Estamos acostumbrados a que en Italia nos corrijan cuando mencionamos el nombre de Cristóbal Colón. El famosísimo almirante se llamaba Cristoforo Colombo, nos reprenden, aunque a nadie, tampoco en Italia, se le escapa el hecho de que en España, desde siempre, tenemos la manía de adaptar los nombres extranjeros a nuestro particular oído. “Y nació en Genova”, nos advierten los italianos a continuación, para dejarnos claro que el primero que se topó con América no nació en la península ibérica. Lo que no se les ocurre asegurar, al menos nunca lo he escuchado decir en serio, es que fuera Italia – o más en concreto la entonces República de Génova - la descubridora del nuevo y desconocido continente. Porque Colón, a quien finalmente convenció para el “patrocinio” de su aventura atlántica fue a la Corona de Castilla, después, eso sí, de numerosas vicisitudes. Cierto es que en España algunos historiadores o “expertos” en la materia han querido atar aún más el descubrimiento de las Américas mientras se buscaba un camino más corto a las Indias, asegurando que, en realidad, Colón sí que nació en España. Hay teorías sobre el verdadero lugar de nacimiento de Colón para todos los gustos: desde su origen catalán o balear, pasando por el asturiano y hasta algunas que lo pintan como hijo de Sevilla.
Sin embargo, como al final la escudería es la que cuenta hace tiempo que - con independencia de alguna anterior visita a aquellas tierras por parte de los siberianos en el Pleistoceno - nadie cuestiona que en el definitivo descubrimiento de América fuera el escudo español el que figuraba en los alerones de las carabelas y en los cascos de los marineros. Hasta que la semana pasada, Recep Tayyip Erdogan se lanzó a la piscina de la Historia, reivindicando el descubrimiento del continente americano por marineros musulmanes 300 años antes de que a Colón le diera por dar la vara a la peña con su teoría de que por mar se llegaba antes a Oriente, navegando por el Atlántico hacia el oeste. El presidente turco dejó pasmado a su propio auditorio durante el acto de clausura de la Primera Cumbre de Líderes Musulmanes Latinoamericanos y eso que por el nombre de la citada reunión, ya nos hacemos una idea de que se trataba de un magnífico foro para expresar dicho convencimiento. Que, por otra parte, no es suyo, quiso explicar Erdogan. Es decir, que aquello no se le había ocurrido así de repente, sino que la idea la había extraído de los libros de Fuat Sezgin, profesor emérito de Turquía en ciencia árabe-islámica. Conclusión: a partir de ahora los niños en Turquía deberían de aprender en el colegio esta nueva versión.
Cada vez más virado hacia el ala dura del islamismo, Erdogan parece tener claro que su actual misión consiste en reivindicar a su país dentro del Islam y ya aseguró, tras ganar las últimas elecciones, que su objetivo era crear una “nueva Turquía”, porque la “vieja” era cosa del pasado. Toda una paradoja. En primer lugar, porque Erdogan, antes de ser presidente, estuvo once años en el poder como primer ministro y, por lo tanto, en un cargo mucho más idóneo para cambiar las cosas. En segundo, y fundamental, porque eso de construir una nueva sociedad a base de reinventar el pasado parece cosa de locos. A pesar de que la propia Historia se empeña con tesón en recordarnos que su carácter es cíclico y que, por desgracia, nos olvidamos en demasiadas ocasiones de cuáles fueron las razones que nos llevaron a cambiar lo que entonces había. Por eso, con independencia de si marinos musulmanes llegaron a tierras americanas antes que Colón o no, lo que hoy preocupa en Turquía y en buena parte del mundo es su indiscutible deriva autoritaria.
Porque mucho más “alarmante” que opinar sobre lo que ocurrió o dejó de ocurrir en el mar hace varios siglos, es que Erdogan repita incansable que las mujeres no pueden ocupar los mismos puestos que los hombres y, más aún, que deberían tener al menos tres hijos. Porque asegura el presidente turco que el único lugar de la mujer se encuentra en la maternidad. Igual que es preocupante que Erdogan se oponga a que chicos y chicas compartan las residencias de estudiantes o que haya restringido la venta de alcohol y dado mucho más espacio en la educación a la rama suní de la religión islámica. Erdogan podría ocupar la presidencia hasta 2023, precisamente el año en que se cumpla el centenario de la República de Turquía, y parte de la sociedad del país mira, cada vez con mayor desasosiego, el traje dictatorial con el que parece querer vestirse el presidente. Su último y más que significativo paso ha consistido en cambiar la sede tradicional de la Presidencia y antigua residencia de Atatürk, fundador de la República, por un majestuoso palacio de mil habitaciones, cuyo coste supera los 600 millones de dólares. El hecho demuestra que Erdogan se siente seguro. Y uno se siente así, solo cuando sabe que no va a permitir oposición de ningún tipo.
“No importa que tan malas sean las leyes, si es un sultán justo el que las ejecuta entonces llevarán a buenos resultados. No importa que tan buenas sean las leyes, si son ejecutadas por un sultán brutal entonces llevan a la injusticia”, proclamó el mandatario turco en uno de sus últimos discursos. Una frase que algunos atribuyen a Confucio y otros al califa Omar, pero que sirvió a Erdogan para criticar duramente la decisión del máximo tribunal administrativo del país que ordenaba la suspensión de un proyecto que privatizaría la operación portuaria de una zona de Estambul. No le gustó nada al presidente que el citado tribunal le llevara la contraria, y no dudó en calificar de traición la suspensión de los jueces. Le faltó preguntar: “Pero, ¿cómo se atreven”. En realidad, lo que sí se preguntó en voz alta ante su audiencia fue: “Ahora, ¿cómo puedo confiar en el poder judicial de mi propio país?”. Otro más que no cree en Montesqueiu.