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entrevista

María Pastor: “Un actor debe ser un militante de la vida”

martes 20 de mayo de 2008, 21:00h
El adulterio sigue teniendo morbo, atracción, un tema que no se agota nunca, ¿no?
No sólo es la infidelidad de lo que habla Pinter, yo diría que va un poco más allá. Aborda la traición a todos los niveles, incluso el director sugirió que había un sutil traición a los valores de Mayo del 68, de una forma soterrada. Las primeras escenas vemos a personajes un poco más amargados o desencantados, vemos las consecuencias de la traición, en todos los niveles. Traición a uno mismo, a tu pareja, a tu mejor amigo. Se ve en los dos personajes, que al principio trabajaron juntos, tenían proyecto en común, y después están a otras cosas, como desencantados.

La traición se muestra desde el desenlace al origen, con lo que el espectador sabe qué va a pasar desde el principio. ¿Cómo reacciona el público?
Le encanta. Pensaba que quizá perdería intriga al alterar el orden cronológico, pero creo que es un hallazgo porque te hace cuestionarte cosas, y más en una obra con tanta enjundia como ésta, en la que te preguntas por qué ha pasado lo que ha pasado, sino qué es lo que va a pasar.



¿Se consigue así crear lo que algunos críticos llaman el espectador-voyeur?
Te invita a la reflexión, pone los elementos para que el espectador analice, reflexione, sí.
Y a qué conclusiones se llega. ¿Qué el adulterio es una traición que hay que condenar, o algo inevitable, una tendencia casi irrefrenable en el ser humano?
Pinter se mantiene sin pronunciarse de una manera clara. No parece que condene a los personajes, porque los entendemos, pero tampoco todo lo contrario, simplemente lo plasma y cada uno saca sus propias conclusiones.

No hay una moralina expresa.
En absoluto. Además, esta sala es perfecta para la obra. Al ser un espacio tan íntimo, el espectador ve la obra desde arriba, el escenario está a ras de suelo, puedes llegar a leer en la pupila de los actores. El espectador debe sentirse como si estuviéramos diseccionando el alma humana y Pinter en esta obra nos lo pone muy fácil, va como anillo al dedo en esta sala, con esa invitación a la reflexión.
¿Ese es el sello de La Guindalera, una visión analítica del alma humana, más profunda?
Buscamos obras con contenido. Hay mucha gente que nos clasifica como clásicos, pero no estoy de acuerdo. Lo que sí hay algo que nos caracteriza es la sencillez, no hay que confundir lo clásico con lo sencillo.

El director Juan Pastor es quien elige las obras. ¿Sigue algún criterio de selección especial?
En primer lugar que le movilice como artista, que le interese. Después, que se adapte a las posibilidades que tenemos, los medios con los que contamos. Por ejemplo, con “La Gaviota”, no aspiramos a representar todo el montaje con todos los personajes, sino que planteamos una propuesta a nuestra medida e hicimos “En torno a ‘La Gaviota’”, que fue una maravilla, con una investigación en torno a Chéjov que tuvo un gran éxito.


Es arriesgado arrancar una factoría de teatro como La Guindalera, casi sin ayudas, ¿no? ¿Se plantean a veces programar obras netamente comerciales?
Es muy difícil, sobre todo porque no tenemos ninguna ayuda. Pero tratamos muchos palos, muy diferentes, y ofrecemos una gran variedad. Hemos tratado autores contemporáneos americanos, como Paul Rudnick y su “Odio a Hamlet”; Thornton Wilder, Chéjov, Shakespeare, incluso Cervantes… Creo que tocamos todo, y después de hacer todo este esfuerzo, intentamos no estar tan pendiente del público, y tener nuestra propia independencia.

Usted se ha embarcado en varios proyectos en un periodo de tiempo breve. ¿No crea cierta esquizofrenia? “En torno a ‘La Gaviota’”, “Traición”, “El juego de Yalta”, “Münich-Atenas”…
He llegado a hacer como seis o siete en un año, sí.

¿No le satura?
Es que me apasiona. Ha sido un privilegio y además un gran entrenamiento para mí, lo volvería hacer.

¿Algún personaje más querido que otros?
Es difícil responder. No podría elegir entre una Nina de Chéjov (“La Gaviota”), uno de los papeles más grandes de la literatura universal… o Emma, de “Traición”, un personaje de una precisión tremenda… Me resulta muy difícil escoger uno sólo.

Este trabajo se ha visto premiado con la candidatura al II Premio de Teatro Valle Inclán. ¿Cómo lo vivió?
Muy tranquila. Al principio emocionadísima, después de tanto esfuerzo, que alguien te reconozca fue ya todo un premio. Y sabiendo perfectamente que no me lo iban a dar a mí estuve muy relajada y disfruté muchísimo.

¿Qué le pareció que el jurado optase por Angélica Lidell y su teatro “radical”?
Me sorprendió mucho que se lo dieran. Quizá yo no se lo hubiera dado a ella. He leído su obra, pero no he visto su obra escenificada, así que supongo que también se valoró su trabajo como directora/actriz.


¿Es una buena noticia su existencia teniendo en cuenta que los Max parecen languidecer últimamente?
Los Max se han ido desacreditando poco a poco por sí solos, se han ido desvirtuando por sí solos. El Valle-Inclán cuenta con un jurado con académicos, críticos, poetas, y eso es una garantía. En los premios Max tengo entendido que el colegueo y el compadreo priman bastante. Hombre, es cierto que tus compañeros son gente del oficio, pero no creo que sea del todo limpio. Pierde peso que puedan votar los amiguetes entre sí.

¿Qué ambiciones tienes respecto al cine?
Estoy deseosa. Ahora tengo algún posible proyecto, y me muero de ganas. Lo que quiero es trabajar.

Mientras tanto, en La Guindalera tiene una protección, un lugar en el que refugiarse, como proyecto “familiar” que es, ¿no?
A mí me gustaría poder compaginar. Hay gente que cree que por estar aquí metida no tengo ganas de hacer cine, y no es así, tengo muchas ganas. Mi sueño sería un buen papel en alta comedia, aunque lo compro todo (risas).

Juan Pastor, su padre, le ha dirigido en multitud de montajes. ¿Cómo es tener un director que es además padre?
Me encanta trabajar con él. Me he criado viéndole trabajar y me he criado viendo sus ensayos, sus lecturas, todas sus funciones. Siempre le veía viendo gestar sus proyectos, y de pequeña valoraba mucho mi opinión. Luego hasta que decidí ser actriz hubo una distancia “higiénica”, como dice él, porque yo tenía que desarrollarme a pesar de que él fue mi maestro.

Claro, porque al contrario que muchas niñas que sueñan con ser actrices y sus padres no les dejan, en su caso podía ser al revés… ¿Hubo presión?
De pequeña siempre decía que no quería ser actriz. Hasta que de pronto me fui un año a Estados Unidos, y me di cuenta que me estaba negando a mí misma, incluso por rebeldía. Me di cuenta que quería dedicarme a eso, pero tuve que demostrarlo, porque mis padres no querían que me dedicara a la interpretación. Estaban aterrados, hubieran preferido cualquier cosa, pero ahora están contentos. Fue una decisión muy personal.



E ingresó en la escuela de teatro, en la Resad.
Sí, y por casualidad me tocó con él, con Juan Pastor, que era profesor de interpretación. Estuvimos hablando y barajando la posibilidad de cambiarme de turno, pero al final decidimos dejarlo así. Con el tiempo me gané el respeto de mis compañeros, y demostré que podía volar sola.

¿Qué debe aprender un actor para empezar a resultar creíble?
Hay una frase de mi padre que me gusta mucho, y que dice que un actor debe ser un militante de la vida. Eso implica que estés observando cada dos por tres, con los ojos abiertos, y que lo lleves todo a tu arte. Fundamental también es la paciencia. No se trata de fama, ni de gloria, sino de resistir manteniendo la fe. Eso si quieres ser actor de verdad, hay mucha gente que dice que quiere ser actor, pero hay muchos tipos de actores, y no todos son iguales.