TRIBUNA
El filósofo y el científico
miércoles 26 de noviembre de 2014, 19:40h
Actualizado el: 27/11/2014 00:29h
Hace sólo una semana, del 15 al 19 de noviembre, se ha celebrado en la ciudad de Washington D.C. el Congreso Mundial de Neurociencia, que organiza anualmente Society for Neuroscience (SfN), donde se han reunido más de 31.000 neurocientíficos de todo el mundo para dar cuenta de sus resultados y avances en materia investigadora en el campo de la neurociencia cognitiva. Es difícil saber cuántos científicos habría allí con una profunda formación humanista. De lo que no hay duda es que cada vez resulta menos frecuente encontrar sabios que aúnen estas dos vertientes: la científica y la humanista al modo de Parménides, Platón, Aristóteles, Galileo, Newton, Hobbes, Locke o Rousseau, entre otros.
Si nos preguntamos por la razón de esta disociación entre ciencia y filosofía quizás la razón se encuentre en un grado de especialización desmesurado que convierte en autistas a dos ámbitos del conocimiento interconectados por la ambición de saber. Pues bien, dentro de esa constelación de raras avis (filósofos-científicos o científicos-filósofos) podemos sentirnos orgullosos de que brille con un esplendor especial el célebre sabio de origen español, Joaquín Fuster, quien abandonó nuestro país en la década de los sesenta por no sentirse capaz de hacer ciencia de alto nivel en España y se fue a investigar al Instituto Max Planck para convertirse posteriormente en profesor de neurociencia cognitiva en la universidad de California, en Los Ángeles. Fuster representa a la perfección la fusión entre Filosofía y Ciencia. Es gracias a su último libro, Cerebro y libertad: Los cimientos cerebrales de nuestra capacidad para elegir (2014), como hemos sabido no sólo más cosas acerca de la corteza cerebral, como parte principal del cerebro en la que se organizan las “acciones con objetivo”, sino el hecho de que el bienestar de cada uno en sociedad depende de todos los demás. Esta reflexión de índole hegeliana nos ofrece una perspectiva nueva, cargada de significado en todos los órdenes de la vida, y muy oportuna para el momento en que vivimos.
En primer lugar, presupone que hay que abandonar el atomismo y la fragmentación social y abarcar la realidad desde una perspectiva de totalidad. La realidad social ha de ser entendida como un todo relacional e interdependiente, como diría el filósofo de la dialéctica, Hegel, y ello precisamente es lo que provoca que nuestras acciones positivas o negativas repercutan al final sobre el resto del todo social. Además esta visión implica un verdadero compromiso de responsabilidad con los otros por nuestras acciones individuales y exige también tener siempre muy presente a los demás a la hora de elegir el curso de nuestras acciones personales o colectivas.
Me parece un planteamiento verdaderamente interesante y positivo en estos momentos de crisis económica pero también cultural, espiritual, existencial… Sólo se puede crecer en bienestar desde una sociedad que no es materialista, individualista y egoísta.
Tengamos por ello presentes las palabras de T. Roosevelt de que el bienestar de cada uno de nosotros depende necesariamente del bienestar de “todos nosotros”. Lo que, en consecuencia, conduce a la recuperación del valor de la solidaridad, no como valor accesorio o complementario sino como valor relacional central, y a que los vínculos de compromiso con los otros y de ayuda mutua se afiancen dentro de la sociedad en la que vivimos.
Es hora de enriquecer el patrimonio genético de los pueblos no a través de sentimientos egoístas y separatistas, como el nacionalismo, sino gracias a otros de distinto calado como el altruismo moral y la vocación de servicio a los demás, porque ambos confían en el mensaje de que mi libertad y bienestar son inseparables del grado de libertad y bienestar de los demás. Tenemos que ser conscientes de que el sentimiento nacionalista es algo que alimenta el individualismo, la exclusión y la marginación de los que no son como nosotros sin atender a esta deseable visión omnicomprensiva de la realidad en la que todos cabemos y nadie queda fuera desde el momento en que el todo necesita de la diversidad de sus partes por ser precisamente algo positivo que enriquece notablemente a la sociedad en su conjunto.
Es por ello tarea prioritaria transmitir este mensaje de reconstrucción social desde la interdependencia a todos los que pretenden atentar contra la unidad de España en este momento y creen sea ingenuamente o malintencionadamente que cabe la libertad sin responsabilidad o que la primera puede justificar el libertinaje o la traición hacia los otros. Como el científico-filósofo Joaquín Fuster ha precisado con agudeza, la libertad tiene un límite infranqueable y es el de la “responsabilidad”, lo que forma parte de esa denominada “memoria filética” o memoria común que compartimos todos los pueblos como parte de la historia de la humanidad.
|
Catedrática de Filosofía del Derecho
|
|