Dos caras de una moneda. Aunque no siempre sea todo tan absoluto. Blanco o negro. Sin embargo, justo en estas fiestas de alegría, a veces un poco impostada, los matices de lo cotidiano pueden tornarse en extremos insuperables. Como si la soledad, por ejemplo, fuera mayor cuando las imágenes de grandes familias reunidas o bulliciosos grupos de amigos asaltan insistentes desde el televisor. Porque, además, quien más horas está sentado frente a dicho aparato es, precisamente, el que más solo está. Puede que, al mismo tiempo, rodeado de otros, pero sintiéndose aislado, y eso es lo que cuenta. También la enfermedad parece más trágica en estos días y los hospitales, más tristes y desiertos que nunca. Aislados guetos, donde la alegría se resiste a entrar, para no contagiarse de lo que es, simplemente, triste realidad. Y los mayores a quienes el paso de los años se encargó de arrebatarles a sus seres queridos, también estarán acompañados esta noche por una pantalla que les recuerda incansable que el tiempo transcurre sin clemencia para todos y cada uno de nosotros. Que llega un fin de año en el que te das cuenta de que ya no hay marcha atrás, y mirar hacia delante solo confirma que la vida es mucho más efímera de lo que jamás quisimos creer.
La rutina, ese beatífico estado que sin embargo tantas veces aborrecemos, es, en realidad, la única que muestra cierta clemencia con quien no ha tenido en este mundo la suerte de encontrarse constantemente rodeado de genuino afecto. Y no olvidemos que el amor, en cualquiera de sus medidas o facetas, no siempre premia a los buenos ni castiga a los malos. Habrá quien esta noche de petardos y purpurina esté solo porque fue rechazo lo que se dedicó a sembrar durante años, pero muchos de los que coman las uvas con la única compañía de un ruidoso televisor o decidan irse a dormir antes que tener que pasar por ese trance, ni siquiera podrán explicarse cuándo empezó a gestarse esa situación o cómo llegaron a ella. Peor aún, habrá – y mucho más de lo que pensamos, si es que hoy estuviera permitido pensar – quien ya esté acostumbrado a pasar en soledad las noches del 31 de diciembre e, incluso, haya encontrado la fórmula para transitar por ellas sin la obligación de sentirse desdichado. Los más pragmáticos no se dejarán llevar por dañinas nostalgias, sabiendo que esta es una noche más, que mañana el silencio sustituirá, por fin, a tantas jornadas de despreocupada jarana. Que en pocos días, todos, también la publicidad, se habrán olvidado de recordarle lo solo que está.
En todo caso, lo que realmente produce espanto es toparse con trágicos sucesos de violencia doméstica en esta época del año. Supone aceptar algo que ya sabemos de sobra, pero que no por ello deja de mostrarse aterrador: que en el coto cerrado de algunas familias impera el miedo. Que hay déspotas que gobiernan al resto de los miembros de la familia a base de golpes, de amenazas, insultos, desprecios. Bendita soledad, cuando la alternativa es hacer de tripas corazón mientras se prepara una cena que en el mejor de los casos transcurrirá entre malas caras y silencios. Por lo menos, que no haya golpes, que el ruido de los petardos a medianoche amortigüe la injusta vergüenza de las ofensas a gritos y los tapones alegremente descorchados, sirvan de excusa para inoportunos ojos morados.
En la canadiense ciudad de Edmonton esta última noche de 2014 hay una familia que no podrá disimular más, que no ha llegado a traspasar el umbral de 2015. La policía encontró los cuerpos de sus nueve miembros, dos de ellos niños de corta edad, al parecer asesinados por el padre, que más tarde se suicidó. Lo que hubo antes, probablemente durante años, podemos intentar sin éxito imaginarlo. Lo que hay después, sencillamente lo sabemos. Lo reconozco, no he elegido un tema agradable para que quien, entre copa y copa, esperando a que el reloj de la Puerta del Sol cumpla con la tradición de las campanadas, se anime a leer esta columna. Sin embargo, es precisamente esta noche, cuando más extremo se vuelve todo, un buen momento para que a la alegría que sentimos de poder dar la bienvenida al nuevo año rodeados de las personas que queremos añadamos un sencillo, pero real propósito, de seguir luchando contra la violencia que tiene lugar dentro de una casa. Para que cada vez sea menor el número de familias gobernadas por un tirano cruel – padre, madre o alguno de los hijos – capaz de atemorizar al resto e, incluso, agredir y, finalmente, quitarles la vida.
Que 2015 sea un año de bienes, no solo materiales.