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EN TRES TIEMPOS

El utilitarismo y el valor de lo inútil

Alejandro San Francisco
martes 25 de noviembre de 2014, 19:43h

El sistema de economía libre tiene muchas ventajas sobre todas las alternativas que se han planteado históricamente. Por ejemplo, resguarda mejor los derechos y libertades, amplía las oportunidades de desarrollo, en general produce crecimiento económico, impulsa la creatividad y la libre iniciativa, facilita la asignación de recursos. Tiene también algunas limitaciones o problemas, algunos económicos y otros que no son necesariamente lo son, pero que tienen ahí su origen y en gran medida van determinando el tipo de sociedad que se levanta: lleva a sobrevalorar las cuestiones materiales, el dinero se constituye en una fuente de distinción, las ocupaciones más rentables adquieren un interés muy superior a otras tareas que en otras circunstancias serían consideradas más relevantes. Una adecuada comprensión del asunto debería llevar a potenciar los factores positivos del sistema, pero también a relativizar los elementos negativos, o bien a limitar sus efectos. El utilitarismo es una enfermedad social y debe tener su necesaria curación.

El triunfo de la libertad, representado por la caída del Muro de Berlín y la derrota de los regímenes totalitarios en Europa, ha sido digno de celebración. Pero también algunos han criticado que el mundo construido después de ese gran suceso no ha tenido todos los elementos necesarios para un adecuado desarrollo humano integral. Incluso se ha llegado a decir -quizá con exageración, pero sin duda también con algo de realismo- que el materialismo comunista fue reemplazado por un nuevo materialismo de corte liberal. Hay una diferencia radical entre ambos, porque la libertad es un bien espiritual indudable y valioso, pero la primacía de los factores económicos sin duda alimenta esas aprehensiones. Y una de las manifestaciones más lamentables de la vida actual en los países desarrollados o que crecen al alero de un sistema económico dinámico, es el exceso de ponderación del dinero como factor de éxito en la vida y de la utilidad como medida para la acción. ¿Cuánto cuesta? ¿Cuál es tu salario? ¿Para qué sirve lo que haces o estudias? Todas estas son interrogantes que superan con distancia a otras preguntas más profundas: ¿por qué te dedicas a esta profesión u oficio? ¿eres feliz? ¿presta un servicio a la sociedad, a los más pobres y necesitados? ¿te gusta realmente?

Por ello, compartimos el grito de rebelión de Nuccio Ordine en La inutilidad de lo inútil (Barcelona, Acantilado, 2013): “En el universo del utilitarismo un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”. Vivir la música, la poesía, la literatura y el arte no tiene precio. Felizmente. La economía es muy importante, pero no es lo único ni lo primero.

En efecto, leer un libro, darle un beso a un hijo, contemplar el paisaje, rezar, escuchar algo de música son cuestiones que no tienen, en sí mismos, una utilidad manifiesta. No sirven, no son útiles, carecen de importancia material inmediata. Y sin embargo hacen nuestra vida, son parte de nuestra felicidad y, evidentemente, encontramos en esas manifestaciones un valor que muchas veces echamos de menos en las cuestiones puramente económicas o utilitarias. Comprender esta perspectiva de la vida exige un enfoque distinto, incluso un cambio cultural, además de la necesidad de introducir una gran nota de humanismo en el sistema político y económico de los países. Demanda también una aproximación distinta a las consecuencias de los sistemas educacionales y también a las orientaciones vocacionales de nuestros hijos.

No deja de llamar la atención que, desde hace algún tiempo, muchos de los mejores alumnos de la enseñanza secundaria aspiran sin dudar a determinadas carreras, que tienen entre ellas una cosa en común: son las más lucrativas, las mejor remuneradas, las que en principio aseguran un mayor retorno económico. Contradice la inteligencia más simple suponer que esto se debe a una concentración aleatoria de vocaciones profesionales de los jóvenes, que coinciden precisamente en esas disciplinas, entre las que destacan medicina, derecho, economía e ingeniería, entre otras. La razón, lo sabemos, radica en que son las profesiones con más ingreso futuro y, por lo mismo, las más apetecidas.

Muchas veces los padres de familia se han sorprendido haciendo malabares intelectuales para demostrarles a sus hijos que no les conviene estudiar filosofía, arte, historia o educación. Que probablemente les convendría estudiar alguna de las carreras antes mencionadas, y "después te dedicas a lo que te gusta". Intentan dejar los argumentos materialistas fuera, pero emergen con fuerza en cada frase, en los detalles y en la explicación general que induce a estudiar aquello que permite ganar mayor dinero, porque así es la vida, porque hay que mantener una familia, tener ciertos bienes mínimos y un amplio catálogo de razones que, en realidad, son intereses.

No deja de ser noble querer que los hijos vivan bien, económicamente hablando. Pero no deja de ser materialista considerar al ingreso salarial como el factor determinante del concepto "vivir bien". Tiene algo de insultante además hacia los maestros que han educado a sus hijos, porque después de todo llevan más de una década a cargo de la formación de los niños y jóvenes y recién ahí los padres parecen darse cuenta de que ganan poco, demasiado poco, para que sus propios hijos abracen, por ejemplo, la vocación educacional. Algo anda mal en esta ecuación.

Finalmente, los propios jóvenes son los primeros encapsulados en la lógica económica de las vocaciones. El idealismo juvenil es poca cosa frente el ingreso económico, la vocación primera muchas veces puede esperar frente al interés más útil y actual, la carrera de mis sueños en realidad solo era eso, frente a la sutil perversión de la realidad. Quizá por eso la mayoría de las veces triunfa el realismo sobre los sueños, lo útil sobre lo hermoso, el dinero sobre los ideales. Quizá por eso la mayor parte de la sociedad prefiere el cuchillo a la poesía, o la herramienta más burda frente a la creación más hermosa, pero abiertamente inútil.

No se trata de invertir las apreciaciones, sino simplemente de matizar los efectos del materialismo, procurar una visión más integradora y humana de la sociedad, y comprender que las cosas inútiles no son un mal, sino simplemente una dimensión distinta, muy valiosa, de nuestro desarrollo integral.

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