TRIBUNA
EEUU, elecciones a mitad de camino
martes 11 de noviembre de 2014, 20:40h
Actualizado el: 11 de noviembre de 2014, 21:36h
Como es conocido, el pasado 4 de noviembre tuvieron lugar en Estados Unidos las llamadas elecciones de medio mandato (“mid term elections”). Más de 225 millones de estadounidenses estaban llamados a elegir la Cámara de Representantes y un tercio del Senado (algo más en realidad, pues habían de cubrirse otros tres escaños vacantes), a 36 gobernadores de Estados, así como a otra pléyade de cargos públicos, desde los miembros de las Cámaras estatales hasta alcaldes, fiscales, jueces y auditores generales…, a lo que hay que sumar la celebración de referéndums en los ámbitos estatal y local sobre las más diversas cuestiones (en España no cabría dicha posibilidad al estar prohibida la convocatoria simultánea de elecciones y referéndums).
Por lo que al nivel político se refiere, ha de recordarse que, en virtud del sistema imperante al otro lado del Atlántico, el pueblo ya se había pronunciado previamente sobre un buen número de candidatos a través del proceso de primarias, en sus distintas modalidades. Sobre esta cuestión conviene realizar una serie de precisiones ya que, siendo un fenómeno en extremo interesante, sin embargo no es correctamente percibido en otras latitudes. Así, debe tenerse presente en primer término que las elecciones primarias no son procesos estrictamente privados, como sucedería con la elección de la junta directiva de una asociación o un club, sino que son objeto de regulación y supervisión pública, dada su importancia para el sistema político. Por otra parte, con diferentes variantes según los Estados y la organización de los partidos en cada uno de los mismos, en la mayoría de supuestos no se trata de primarias totalmente abiertas, ya que sólo pueden votar los electores registrados por el partido en cuestión (no obstante, no faltan otros casos en los que es necesario el previo registro pero se puede participar en la primaria del otro partido o, incluso, aquellos en las que se puede votar en cualquiera de los procesos sin necesidad de registro previo). De otro lado, por lo que respecta a la selección de candidatos, si bien en numerosos casos la presentación de candidaturas es absolutamente abierta, en muchos Estados el papel de las convenciones o caucus de los partidos en aquélla es determinante. Con todo, pese a los matices referidos, el proceso de primarias constituye uno de los aspectos más atractivos del sistema estadounidense, máxime para otros contextos en los que en la actualidad se viene denunciando el carácter excesivamente cerrado en la selección de élites políticas. Dos datos sirven de ejemplo en relación con lo apuntado: 1) el número dos de la Cámara de Representantes y gran esperanza blanca de algunos republicanos, el virginiano Eric Cantor, no ha revalidado su escaño en cuanto que hace unos meses fue derrotado en las primarias por un “outsider”; 2) en las presentes elecciones ha concurrido como candidato libertario (“libertarian”) al Senado por Carolina del Norte un repartidor de pizzas, obteniendo un 4% de los votos finales.
Pero, volviendo al tema que nos ocupa, las elecciones de medio mandato han dejado como gran titular la “vuelta” del partido republicano y su colocación en primera línea de la parrilla de cara a los comicios presidenciales de dentro de dos años. Difícilmente los resultados podían haber sido mejores para el partido del elefante. Así, en primer lugar, destaca la “toma” del Senado (mayoritariamente demócrata desde 2006), al haber conseguido los republicanos arrebatar siete escaños a los demócratas (obteniendo un total de 52). Por lo que se refiere a la Cámara de Representantes, la mayoría republicana se ha incrementado en doce escaños ofreciendo al partido del speaker Boehner un control absoluto de los resortes de la Cámara Baja. Especialmente llamativo ha sido el caso de la elección de los diferentes gobernadores, ya que, si bien inicialmente en este terreno los pronósticos vaticinaban una suerte de premio de consolación para los demócratas, los resultados finales, con una ganancia neta de tres puestos, no han hecho sino acrecentar la hegemonía del partido de Lincoln en los ejecutivos estatales, sobresaliendo su victoria en “sancta santorums” demócratas como Illinois o Maryland.
Teniendo en cuenta los resultados señalados, los dos años que median hasta las elecciones presidenciales de 2016 se antojan muy interesantes, con un Presidente Obama enfrentado a dos Cámaras republicanas. Desde ciertos análisis (principalmente, de este lado del Atlántico) se quiere ver en dicho antagonismo una falla estructural del sistema norteamericano que, en último término, habría de llevarlo a la inacción. Frente a ello, cabe recordar con Madison que uno de los puntos centrales del mismo es la creencia de que la ambición ha de frenar a la ambición, esto es, una vez más el sistema de frenos y contrapesos, primer mandamiento del nuevo credo norteamericano. Bien pudiera decirse que el conflicto aparece incrustado en la esencia del sistema constitucional del país-continente, a lo que cabría añadir que se trata de un conflicto creativo, pues obliga a la colaboración y a la moderación en las propias posiciones. En relación con lo señalado, no serían admisibles aquellas críticas que censuran la acción de las Cámaras en tanto freno o bloqueo a los impulsos presidenciales, toda vez que ello es así en cuanto que así lo quiso y lo quiere el poder constituyente estadounidense, sin olvidar que la legitimidad democrática del Capitolio es similar, si no idéntica, a la del Presidente. De este modo, las recientes declaraciones de Obama al señalar que él no representa a un distrito sino a toda la Nación sólo cabe interpretarlas en el contexto de la contienda política cotidiana, sin que quepa su extrapolación a la teoría constitucional.
Por otra parte, debe recordarse que la situación que ahora se abre no es en absoluto novedosa en la historia americana. Así, desde mediados del siglo XIX cuatro presidentes demócratas han tenido que convivir con un Senado y una Cámara republicanas: Cleveland (1895-97), Wilson (1919-21), Truman (1947-49) y Clinton (1995-2001). En sentido inverso, ha sido mayor el número de presidentes (siete) y años de “convivencia” (24 frente a 12) de un ejecutivo republicano con un Capitolio “doblemente” demócrata: Hayes (1879-81), Eisenhower (1956-61), Nixon-Ford (1969-77), Reagan (1987-89), Bush padre (1989-93) y Bush hijo (2007-09). A lo señalado cabría añadir los amplios períodos en los que al menos una de las Cámaras ha estado dominada por un partido distinto al del inquilino de la Casa Blanca (un 75% de los años desde 1969). Los “terribles” augurios de bloqueo proferidos desde algunas tribunas en la inauguración de los mencionados períodos no han impedido la acción y el progreso de la primera potencia del planeta a lo largo de esos años. Baste señalar, por ejemplo, que en los años de convivencia de Clinton con dos Cámaras republicanas (tras las elecciones de 1994 en las que el Nuevo Contrato de Greenwich se hizo con el control de las Cámaras) el número de leyes aprobadas (por los 104º, 105º y 106º Congresos) y no vetadas fue igual o superior (incluso en importancia, ya que fue aprobada una reforma del sistema de pensiones) al de otros períodos de mayor sintonía partidista entre la Avenida de Pennsylvania y Capitol Hill. Por todo ello, si bien cada uno de los dos grandes partidos querrá jugar sus bazas de cara a 2016, es probable que la agenda legislativa se vea incrementada en los dos próximos años.
¿Y 2016? ¿En qué medida afecta el resultado producido hace unos días a las posibilidades de uno u otro partido de cara a la elección del próximo Presidente? Se ha dicho, para endulzar la derrota azul, que las elecciones senatoriales de 2014 eran las peores posibles para el partido del asno, ya que los senadores de clase II (los renovados ahora) pertenecían a Estados tradicionalmente republicanos donde habían ganado los demócratas en 2008 gracias al huracán Obama. Pero, siendo cierto, en términos generales, ese dato (con alguna destacada excepción, como la victoria republicana en Virginia Occidental, con senadores exclusivamente demócratas desde 1958), precisamente abonaría la conclusión contraria, al menos en lo que respecta a la hegemonía en el Senado, ya que dentro de dos años los demócratas tendrían más escaños que defender y, por tanto, poco que ganar. De otra parte, históricamente, en los supuestos en los que un Presidente demócrata ha convivido en su último mandato con dos Cámaras republicanas la victoria en los siguientes comicios presidenciales ha correspondido al candidato republicano (así ocurrió en los tres primeros casos reseñados anteriormente, es decir, tras los mandatos de Cleveland, Wilson y Truman), no siendo así en todos los supuestos inversos (presidente republicano-cámaras demócratas) anteriormente reseñados. Es decir, que si las elecciones de medio mandato son con frecuencia anticipadoras de lo que pueda venir dos años más tarde, en el caso de victorias republicanas frente a presidentes demócratas salientes lo son más aún.
Por tanto, el viento sopla a favor para los republicanos, pero en política, y más en la estadounidense, todo es posible, máxime cuando el apellido Clinton está por en medio.