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Expectativas inéditas para Cuba

jueves 18 de diciembre de 2014, 00:50h
La liberación del contratista Alan Gross y su intercambio por tres cubanos encarcelados por espionaje, ha conducido al paso histórico de derribar la última frontera heredada de la
Guerra Fría y restablecer las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. Quizá haya sectores anticastristas y ámbitos del exilio cubano que vean con recelo esta decisión y traten de levantar banderas en su contra. Algo previsible –y comprensible- en una herida abierta durante más de medio siglo. Pero lo cierto es que este acontecimiento está llamado a tener efectos demoledores precisamente contra el castrismo: la dictadura execrable que hoy controla con puño de hierro la isla caribeña no soportará una apertura internacional masiva cuyas consecuencias serán incontrolables.

La guerra dialéctica tendrá aquí una posición secundaria. Es predecible que el castrismo y su izquierda satélite en Hispanoamérica festeje este tránsito como una aparente victoria
frente a un enemigo claudicante. Pasada esa fase, la dictadura se verá, por el contrario, privada de su arma ideológica favorita: el relato de un pequeño país amenazado por un
poderoso enemigo exterior. El férreo aislamiento es un inestimable recurso para que la sectaria propaganda interior surta todo su efecto. De agrietarse mediante una apertura al
exterior, los mitos sin fundamento, las ideologías perversas y trasnochadas, las consignas ciegas comienzan a diluirse y perder su consistencia por contraste con la realidad percibida fuera.

Consecuencias aún mucho más destructivas para un régimen tiránico tendrá la liberación de transacciones comerciales. La ayuda venezolana, las inversiones brasileñas o mexicanas, en su pequeña escala, podían ser capitalizadas exclusivamente para el fortalecimiento del Partido Comunista cubano. Otra cosa será que a esas inversiones se le sume la llegada de capital de la Unión Europea y el fin del embargo estadounidense. Un cambio de esa envergadura sentencia a muerte el doble sistema monetario manejado hasta hoy por La Habana, donde un peso con valor equivalente al dólar se emplea al servicio del aparato comunista, junto a un peso casi sin valor destinado al resto de la población. Una normalización comercial ataca las bases de esta endiablada estructura y su efecto resulta incalculable sobre la ciudadanía. La experiencia demuestra que las dictaduras se rompen conforme aumenta la actividad mercantil y esta abre camino hacia los derechos civiles y la libertad política. El bloqueo norteamericano era un gran error a estas alturas del siglo XXI.

La desaparición del bloqueo no será, sin embargo, instantánea. No está en manos de Obama derogarlo por sí mismo. Hacerlo requiere un complejo acuerdo legislativo en el Congreso que no se producirá de un modo súbito. Lo fundamental será que ese gradual desbloqueo, al igual que las inversiones europeas, no tenga como interlocutor exclusivo al Estado cubano. Es clave que esa actividad llegue a la población hoy sometida, pues la configuración de clases medias es determinante para que se produzca un impulso interior mayoritario hacia la democracia. Los acuerdos tomados ahora no son una culminación, sino el punto de partida de una trasfiguración de profundos resultados para Cuba y para todo el escenario político caribeño e hispanoamericano.
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