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NOVELA

Ayana Mathis: Las doce tribus de Hattie

domingo 14 de diciembre de 2014, 17:38h
Ayana Mathis: Las doce tribus de Hattie

Traducción de Magdalena Palmer. Salamandra. Barcelona, 2014. 288 páginas. 19 €


Por José Pazó Espinosa

La literatura norteamericana negra tiene algo de sabor a melaza, de olor a hoja de tabaco, de sonido a trompeta, de tacto a algodón, de gusto a bourbon. No la negra de detectives blancos, sino la negra del sur, aclaremos. Sus voces surgen de un hilo que sube y baja, modula y asordina, y que trenza a sus personajes en una red de desesperación, infortunio, sufrimiento, resiliencia, y en última instancia de invisibilidad. La literatura norteamericana negra a veces la han hecho blancos, como Faulkner, García Lorca, o Carson McCullers, y en ocasiones escritores negros, como Gordon Parks, James Baldwin o Richard Wright. Pero en general, a pesar de los detectives blancos o quizá por ellos, la literatura negra sigue siendo invisible.

Las doce tribus de Hattie, de Ayana Mathis, que acaba de publicar en español Salamandra traducida por Magdalena Palmer, es una novela escrita por una joven autora negra, y huele a melaza, a tabaco, suena a trompeta y tiene tacto de algodón. Y se lee con atención y gusto, como uno de esos whiskies sureños que algunos expertos describen como equilibrados. Porque a pesar de sus ecos tristes, agrios, trágicos, melodramáticos y emotivos, es un libro equilibrado, en el que la autora dosifica todos estos elementos con buen oficio.

El libro, cuenta la historia de Hattie, una negra sureña que, con 16 años y recién casada, viaja con su marido a Filadelfia para iniciar una nueva vida. Allí se encontrará con muchos hijos y toda una suerte de desdichas que la irán esculpiendo y convirtiendo en una diosa dura y enigmática, un tótem ejemplar que surge, como una Venus oscura, de la infelicidad más universal. Porque a pesar de ser eso que llaman literatura afroamericana, a pesar de oler a melaza, tabaco y bourbon, la joven Ayana Mathis ha dado con una veta que trasciende olores y gustos y que funciona con total independencia del color de sus protagonistas.

La narración en tercera persona está organizada en varias historias que giran alrededor de los hijos de Hattie. Tenemos a un adolescente que deja su casa para volver al sur con su trompeta, y que no sabe si es homosexual o heterosexual, o no lo quiere saber. A una hija que se casa con un negro rico y se convierte en una esclava de su nuevo estatus y de su pasado incomprensible. A otro hijo que, tras haber sido violado de niño, decide superar el recuerdo y comenzar una nueva existencia. A uno más que se convierte en un predicador a pesar de él, pero con la complicidad de él mismo. Todos los personajes, incluso un padre desvaído, August, están divididos, partidos por la mitad por la cuchilla del trauma y la infelicidad. De forma especial Cassie, un personaje doloroso, loco, roto, faulkneriano, que lleva a la escritora a un amago de corriente de conciencia, que funciona en la novela como funciona todo lo demás: con equilibrio y eficiencia.

Los arroyos de pasión sureña, de melancolía innombrable, de dolor amontonado durante generaciones se palpan en la piel de estos personajes, que se tocan como si fueran figuras creadas para lectores ciegos, para lectores que tienen que tocar lo que leen. Y una vez ya en la palma de la mano, esos personajes transcienden, y el dolor y la incomprensión de los hijos se convierten en el dolor y la incomprensión de cualquier hijo, y las limitaciones de los padres, Hattie y August, en las limitaciones de cualquier padre. Padres que siguen amando sombras a pesar de sus hijos, que mantienen la llama de la irracionalidad juvenil bajo las obligaciones de la familia, que viven en una sociedad, la norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, que se esfuerza en darles oportunidades y a la vez se empeña en que sigan siendo invisibles. Una novela interesante, clara como el cielo de otoño de Filadelfia, antigua como un julepe en un porche de Georgia, y negra, muy negra, a pesar de que no haya en ella un solo detective blanco.

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