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ENTRE ADOQUINES

El Hermano Rashid corrige a Obama

miércoles 17 de diciembre de 2014, 20:13h
La muerte repentina de un ser querido es, discúlpenme la obviedad, un shock que deja sin aliento, sin tierra bajo los pies. En definitiva, sin ninguna opción inmediata de fugaz consuelo. No ha habido un proceso, por ejemplo de enfermedad, durante el cual uno intente asimilar la dolorosa pérdida que se avecina. Cuando la muerte ataca por sorpresa, demostrando lo frágil que es en realidad la vida, casi parece que se trate de un endemoniado truco de magia. Ahora está, ahora no está. Quien salió de casa esa mañana, lanzando un beso desde la puerta o agitando la mano ya en la calle, lo último que piensa es que no va a volver. Y quien lo despide, jamás imagina que ese adiós tendrá carácter definitivo. Si quien nos deja de esa forma inesperada y abrupta es, además, un niño, imaginar el terrible desasosiego resulta a todas luces apocalíptico. Por eso, hoy en Pakistán han cerrado los colegios y las banderas ondean a media asta. Símbolo de solidaridad con el dolor de las familias directamente golpeadas. Esos padres que despidieron a los niños en casa o en la puerta de la escuela como cualquier otro día, sin saber que aquel, por desgracia, no lo era. Que en sus vidas, para arruinarlas de la manera más incomprensible y trágica, se iba a cruzar un grupo de asesinos parapetados detrás de mezquinas excusas para matar. Como si el asesinato a sangre fría y de manera indiscriminada pudiera tener alguna excusa. No la tiene. Y por eso, todo es aún más difícil de entender.

¿Por qué esos niños? ¿Fue porque acudían a una escuela gestionada por el Ejército aunque la mayoría de los estudiantes fueran civiles? Estas preguntas circulaban ayer por las calles y las casas de Peshawar, la conmocionada ciudad pakistaní cercana a las zonas tribales en las que se esconden los llamados insurgentes con los que el gobierno del país quiere acabar. El grupo Tehrik­e­ Taliban Pakistan reivindicaba el atentado en represalia por la muerte de talibanes a manos del Ejército pakistaní. Pero si estos extremistas asesinos alguna vez creyeron tener derecho a excusas, hace cientos de muertos que la perdieron. Para siempre y en cualquier lugar del mundo. La Tierra dividida: quienes matan a los que no piensan igual ni se someten a sus leyes castradoras de derechos contra los que se defienden y, de paso, incluso a veces pretenden “defender” al criminal. Terminó el tiempo de las excusas, quitémonos la venda. Dejemos de utilizar términos que casi resultan “románticos”, como el de lobo solitario. Quitemos la máscara a estos nuevos emperadores absolutos que quieren conquistar para su atroz régimen el mundo entero, exterminando todo aquello que suene a libertad: de ideas, de culto, de educación, de igualdad.

En Peshawr, eran las 10:30 de la mañana cuando este martes seis hombres llegaban a una escuela y se dirigían a su parte posterior para levantar una barricada de fuego que impidiese cualquier intento de huida por parte de las víctimas. Después asesinaron al portero, al guarda y a un jardinero, y se encaminaron al auditorio, donde la policía encontró más tarde la mayoría de los cadáveres. Fueron clase por clase, matando niño a niño con un disparo a bocajarro. Quemando vivos a los empleados. Ocho horas que debieron parecer ocho siglos no solo para los que estaban dentro. En la puerta del centro, los padres empezaban a llegar con el corazón detenido ante la mayor de las incomprensiones. ¿Cómo es posible que estén matando a nuestros niños?

¿Qué han hecho ellos? Hasta que las fuerzas de seguridad se hicieron con el control de la escuela. Balance: 132 estudiantes y 9 empleados asesinados. Incluso India, país vecino y eterno enemigo de Pakistán, se solidarizaba guardando 2 minutos de silencio en las escuelas en memoria de los asesinados. Allí, puede pasar también. Puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. Cualquier día. El imperio del miedo. Australia, por ejemplo, acababa de sufrir un secuestro de 16 horas en una tranquila cafetería del centro de Sídney a manos de un hombre que hoy todos admiten que no debería haber tenido tanta libertad de movimientos después de haber participado en otros actos violentos sin ocultar esa mal llamada “radicalización”. Nadie lo detuvo, porque en Occidente también existe la libertad de volverse más radical en los propios o ajenos dogmatismos. Aunque estos lleven a matar.

“El Estado Islámico no es el Islam”, advertía el presidente Obama, y en eso la mayoría estamos de acuerdo. Aunque el Hermano Rashid, un ex musulmán, no lo esté y se haya atrevido a corregirle en público a través de un vídeo de poco más de 8 minutos que ya se ha convertido en uno de los más visitados de la red. “Querido señor Presidente”, comienza, “Con el debido respeto, debo decirle que está equivocado respecto al ISIS”. Es la ventaja de poder opinar con libertad, aunque sea para llevar la contraria al mismísimo inquilino de la Casa Blanca. Rashid, licenciado en estudios religiosos y a punto de finalizar su doctorado en terrorismo islámico, asegura que incluso en Marruecos, país que se considera moderado y donde él creció, se educa en las escuelas desde edad temprana al objeto de que todos estén listos para unirse a “cualquier grupo que algún día haga del Islam la religión del mundo entero”. “Nos han lavado el cerebro para que les odiemos a todos ustedes”, asegura, “Y si usted se pregunta por qué asesinan también a otros musulmanes, la respuesta es porque no los consideran musulmanes, sino infieles”. Y finaliza: “Le pido, señor Presidente, que deje de ser políticamente correcto y llame a las cosas por su nombre”.

Aquí, en este mundo en el que aún somos libres para expresar nuestras opiniones en público sin temor a que nos corten la cabeza, podemos también elegir cómo llamar a las cosas. No a todas, porque a la muerte solo podemos llamarla muerte.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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