www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENSAYO

Fernando Pessoa: Libro del desasosiego

domingo 30 de noviembre de 2014, 13:02h
Actualizado el: 30 de noviembre de 2014, 13:12h
Fernando Pessoa: Libro del desasosiego

Traducción, prefacio y notas de Antonio Sáez Delgado. Edición de Jerónimo Pizarro. Pre-Textos. Valencia, 2014. 496 páginas. 27 €. Nueva organización y rigurosa edición de la obra cumbre del escritor portugués, y uno de los libros capitales de la literatura del siglo XX.

Por Francisco Estévez

Antes de acercarse al Libro del desasosiego conviene una vez más dar una aproximación siquiera mínima a Fernando Pessoa, acaso el escritor más plural de la Literatura universal. Con capricho, Walt Whitman pareciera un antecedente desde aquel presagio de Canto a mí mismo: “Yo soy inmenso, albergo multitudes” que mezclado con el “Je est un autre” de Rimbaud tropezara y descalabrara la conciencia del escritor portugués siempre a punto de la otredad. No acaso Pessoa reivindica en el presente libro al heterodoxo Oscar Wilde de: “La mayor parte de la gente es otra gente”. A principios del siglo xx varios autores vivieron la experimentación artística de la disgregación del yo, baste recordar los apócrifos de Antonio Machado, pero sólo Pessoa radicalizó tal accidente y lo convirtió en esencia. Convencido de ver su reflejo en otros ficticios o por conjugarlo con dicción pessoana: una amenaza no intimidatoria de la alteridad. Alguien que pensaba no pertenecer a la vida sino de lejos, donde otrearse, acertó con ello a atisbar el drama fundamental de nuestra modernidad: la propia conciencia.

En efecto, el luso pareciera llevar el destino a cuestas ya timbrado a fuego en su apellido, Pessoa quiere decir “persona” en portugués, es decir, “máscara”. La heteronimia de Fernando António Nogueira Pessoa concita al menos a unas 136 personas; ya no temperamentos diversos del autor, posibles desdobles o individuos laterales de su sombra y otros costados, sino, muchas de ellas, personas (pessoa) completas. Es decir, pluralidad dispersiva del sujeto no en potencias, sino en realidades conscientes que domeñó al amparo de sus lentes y una parsimonia tenaz llena de atención, paradoja y lucidez aliviadas por los vapores etílicos de la cazalla a la que fue tan aficionado. Un sincero Drama en gente lo considero el propio Pessoa.Una verdadera multitud revolotea dentro de la mirada vidriosa del lusitano: Ricardo Reis, Álvaro Campos o Alberto Caeiro, maestro del propio Pessoa.

De otro costado Bernando Soares, Vicente Guedes, António Mora y Abilio Quaresma, entre muchos otros.Podríamos suponer que el encadenamiento de muertes familiares, padre y hermano, en su infancia fragmentara una de por sí hipersensibilizada personalidad. Tal convicción psicológica delimitaría el drama pero no lo explicaría. Menos aún lo condensaría, a poco lo banalizaría. Ahorremos pues lecturas en exceso biografistas que las más de las veces aguan la verdad artística y afean la belleza estética. La conciencia fragmentada y lacerante de Pessoa en múltiples personalidades aporta una nueva dimensión dramática, insólita, al yo lírico de la literatura moderna.

El escritor portugués insistió en su “tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación” en sus Escritos sobre genio y locura -que reseñamos en este mismo suplemento-, azuzados por lecturas como Degeneración (1895) de Max Nordau o las teorías de Lombroso, el criminólogo italiano. Anheló quizá una extraña e incómoda idea de superconciencia que sería un alejarse-de sí mismo. Entre los fragmentos del Libro del desasosiego leemos: “(8/1/1931). Hace mucho tiempo que no escribo. Han pasado meses sin que haya vivido, y voy durando, entre la oficina y la fisiología, en un estancamiento íntimo de pensar y sentir. Esto, desgraciadamente, no descansa: en la putrefacción hay fermentación. Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, sino que ni siquiera existo. Creo que casi no sueño. Las calles son calles para mí. Cumplo con mi trabajo en la oficina concienzudamente, pero no puedo decir que sin distraerme: por detrás estoy, en vez de meditando, durmiendo, pero siempre soy otro por detrás del trabajo. Hace mucho tiempo que no existo”. Por decirlo con gusto posmoderno: deconstruye la identidad y abandona la noción pura de autor para diluirse sin más (Derrida y Barthes de la mano van). Cuán significativo es recordar la primera persona ficticia conocida del portugués, Chevalier de Pas, pensado en lengua foránea como la francesa y enfatizada la partícula negativa “pas” como apellido (sólo Cervantes llego a similares cotas de desautomatización del lenguaje en su Quijote).

Viene esta edición de Libro del desasosiego con voluntad de sumarse con éxito a la clásica del poeta Ángel Crespo (1984) o la encomiable de Perfecto Cuadrado (2002). A contrasentido, la edición española acierta al conjugar elementos de la edición “comercial” de Jerónimo Pizarro (2013) con la edición crítica del mismo investigador (2012). Los dos autores ficticios a los que Pessoa atribuye la obra son Vicente Guedes y Bernardo Soares, dos casi heterónimos sacados de la chistera del autor. Aunque en una etapa muy inicial lo considerara fruto de su propia pluma, de Fernando Pessoa vaya, para después dudar sobre la posible atribución del libro. El cambio de rumbo en autorías resalta el acierto de esta edición cronológica con dos partes temáticas bien diferenciadas en su temple. La primera con un frondoso aire de época simbolista donde da forma personal a varios topos de aquel esteticismo, prosa poética por momentos, o pequeños relatos poéticos con pespuntes filosóficos. La segunda un dietario ensayístico igual de íntimo o más donde Lisboa se adivina como trasunto del autor. Pero también hay un transcurso más sutil que camina de la estética a la ética en la que muy pocos se han detenido y cabría explorar.

Por otro lado, las obsesiones manejadas en el libro rodean siempre a ese primer pronombre tan complejo de citar: yo; la identidad y su conciencia. Reducidos ahora a 455 los fragmentos y ordenados cronológicamente hallamos apretujadas cientos de joyas. Algunos párrafos parecen caer en el ejercicio de estilo al juguetear con tópicos decadentes, apenas un calientamanos, pero, entonces, un palmetazo y zas, la brillantez a rebosar. Entre multitud de detalles aparece anticipado el principio de incertidumbre de Heisenberg, expone el drama de las élites vs las multitudes de principios del siglo XX, delata el consumismo incipiente y las certidumbres de la ausencia, se alaban los saberes inútiles, los designios de lo imposible… Por otro lado, el luso anuncia a Borges por su “estar eternamente en un camino que se bifurca”, comulga con Amiel y su concepción del paisaje, coincide en varias certezas con Juan Ramón Jiménez, etc.

Imposible resumir aquí tantos abigarrados ecos y presagios. Este libro con tono de pesadilla procede de una demorada atención: “Asisto a mí mismo. Me presencio […] Me duele la vida" y por ello la canta, la escribe, porque al igual que Machado pensaba que sólo se escribe desde la ausencia, desde el dolor: “La vida perjudica a la expresión de la vida. Si viviese un gran amor no podría describirlo”. Más allá de la filosofía lírica que emana del uso de la paradoja constante como sistema de pensamiento, en carta a su editor, Pessoa nos regaló de propina una feliz síntesis del Libro del desasosiego: “fragmentos, fragmentos, fragmentos”, modernizando con mayor drama si cabe aquel sabio hallazgo de Shakespeare: “words, words, words”. En fin, este libro “suave”, aun de dolorosas certezas y de íntimas rebeldías, resulta el vademécum de la modernidad.

Libro del desasosiego es un libro carente de forma definitiva, múltiple como su autoría (no sólo por los distintos autores, sino también por sus editores que intervienen en el texto con no poco calado) y escritor, Pessoa al fondo. Un libro de libros, lleno de proyectos, apuntes, idas y venidas, requiebros, paradojas, en la constante interrogación y búsqueda del yo más esencial. Un libro en potencia, libro inconcluso, dúctil, sin estructura fija, pero libro en esencia o esencia-de-libro como bien desearía Fernando Pessoa. En definitiva, “una serie de apartes en la vida” que nos regalan mayor vida que la real. Un libro en su estado previo que contiene a todos sus posibles futuros, sin delatarlos. Un libro múltiple, una ciudad plural, un escritor monumental que nos deja ante la duda y la perplejidad sin asidero posible para soportar el vértigo de la conciencia.

Estamos ante una edición afortunada de uno de los libros capitales y más subyugantes de todo el siglo xx. Un baúl repleto de 30.000 papeles, ya manuscritos, ya autógrafos, en completo desorden y sin concierto alguno, ni quizá posible o al menos definitivo, transitorio siempre, son Fernando Pessoa. Con brillantez apunta Antonio Sáez: “Es el único escritor muerto que publica más que escritores vivos.; un milagro un emblema de la modernidad”. Hace poco nos felicitábamos aquí por el sugestivo Iberia. Introducción a un imperialismo futuro, quizá el día que tengamos al alcance su obra inédita y dispongamos de corrido de unas Obras completas podremos admirar con toda probabilidad, más allá del conocido gran poeta, a un inmenso escritor y a uno de los autores más cautivadores de la Literatura universal.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (24)    No(1)

+
0 comentarios