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CAYETANA

jueves 20 de noviembre de 2014, 12:28h
Consternado, recuerdo ahora la amistad que, sin altibajos, mantuve con Cayetana...
Consternado, recuerdo ahora la amistad que, sin altibajos, mantuve con Cayetana desde mi primera juventud. Con ella se ha ido toda una época. Fue, durante la dictadura, la reina de España y estuvo siempre al servicio de Alfonso XIII, de Juan III, de Juan Carlos I… Conectó con el pueblo y su larga vida se vio adornada por el cariño de los españoles. Fui miembro del patronato de la Fundación de la Casa de Alba desde que el primer marido de Cayetana y Alejandro Bérgamo la pusieron en pie y tuve ocasión de contemplar la seriedad y el sacrificio con que ella asumió la presidencia de la institución.

Tras la contienda civil, tras la guerra mundial, despedazado el patrimonio, derruidos los palacios, comprometido el futuro, la duquesa Cayetana cumplió los deseos de su padre y sola, primero, ayudada por Luis Martínez de Irujo, después, realizó una gigantesca tarea de reconstrucción, resanó la hacienda, reedificó el palacio de Liria, restauró infinidad de obras de arte, recuperó una parte de las que se habían perdido, incrementó la colección con cuadros de Picasso, Miró, Renoir o Marc Chagall, puso en valor los otros palacios de relieve de la Casa y organizó una Fundación para evitar en el futuro la dispersión o liquidación del patrimonio histórico.

Los palacios de muchos aristócratas españoles en Madrid -Medinaceli, Larios, Montellano, Romanones, Urquijo- se derrumbaron ante la especulación y en sus terrenos se han levantado altos y, a veces, antiestéticos edificios, que atraen a millares de coches y enturbian el tráfico. Liria, que fue destruido durante la guerra civil, lo que hubiera justificado la especulación del solar, fue reconstruido por la duquesa de Alba. Lo conservó de forma tenaz y ante el acoso inevitable de los impuestos, creó de acuerdo con su primer marido, Luis Martínez de Irujo, una Fundación, al estilo de tantos nobles británicos, abriéndo al público palacios y castillos. Cayetana Alba, con extraordinarios sacrificios económicos, terminó la reconstrucción de Liria y mantuvo el palacio con dignidad. Podía haberlo liquidado todo y vivir a cuerpo de rey Midas en una casa moderna en Puerta de Hierro, como tantos otros. Pero nobleza obliga. En lugar de derrochar el dinero en fiestas y diversiones, cuidó y mantuvo Liria con gran sacrificio personal y económico, en beneficio de Madrid, de los madrileños y de los investigadores, los estudiosos y los turistas.

La duquesa Cayetana nada tenía que ver con la imagen que de ella han creado los rebuznos de algunas televisiones. Era una mujer muy culta, con un conocimiento profundo de la música y las artes plásticas. Las más altas inteligencias del siglo XX en todos los campos, desde Ortega y Gasset a Nureyev, desde Picasso a Miró a Pau Casals o Marañón, figuraron entre sus amigos, porque ella fue siempre la sangre sonora de la libertad.

Cayetana tenía un sentido social arraigado en la doctrina de la Iglesia y en los principios de derecho público cristiano. Siempre estuvo a favor de la justicia social y de cubrir sus deficiencias con la caridad bien entendida. Durante muchos años acudió todas las semanas, en los colegios Salesianos, a servir con sus manos la comida a los ancianos y los enfermos. Centenares de instituciones para necesitados contaron con su ayuda. Derramó el dinero incesantemente y a manos llenas en infinidad de obras sociales y benéficas. Durante largos años contestó a cuantos le escribían pidiendo ayuda y dirigía, después, cartas personales a los políticos o financieros que podían resolver los problemas que le planteaban. Millares y millares de personas resultaron beneficiadas por esta actividad de la duquesa de Alba. Y todo eso lo hizo sin el menor alarde, calladamente, en silencio, porque la mano izquierda no debe enterarse de lo que hace la derecha.

La duquesa Cayetana, en fin, fue una mujer joven, simpática, bella y atractiva que bailaba flamenco como una diosa. Tenía gran éxito personal. Sus matrimonios fueron felices. Del primero, con el inolvidable Luis, que fue académico de Bellas Artes, tuvo seis hijos. Los educó severamente y les hizo serios, responsables y trabajadores. Su segundo matrimonio, con Jesús Aguirre, académico de la Española, intensificó su vida intelectual y cultural. También con Alfonso Díez. La Cayetana frívola que algunos presentaban fue miembro de la Hispanic Society of America, Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, presidenta de honor de la Ópera Filarmónica, medalla de oro de Madrid, hija adoptiva de Sevilla, Gran Cruz de Beneficencia, Gran Cruz de Isabel la Católica, presidenta de honor de la Cruz Roja Española, lectora incansable, pintora sugerente… Tenía, en fin, cien distinciones públicas a lo largo de una vida volcada en el arte, la cultura, la actividad benéfica y social. No olvidaré nunca que, ante la avalancha de gente que acudió a mi ingreso en la Real Academia Española, en lugar de irse, se sentó en la escalera de la entrada y allí permaneció todo el acto.

Cayetana llevó a la Casa de Alba a una de sus épocas de máximo esplendor. En junio de 1956, asistí a la inauguración del palacio de Liria, reconstruido sin recibir una sola ayuda oficial. Todavía me acuerdo de aquel día, de aquella mujer bella y joven, vestida de pálido, con su memorable cintura de caña verde, cuando pronunció, con la voz cadenciosa, un discurso excepcional, escrito por ella. No he reconstruido el palacio, dijo, para tener una mansión más sino para que los estudiosos puedan venir a consultar los archivos, para que los amantes de las obras de arte puedan contemplar las que aquí se han reunido. Aquellas palabras sintetizaban el espíritu de una mujer ejemplar, Cayetana Alba por la que hoy derraman lágrimas las palabras que salen de mi pluma.