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NOVELA

Juan Marsé: Noticias felices en aviones de papel

domingo 11 de enero de 2015, 17:17h
Juan Marsé: Noticias felices en aviones de papel
Ilustraciones de María Hergueta. Lumen. Barcelona, 2014. 96 páginas. 22,90 €. La última entrega del Premio Cervantes, Juan Marsé, es una pequeña joya donde se encierra una fábula moral en defensa de los valores de la empatía.

Por Rafael Fuentes
Noticias felices en aviones de papel da continuidad a esa serie de magistrales novelas cortas de Juan Marsé que encierran una afilada fábula moral en la línea de La ronda del Guinardó o El embrujo de Shanghai. Fábulas morales que huyen de cualquier exposición lógica o argumentada y que solo se expresan a través de sugestivos hechos mostrados mediante imágenes imborrablemente plásticas. Marsé hace gala de una asombrosa economía de medios expresivos donde queda patente la absoluta destreza con la que maneja ese peculiar universo literario que le singulariza. Su protagonista, Bruno, de nuevo un adolescente situado en el punto de máxima fricción entre lo imaginario y la desabrida realidad, afronta una disyuntiva ética que contrapone el mundo encarnado por su evanescente padre frente al turbio pasado de la anciana Hanna Pawlikowska, sobreviviente del gueto judío de Varsovia, a través de cuyo alcantarillado escapó de su deportación al campo de exterminio de Treblinka para desembocar, como bailarina, en las revistas musicales el Paralelo barcelonés.

Bruno ha nacido en una comuna de Ibiza, entre guitarras, membrillos caseros y fogatas a la orilla del mar. Una ensoñación idílica de sus padres tan vaporosa como fugaz. La deserción de su progenitor crea en Bruno una hostil coraza contra los sueños sostenidos en una banal palabrería. En su etimología, “Bruno” significa fogoso y también armadura, y el joven protagonista hace honor a esos dos significados originarios de su nombre al conducirse con una vehemencia lacónica y una acorazada aversión hacia las palabras de los demás, donde sospecha siempre astucias y tretas similares a la retórica paternal. También en el nombre del padre de Bruno, Juan Marsé ha sintetizado un carácter, esta vez abordado con un cariz inequívocamente satírico: Amador Cano Raciocinio se llama, ninguno de cuyos vocablos ha sido elegido al azar.

Amador se adorna con una larga trenza a sus espaldas, es especialista en yoga y en tocar el clarinete -a veces en los pasillos del Metro-, pacifista y budista, vagabundo entre Ibiza y Nepal, besucón, utiliza la oratoria sobre el amor para embaucar a unos y otros, comenzando por sí mismo. Amador Cano, en efecto, es portador de una ideología hippie ya envejecida y caduca, empleando su desatado “Raciocinio” en enhebrar ocurrencias cuyo propósito último es eludir responsabilidades o endosárselas a los otros.

Se trata de un personaje que tiene mucho más recorrido que el que le es concedido en esta novela corta y Bruno solo ve en él a un padre indeseado al que considera únicamente como “un ventrílocuo vendedor de imposturas y patrañas.” Frente a otras novelas de Marsé, el adolescente no posee en Noticias felices en aviones de papel ensueños juveniles que el mundo real pueda mancillar después. Más bien es su padre el portador trasnochado de sueños volátiles e irrealizables. Al contrario que este, Bruno se pertrecha en sí mismo y no sueña, se niega a la imaginación y a cualquier optimismo sustentado en simples especulaciones. Dentro de ese abigarrado y sugerente orbe de adolescentes envenenados por las fantasías que puebla la obra de Marsé, desde los "aventis" de Si te dicen que caí hasta los ensueños cinematográficos de El embrujo de Shanghai, el último Premio Cervantes ha creado con Bruno un perfil nuevo caracterizado por su adversión a las quimeras idealizadoras.

Esto pone a Bruno en condiciones de ingresar en el intrincado cosmos de Hanna Pawlikowska. Con su leyenda de alegre corista en la Barcelona de postguerra, Pawlikowska, o simplemente “Pauli” para los vecinos, arroja a los viandantes desde el balcón del último piso comida, golosinas y aviones de papel siempre que contengan buenas noticias para los niños. Cuando Amador llega a visitar a su hijo Bruno, se encuentra en el suelo con uno de ellos donde se lee: “Chocolate negro. Galletas y bizcochos”, tomándolo como un presagio o una señal del destino. Para Amador no significa otra cosa que: “El futuro será dulce.” Para su hijo, sin embargo, no se trata más que de otra dulzarrona, almibarada, estafadora falsedad. Para sus adentros estalla el exabrupto silencioso que da vueltas en su cabeza: “Me cago en los sueños que vuelan.”

Su huraño descreimiento le permite acceder, a través de una captación intuitiva, al trasfondo trágico y secreto de Hanna Pawlikowska, pues sus avioncitos con papel de periódico y sucesos positivos solo son una débil barrera que intenta conjurar una experiencia amarga y terrible. Una experiencia que se niega a desaparecer y que sale a flote como el cadáver descompuesto de un ahogado que emerge a la superficie. Marsé hace aquí un uso literariamente soberbio de una fotografía del gueto de Varsovia, que aparece en la portada de un libro editado por Wydawnictwo Parma Press y que el lector encuentra en la página final de Noticias felices en aviones de papel.

Bruno se ha visto así confrontado entre el optimismo frívolo y la aceptación de una realidad degradada, siniestra, harapienta e inhóspita. Empieza por no rechazar esta ni suplantarla por ficciones halagüeñas. Lo que a su vez hace posible que su coraza se resquebraje y su corazón comience a comprender el drama de los demás. Incluso al drama almibarado y meloso de su padre. En esta fábula moral, el valor de la empatía es el que abre un tortuoso pero esperanzador camino.
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