Ya se percibe el rumor sordo de los oxidados engranajes en sus movimientos iniciales en las más secretas bodegas de los Partidos, como el despertar de un cíclope mecánico sin aceite lubricante. La maquinaria electoral de los partidos a nivel local y autonómico comienza a mover sus cojinetes, a engrasar sus armas de palabras programáticas y doctrinales para el día de la gran prueba, en el palenque de la gran jornada en que la Democracia devuelve el poder de decisión a sus legítimos dueños, que son todos los ciudadanos y ciudadanas mayores de dieciocho años. Se buscan nombres atractivos como candidatos y candidatas, se remoza la ideología de los partidos en un aggiornamento que consigue bajar los grandes ideales políticos de los distintos Partidos que habitan en el Olimpo, al acto político concreto y tangible de instalar, por ejemplo, más bancos en algunos lugares del pueblo o ciudad, mejorar el acristalamiento de los colegios de primaria o mejorar algunas carreteras comarcales, dentro de un elenco de acciones cuya prioridad y método dependerá de las distintas mundivisiones políticas.
Las elecciones municipales y, en alguna medida, las autonómicas, tienen la sustanciosa y fundamental característica de poder elegir candidatos que casi todos conocemos en el roce de la vida ordinaria y cotidiana. Conocemos su imagen, su forma de saludar, sus profesiones, sus ideas más personales, su capacidad, y en algunos casos un poco de su biografía. Son vecinos nuestros o eso que llamaba Séneca “conservi”, esto es, compañeros en los avatares diarios que se imponen en la vida como una esclavitud inherente a la frágil condición humana. Nos rozamos con nuestros candidatos y podemos barruntar mejor su respuesta política personal que en una confrontación electoral de ámbito nacional. Por eso Aristóteles consideraba que la “pólis” o ciudad ideal debería tener cinco mil electores, que es el número de ciudadanos que más o menos un elector puede conocer. El viejo Platón de Las Leyes ya lo había dicho a través de su escribiente Filipo el Opuntio. Pues desde la primera Democracia es un hecho que el sistema político democrático ha querido aminorar al máximo el factor sorpresa. Si ya tenemos la experiencia de que quien creíamos conocer nos sorprende, imaginemos qué nos sorprenderá a quien no conocemos de nada. Siempre la cara y los gestos nos dirán muchas más cosas y serán indicios de la ulterior gestión política de nuestros vecinos electos. A diferencia de otros partidos no liberales ni demócrata-cristianos, el PP siempre ha creído que los afiliados enriquecen al Partido a través de su singularidad única con la que han llegado al mundo, y el Partido Popular no los debe para nada convertir nunca en un modelo humano rígido, como un clon o soldadito de plomo troquelado a partir de un único paradigma, como un militante de izquierdas uniformado con una doctrina estrecha. Lo mejor de un partido liberal como es el PP es la suma de las singularidades que lo constituyen. Los liberales no son militantes, sensu stricto, sino básicamente afiliados.
Esta reflexión sobre la principal característica de las elecciones municipales, esto es, el conocimiento más o menos profundo del candidato, nos debería llevar a dudar sobre si existe una bondad democrática en sí cuando un partido de masas, como el PP, el PSOE o IU, decide elegir a sus candidatos a través del voto directo de las bases. ¿De qué conocen los centenares de miles de militantes de un Partido de masas a los candidatos que aspiran a estar en la cúspide del poder del Partido? ¿Los conocen más que los habitantes de una ciudad mediana a los candidatos que pretenden gobernarles desde el Ayuntamiento y con quienes se cruzan todos los días en la calle? Yo creo que no. Y creo que hay una mayor garantía de que un comité verdaderamente representativo de cualquier Partido de masas tenga más oportunidades para elegir al candidato adecuado, a un candidato que luego no nos sorprenda demasiado, que la gran masa de afiliados, que pueden elegir al candidato por razones distintas a su capacidad política (estatura, belleza, sexo, un poco de oratoria, y nada más ).
Aunque pueda parecer una contradicción, la Ley de Hierro de los Partidos, enunciada por Robert Michels a principios del siglo XX, supone esta ley un inteligente compromiso entre la democracia y la eficacia de los políticos. Los atenienses de la Grecia Clásica, gracias al examen inicial del candidato – dokimasía – y a la posibilidad de desalojarlo del cargo sin necesidad de agotar el término del mandato cuando sorprendía muy desagradablemente – apocheirotonía -, podían reducir al máximo el factor sorpresa, pero dado que estos sabios dispositivos políticos no los tenemos nosotros, sólo podemos reducir el aventurerismo político (v. gr. Pedro Sánchez, Pablo Iglesias) con los cuadros centrales del Partido, que conocen a fondo a sus líderes, y saben de su densidad o de su vano carácter.