"No acabo de comprenderla bien...
jueves 22 de mayo de 2008, 18:25h
Pero procuraré improvisar una respuesta" -le aseguró textualmente el presidente Zapatero a una periodista en la rueda de prensa en que presentó el nuevo gobierno español-. Una introducción que no tiene desperdicio por lo indicativa de una manera de hacer política. Quizá algo más: una forma de interpretar la realidad como virtual, como una imagen, un flash que se proyecta sobre la audiencia como excusa de pensamiento y ahorro de todo razonamiento. Es cierto que el político-histrión, la actuación del dirigente ante el coro, en el ágora como escenario, y la democracia son inseparables. Que la democracia clásica nace con -y, en alguna medida, en- el teatro nos lo han contado hace tiempo los helenistas. Esquilo versificó nuestro sistema político y en la Orestiada escenificó la democracia como un sistema de concesiones y acuerdos: la koinonia, la amistad cívica, una derivada de la piedad, de la comprensión del semejante, frente a la hegemonía, un producto de la soberbia con la imposición como meta. La democracia y la oratoria estaban unidas. Y ambas con la filosofía, como nos recuerda Savater. De hecho, la sofística preparaba los argumentos y la oratoria la expresión de la interpretación que los actores políticos desarrollaban en la Boulé y, luego, en el Senado de Roma. Saltando los siglos hasta la primera democracia moderna, encontramos a Benjamín Franklin, primer embajador americano en París, interpretando a -y disfrazándose de- granjero americano porque ese aspecto de hombre natural, sencillo y primitivo era la imagen que los aristócratas franceses, lectores de “Paul et Vírginie”, buscaban de los colonos revolucionarios. Las actuaciones de Mirabeau en la histórica Asamblea fueron, para su tiempo, un prodigio de oratoria, composición del razonamiento y representación. El verbo de Mussolini era inseparable de su teatralidad y actuación y de Hitler sabemos que ensayaba frente a un espejo su representación y estudiaba minuciosamente la puesta en escena de sus discursos. La dramatización de Churchill, en la desastrosa primavera de 1940, transformó en energía positiva la derrota de Dunquerque y, en los angustiosos días de Mayo, revirtió el “sentido común” pactista de los “apaciguadores” por voluntad de resistencia. En español, la actuación -y no sólo la palabra- convirtieron a Argüelles en “el Divino”, el gesto imponente con que envolvía su discurso ayudó a Maura a renovar en su tiempo la oratoria parlamentaria y la pasión y emoción teatral que “la Pasionaria” imprimía a sus discursos arrastró a las masas en los años treinta.
Pero incluso cuando se acompañaba con el gesto y se buscaba despertar la emoción, como el “I’ve a dream”, de Martin Luther King, o el “Ich bin ein Berliner”, de John Kennedy, la estructura del discurso era central. En la medida que el acuerdo estaba en la base y en el origen del sistema, la democracia era persuasión por el razonamiento y con la palabra: el logos y la oratoria. Pues bien, parece que hoy se ha dado la vuelta al binomio palabra-razonamiento y representación, de modo tal que lo que antes acompañaba la oración es ahora el elemento central de la composición política. Así, lo principal no es el argumento sino el teatro, la imagen, el sonido, la luz y la mímica que fabrican una representación en la cual, el coro del ágora clásica, el público del “pueblo” o la ciudadanía, se ha sustituido por eso que llamamos “los medios”: un conjunto heterogéneo de periodistas apresurados, poco interesados, escasamente cultivados y aún menos acostumbrados a seguir un razonamiento, y que buscan un gesto para el fogonazo que sustituya palabra y pensamiento. Reparemos en un hecho que sería insólito hace medio siglo: el Parlamento es un ritual que comenta -y como mucho, debate- noticias que han sido dadas previamente en ruedas de prensa. Revelador. Este tipo de actor político, dedicado al escenario mediático, es el objetivo de “electoreros” y el material plástico de los especialistas en marketing. Han generado candidatos de diseño que proliferan en todos los países y partidos, desde Ségolène Royal a Obama, pasando por Berlusconi. Pero, sin duda, nuestro Zapatero es uno de los productos más logrados de la comedia política de nuestro tiempo. Sea como quiera, lo cierto es que son grandes vendedores porque transmiten el mensaje -nos aseguran los expertos en técnicas publicitarias- con rapidez, intensidad y efectividad. El problema es que las imágenes carecen de una narración articulada y los fonemas de semántica. Las ideas no importan, se desvanecen o cambian continuamente devaluándose. Desde esa perspectiva, claro, “el debate está de más” -asegura imperturbable la portavoz del Partido Popular. Porque -y en esta explicación está lo más interesante a nuestros efectos- “con decir que somos del PP basta”. Y tiene razón porque, en esta nueva raza de políticos de diseño, el razonamiento es sustituido por latiguillos elementales de adolescente, lugares comunes repetidos sin el menor examen crítico ni escrúpulo o nexo lógico, del tipo “he sido-el primero-en-nombrar-una-Ministra-de Defensa”. Una técnica que tiene ventajas tácticas indudables. Pues en ese mundo intelectualmente vaporoso y liviano, nada es muy consistente ni riguroso, casi todo es cambiable, ninguna contradicción insalvable. Se puede, por ejemplo, convertir un partido socialista en otro nacionalista sin mayores agobios doctrinales.
Pero la falta de disciplina intelectual y la ausencia de razonamiento proyectan también su sombra dogmática. Pues, por muchos ojos en blanco, por más genuflexiones ante la Ciencia, el pensamiento gaseoso, invertebrado e incoherente es incapaz de presentar una actitud -ni desarrollar un enfoque- científico. Ante la realidad, la reacción no es inquisitiva sino repetitiva y reverencial. En suma, beatería y sectarismo, en lugar de curiosidad e investigación. Algunos ejemplos son llamativos: el debate (de la energía) nuclear cuando no se silencia, se enfrenta persignándose y pertrechado de escapularios seudo-ecologistas que ahuyenten los espíritus de la reacción; en el tema de los recursos hídricos, resulta que las soluciones tienen, por definición, color político, al punto que pantanos y trasvases son reaccionarios, mientras que desaladoras son progresistas a nativitate. En definitiva, no encontraremos la conclusión de un problema formulada por un planteamiento y deducida de una demostración. Estamos, pues, ante una versión de la “economía de pensamiento” (Walter Lippmann); esto es: se repiten tópicos y estereotipos, se proyectan clichés y se corean consignas de marketing. Así pues, se trata, de un tipo de construcción mental en que la sentencia precede al juicio; y la solución a la demostración. El día en que el diagnóstico preceda al examen clínico, caeremos como chinches. Pero, eso sí, nuestra muerte, por más que real, no será virtual, que es lo que ahora importa: no contará hasta que no salga en los sondeos. Como el trasvase de agua a Barcelona.
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Editor de EL IMPARCIAL
José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador
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