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TRIBUNA

Freud no trabajó

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 02 de enero de 2015, 20:31h
Actualizado el: 01/02/2015 21:12h
Sin y con la dictadura de Primo de Ribera, la España de los años veinte de la centuria pasada fue una potencia mundial en diversos planos de la cultura, particularmente, de la humanística. La conjunción en dicha década de todos los integrantes de las generaciones de 1898, 1914 y 1927 en plena pujanza creativa; la envidiable elevación alcanzada por la crítica e investigación literaria, artística e historiográfica; el alto nivel y profusión de las revistas de ámbito general y específico –v. gr., Revista de Occidente o Anuario de Historia del Derecho-; la rica y exigente vida editorial con sus centros de Barcelona y Madrid; el no menos admirable desarrollo de la actividad musical, abierta de par en par, como la pintura o la arquitectura, a los vientos oxigenantes de las vanguardias, parisinas o no, conforme lo muestra con patencia el impacto de la italiana o la alemana; la roborante salud del Alma Mater universitaria, con Cajal, Menéndez Pidal, Blas Cabrera u Ortega en el solsticio de su magisterio; la plural, contrastada, plenificante actividad periodística, comenzada a redimensionarse con la aparición de una radio de inembridable ambición y potencia , imprimieron una velocidad de crucero a la modernización de la cultura hispana –pues, también, en efecto, en la iberoamericana se dejaron sentir muy positivamente el reflejo y ascendiente de la antigua metrópoli- y al retorno a los lugares cenitales en que se asentara durante mucho tiempo. Equilibrio armonía, savia rezumante, proyecto, kairós –comprensión del momento histórico, grávido como pocos de retos y esperanzas-, ¿qué otros requisitos podían pedírsele a la cultura española de los “felices veinte” para otorgarle sin reserva alguna el estatuto o rango de indisputable grandeza y fecundidad?

Por supuesto, que otras áreas y estratos educativos estuvieron en la base de tan espectacular fenómeno. Mediante la actividad incesable de la benemérita Institución Libre de Enseñanza –entonces, quizá, en su fastigio- y del esfuerzo no menos encomiable de las órdenes religiosas de mayor tradición pedagógica –a las que se añadirían en la época el de otras, como, v.gr., el de la Institución Teresiana del P. Poveda-, la escuela y el bachillerato españoles se alzaron a una cima descollante, materializando en ancha medida el sueño noventayochista de realizar la palingenesia nacional a través de la vía docente.

En tan radiante y optimista horizonte se hace menor la sorpresa deparada por el dato bien contrastado de que fuera España una de las primeras naciones europeas en que la semilla del psicoanálisis sembrada por Sigmund Freud se esparciera más madrugadora y extensamente (Iberia, tierra siempre de paradojas: miembros de la muy hispánica O.P., que ampliaron sus estudios peninsulares en Viena y Berlín –Germania docet- figuran como adalides de la empresa…). Sus Obras Completas fueron así vertidas al castellano en los inicios de los años veinte por un editor igualmente representativo del auge de la cultura española de la época, que tuvo igualmente en el difícil arte de la traducción otro de sus exponentes más sobresalientes.

Y, sin embargo, las doctrinas del autor de La interpretación de los sueños tardarían largo, muy largo tiempo en aplicarse a escala significativa en nuestro país. La renitencia del médico humanista y escritor de mayor ascendiente en los decenios centrales de nuestro siglo XX, el insigne madrileño, D. Gregorio Marañón Moya (1886-1960), coincidente, en buena parte, con la visceral reacción antifreudiana de la jerarquía y clero, se contó como factor decisivo de dicha ausencia. Ausencia, por lo demás, doblemente pesarosa, por cuanto, según se analizará en un siguiente artículo, al término de la terebrante guerra civil de 1936, el diván freudiano debiera haber tenido un uso permanente para aliviar, en lo posible, sus trágicos efectos.
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