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TRIBUNA

La democracia no está en peligro por asesinos como los de Charlie Hebdo

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 09 de enero de 2015, 20:29h
Nueva York, Madrid, Londres y un largo etcétera que ha continuado con la matanza de Paris, con unas víctimas simbólicas de nuestra civilización: los dibujantes y periodistas de una revista de humor crítico, “Charlie Hebdo”, y los policías que les protegían. El semanario tenía unos lectores limitados, pero los extremistas islámicos, con sus amenazas y atentados, lo convirtieron en símbolo mundial de la libertad de expresión, hasta tal punto que “Charlie Hebdo” se convirtió en el objetivo fundamental, al parecer, de dos yihadistas, dos voluntarios de la guerra santa que, según sus mentores ideológicos, el Islam está librando contra los enemigos de Alá, las democracias occidentales.

Todo el poderío de Francia se ha volcado en la captura de los dos terroristas, y cuando escribo esto todavía las diferentes policías francesas no han conseguido detenerlos. El presidente de la República ha logrado un acuerdo con su oposición política, pero no con toda ella, pues el Frente Nacional de Marine Le Pen está fuera del aparente consenso entre la derecha y la izquierda clásicas, y la líder de la derecha ultranacionalista ha propuesto celebrar un referéndum para introducir de nuevo la pena de muerte (¿la guillotina otra vez?) para delitos terroristas.

Una vez que sean detenidos, o quizá muertos como mártires, el aparente acuerdo se vendrá abajo. La República hace tiempo, si es que las tuvo alguna vez, ha perdido sus sacrosantas virtudes republicanas, la unidad defendiéndolas, y su pretérita capacidad de integrar a los extranjeros en el concepto laico de la ciudadanía. Probablemente, el horrendo atentado debilitará la confianza en la República misma, la distancia cultural entre los franceses aumentará por la raza y la religión, y los viejos símbolos republicanos, la Marianne con gorro frigio y la guillotina, serán invocados con solemnidad por Le Pen y sus conmilitones, paradójicos y reaccionarios herederos de los jacobinos.

La causa profunda procede de que los grandes conceptos de “soberanía” y de “revolución” son palabras huecas en Francia, como lo son en cualquier país de la Unión Europea. De eso he tratado en estos artículos, y quizá mis lectores recuerdan esa idea reiterada. Ahora me sirve para enfatizar que Francia, como las demás democracias aquejadas de una falta de principios, se encuentra desafiada por una “revolución” y una “soberanía” que hunden sus dogmas políticos, nada menos que en la religión, no la cristiana, sino en la islámica. El círculo se cierra en Francia, y con esa cerrazón se comprueba que la Diosa Razón, a la que Robespierre ofreció culto en Notre Dame, el 20 de brumario de 1793, se enlaza con otro Terror, el que se identifica con la actual liquidación de los enemigos de la revolución islámica, ahora periodistas degollados, tiroteados o reventados a bombazos.

Las democracias atlánticas, sus viejos Estados que surgieron de las ideas de la Ilustración, responderán a ese nuevo desafío integrista o fundamentalista sólo si son capaces de hacerlo con el pensamiento, por supuesto el pensamiento libre (de ahí la importancia esencial de “Charlie Hebdo”), pero también el que será capaz de analizar la complejidad de los problemas de nuestro tiempo, y el que se rebela contra las simplezas de la política, las mismas que degradan el debate democrático, haciendo pasar por argumentos lo que no es sino publicidad electoral y “argumentarios” para destruir al enemigo electoral.

La Unión Europea, más que ningún otro conjunto de democracias representativas, está comprometida por ese desafío. El yihadismo, aunque se fundamenta en una lectura de los Libros santos del Islam, basa su ofensiva terrorista en las mismas doctrinas revolucionarias que Europa alumbró en los dos pasados siglos. Es la lógica europea de la razón terrible del Terror, desde el París de la guillotina, pasando por el Moscú estalinista (véase “Terror y utopía. Moscú 1937”, de Karl Scholögel), hasta los totalitarismos recientes de todos los colores, los que inspiran las estrategias de Al-Qaeda y del Estado Islámico. En eso son modernos, entendida su contemporaneidad porque va de 1789, la Revolución Francesa, a 1989, el fin de la revolución leninista.

Es cierto que el Islam es la religión en la que Dios somete a los seres humanos de una manera absoluta, totalitaria en sus versiones extremistas. De los tres credos monoteístas, es la que plantea más radicalmente la lógica del sacrificio del hijo de Abraham a Dios, con el sentido de la sumisión de las personas a los dictados de la divinidad. Mientras el cristianismo, con San Pablo, optó por extenderse entre los habitantes del Imperio Romano, y los judíos nunca intentaron convertir a su religión a quienes no pertenecían a sus doce tribus israelitas, los musulmanes crearon Estados a partir sólo de las enseñanzas de Mahoma.

La separación del Estado de la Religión y de sus diversas iglesias, aunque fue difícil entre los cristianos, está siendo muy lenta y conflictiva en las sociedades islámicas. En el Islam no es fácil su secularización. Después de la derrota del Imperio Turco en la Primera Guerra Mundial, Kemal Ataturk tuvo un éxito relativo separando la religión en la nueva República de Turquía. Ése fue el modelo de modernización seguido por dirigentes de países islámicos, desde Nasser en Egipto, el Sha Mohamed Reza Pahlevi de Irán, hasta Hafed al-Asad de Siria (el padre del actual presidente sirio), y otros muchos (como Sadam Husein de Irak). Todos esos modelos han caído. En Turquía, el gobierno del islamista Erdogan quiere volver al culto y a la grafía tradicional (para así intentar recomponer el antiguo imperio turco-árabe), y la orilla no europea del Mediterráneo y el Medio Oriente se hallan en medio de un cambio social y estatal de dimensiones formidables.

¿Podrá Europa, en estas condiciones, crear un proyecto político común democrático, o nos desintegraremos en peleas políticas propias de enanos intelectuales? El desafío no es simplemente el terrorismo islamista. La democracia liberal no está en peligro por asesinos como los que han atentado contra “Charlie Hebdo”. No nos engañemos con el sensacionalismo de la “videopolítica”. Nuestro desafío se llama China, un capitalismo salvaje con un Estado seguro, con censura periodística, sin libertades fundamentales y sin pluralismo político.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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