades.

Si se confió en Mariano Rajoy fue para remediar, a golpe de contundente voto, los derroteros zapateristas que nos condujeron hacia una debacle institucional y económica sin precedentes en nuestra historia democrática, como sin precedentes también había sido la victoria electoral con sendos crímenes de sangre acaecidos antes de unas elecciones generales. Muy mal empezamos como para terminar bien, pero al menos había que intentarlo convirtiendo a Rajoy en adalid de una expectativa de recuperación que ha resultado ínfima. Los antecedentes de Zapatero fueron nefastos y obtuvieron rastrera continuidad con el asesinato nada casual de Isaías Carrasco. No nos hemos librado de esos presupuestos de la desintegración que algunos pergeñaron con oscurantismo aprovechando la urdimbre de putrefacción generada durante casi cuatro décadas. La permanencia del desarraigo y el quebranto institucional zapaterista han permanecido con un Partido Popular desinteresado en cumplir promesas electoralistas. Mala suerte nos amenaza, ganada a pulso por estos políticos que han destrozado nuestro futuro que aun desconocemos ya si será en paz.

De continuar así, nos precipitamos sin freno hacia una radicalización de los problemas por la tibieza de Rajoy quien no resuelve males mayores que tanta indolencia ha incrementado. La banca puede estar saneada más allá de la putrefacción de las cajas cuyos hedores políticos enrarecen hasta la náusea, pero no hay saneamiento para el estado crítico de una ciudadanía que tiene en sus manos vengarse de sus malos doctores cayendo en las garras de auténticos ejecutores. Si ese es nuestro sino, está claro que Mariano Rajoy debía ser Presidente de Gobierno para terminar de dar la puntilla.

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